Interludio

La violencia, la maldita violencia

Somos un país violento. Pero, la brutalidad no es una práctica exclusiva de los mexicanos o de todos aquellos pobladores de un subcontinente, el nuestro, donde se perpetran muchos más asesinatos y delitos que en el resto del mundo. Asómense ustedes a la realidad de Honduras, Venezuela o El Salvador para comprobar que los latinoamericanos tenemos una natural propensión a degollar al prójimo, a asestarle un brutales maltratos o a llevarlo a un paraje desolado para descerrajarle el tiro de gracia. Pero, al mismo tiempo, comprueben que Europa fue un continente espeluznantemente cruel donde, hasta hace poco (y sin hablar de las Guerras Mundiales), el señor Milosevic llevaba a cabo terroríficas atrocidades en las comarcas que formaban parte de la antigua Yugoeslavia y, esto, en las narices de unas naciones europeas cuyos muy civilizados y urbanos gobernantes no levantaron siquiera un dedo para rescatar a las indefensas víctimas. Hoy, sin embargo, todo el personal de los países de la Unión Europea ha moderado sus impulsos y no puedes desobedecer las señales en un paso de peatones sin que te caiga encima una multa de pronóstico reservado.

O sea, que, más allá de los naturales impulsos destructivos que llevamos dentro los humanos, el proceso civilizatorio ha logrado domesticar a millones y millones de ciudadanos. El problema es que aquí no terminamos de educarnos, señoras y señores, y resulta entonces que seguimos cometiendo odiosos delitos, seguimos golpeando a nuestras mujeres, seguimos secuestrando a gente tan desamparada como inocente y seguimos desobedeciendo alegremente leyes y reglamentos.

Si dirigimos una mirada a nuestra historia, para tratar meramente de entender las cosas, entonces nos encontraremos fatalmente con un cura Hidalgo que, bajo los cánones de la modernidad, hubiera sido acusado de crímenes de guerra y juzgado en el Tribunal de la Haya, luego de cometer actos genocidas en contra de la población criolla de México. Otros héroes nuestros entran también en la categoría de los matones. Pero, bueno, ahí lo dejamos...