Interludio

¡Pobrecitos! Vamos a darles todo lo que pidan

La experiencia que tengo de las cosas, poca o mucha, me ha hecho desconfiar, casi por principio, de las víctimas. O, para ser más justo, de todos aquellos que, habiendo afrontado durezas excepcionales en su existencia, van de sufridores de tiempo completo. No es algo que se pueda casi decir en estos momentos de opresora corrección política pero, con el perdón de ustedes, esos antedichos mártires, aparte de reivindicar una indisputable superioridad moral, reclaman, cuando menos te lo esperas, derechos exorbitantes y privilegios que, si no son saldados a la primera oportunidad, dan paso a airadísimas reclamaciones. Y, no hay nada que hacer: siempre estarás en deuda y siempre tendrás que pagar la factura en tu condición, por más fortuita que sea, de individuo presuntamente bendecido por la fortuna.

En fin, estas reflexiones entran de lleno en la categoría de las generalizaciones abusivas pero algo hay de todas maneras. Y, en un país como el nuestro, el victimismo —que parece ser un rasgo cultural congénito e inseparable de la personalidad nacional (“ya nos saquearon, no nos volverán a saquear”; “los de arriba {o los de fuera} se llevan todas nuestras riquezas”; etcétera, etcétera)— se ha vuelto una poderosa moneda de cambio: los agravios, reales o imaginarios, sirven para negociar provechos que, naturalmente, resultan de una herida histórica tan primigenia como irreparable: somos un pueblo conquistado, no lo olvidemos (nunca), y esa circunstancia nos vuelve extrañamente insaciables en nuestra búsqueda de reparaciones. Mi amigo Luis González de Alba hablaba del tema en su columna de ayer, refiriendo el caso de esos estudiantes del IPN que, habiendo obtenido una respuesta prácticamente inmediata a sus peticiones —y habiéndoles sido satisfechas sus demandas por nuestro ministro de Interior— se empeñan tozudamente en seguir apareciendo como víctimas del “sistema”.

Es una treta mañosa, desde luego, pero mientras sigamos pobreteando a los abusivos no saldremos del atolladero en que estamos.