Interludio

Que las máquinas lo hagan ya todo

Ya puedes comprar coches, en estos tiempos, que se estacionan solos: detienes el vehículo en paralelo a otro, mueves la palanca de velocidades para que vaya en reversa, aprietas un botón y, mientras controlas el desplazamiento con el pedal del freno, el volante se mueve por su cuenta y realiza la operación.

Uno podría pensar que es un accesorio superfluo pero los fabricantes dan así respuesta a las peticiones de muchos conductores. Y es que la maniobra, según parece, le resulta muy complicada a la mayoría de la gente. Se pretexta también un posible beneficio colectivo: los automovilistas que se afanan en intentos repetidos para acomodar el coche en un espacio pequeño terminan por entorpecer seriamente el tráfico en las grandes ciudades. Son un estorbo, pues.

Muy bien, pero eso, lo de adquirir las habilidades y la coordinación psicomotora para llevar uno mismo a cabo el procedimiento, es también muy saludable: como individuos de la especie, somos mejores mientras más destrezas tengamos. No es algo, sin embargo, de lo que esté muy convencida doña modernidad porque, en algunos aspectos, nos está haciendo más comodones e incapaces.

Es algo contradictorio: los videojuegos, los sistemas operativos de las computadoras y todos los artilugios que tenemos que manipular –incluidos los coches, los teléfonos portátiles y los mandos a distancia del televisor— nos han llevado a poseer pericias inimaginables en las generaciones anteriores. En este sentido, los chavales de ahora parecen auténticos mutantes: dominan a la perfección las tecnologías y los códigos mientras que, hasta hace muy poco tiempo, la más deslumbrante exhibición cotidiana de destreza te la ofrecía una mecanógrafa habilidosa. Pero, al mismo tiempo, el mercado da la impresión de ir en la dirección opuesta: al producir un número creciente de productos que nos facilitan las cosas, nos quita habilidades. ¿Qué clase de torpes-adiestrados seremos en el futuro?