Interludio

¿Desmantelar la estructura corporativista? Misión imposible


No todas las exigencias son atendibles ni todos los reclamos respetables. Y este principio se aplica también en democracia, a pesar de las jeremiadas de quienes suelen lanzar, cada que toca, las demandas más descabellas exigiendo perentoriamente que se legitimen porque, según ellos, han sido formuladas por el “pueblo bueno”.

Si escarbas un poco, te das cuenta de que la mayor parte de esas tales reclamaciones populares vienen siendo, al final, cínicos planteamientos para perpetuar —que diga, aumentar y multiplicar— las canonjías otorgadas por nuestro sistema corporativista.

No está de más recordar la segunda definición del término que nos ofrece el diccionario de la Real Academia Española: “Corporativismo: m. En un grupo o sector profesional, tendencia abusiva a la solidaridad interna y a la defensa de los intereses del cuerpo”. Y, ¿qué cuerpo sería ese? Volvamos al tesoro de la RAE: “Cuerpo: m. Conjunto de personas que desempeñan una misma profesión”.

En sus orígenes, el propósito de la receta corporativista no fue otro que agenciarse los favores de los grupos clientelares y cosechar carretadas de votos en las urnas. El problema es que, hoy día, inclusive si ya no opera enteramente ese modelo, se ha vuelto tremendamente difícil desmantelar esa arcaica estructura que, desafortunadamente, promovió unos usos y costumbres muy perjudiciales para la democracia, el crecimiento económico y la simple modernidad.

Para mayores señas, ahí tienen ustedes al señor gobernador del estado libre y soberano de Oaxaca, incapaz de hacer frente a un cuerpo, el de los “profesores” de la CNTE, cuyas demandas —como esa de no someterse a los exámenes de control establecidos en la nueva ley de educación o esa otra, la de disponer de un número de enseñantes que no trabajan porque han sido “comisionados” para atender de tiempo completo las marrullerías sindicales— son absolutamente esperpénticas. ¿Quién acaba con esto? Pues, ni Dios.