Interludio

Que podamos andar en bicicleta

El modelo híbrido de un todoterreno ensamblado por Volkswagen consume más combustible que el de motor diésel. Es carísimo, además, y de una impactante complejidad mecánica. Y si piensas que hay petróleo para rato y que los precios van a bajar, no tiene sentido comprarlo.

Hay también coches eléctricos impagables —de más de medio millón de pesos— con los que apenas puedes recorrer un centenar de kilómetros sin cargar sus baterías. Los usan algunos taxistas de Aguascalientes y son espectacularmente silenciosos. Una carga te cuesta unos 25 pesos, según me contaba un conductor. Me parece muy razonable.

Pero, a ver, esa electricidad con la que funciona el auto, ¿cómo se produce? Si se genera quemando carbón, entonces el coche eléctrico no sirve de maldita cosa: la contaminación que te ahorras en un punto de la geografía terrestre la multiplicas en otro. La atmósfera no sabe de fronteras ni de nacionalidades ni de cuotas. Es lo mismo que pasa con esos yacimientos de petróleo que nuestra muy nacionalista y nacionalizada corporación paraestatal no puede explotar porque no tiene plata: el carburante que succionan los estadounidenses —y hasta los cubanos, miren ustedes— no tiene patria y se deja aspirar gustosamente por el primero que se pone a perforar el fondo del océano.

La bicicleta, ésa sí que es una máquina portentosa: funciona con la fuerza de las piernas de los humanos que, como bien han sabido los patrones explotadores a lo largo de los siglos, son los más extraordinarios ahorradores de energía. Con un bol de arroz por cabeza, una cuadrilla de chinos te construye en un santiamén el canal de Panamá. El problema, con las bicis, es que no te puedes mover en estas ciudades nuestras avasalladas por automovilistas y camioneros bárbaros. Te juegas, literalmente, el pellejo. ¿No podrían, nuestras autoridades, invertir en la tecnología más rudimentaria, a saber, un simple carril para los ciclistas en todas las calles de México?