Política Irremediable

Desapariciones… ¿podemos seguir viviendo en este infierno?

Nuestra capacidad de indignación llevaba décadas enteras adormecida. Tampoco nuestra conciencia parecía inquietarse demasiado. Nos decían que un político pobre era un pobre político o que la moral era un árbol (de sexo femenino) que daba moras y, mira tú, tan panchos que nos quedábamos, tan despreocupados y tan frescos, si es que no celebrábamos de plano las ingeniosas ocurrencias. Y así vivimos, medio siglo —o más— de conformista placidez, hasta que, un buen día, nos atracaron en la tiendita de la esquina o el compadre apareció muerto (con huellas de tortura, además, a pesar de que la familia y todos los allegados habían pagado el rescate) o entraron a nuestra mismísima casa y nos birlaron las pertenencias y enseres que tardamos años enteros en ir adquiriendo. O sea que, de buenas a primeras, esa vida comenzó a ser no enteramente vivible o, por lo menos, ya no totalmente disfrutable.

Habíamos cerrado los ojos y mirado a otro lado, siempre, pero este lujo personal terminó por volverse contra nosotros mismos: de pronto, y por sorpresa (porque nada de esto estaba previsto en el guion original), fuimos las primerísimas víctimas de nuestra complaciente displicencia, una suerte de nueva generación de ciudadanos amenazados, extorsionados, robados, secuestrados y ajusticiados por la recíproca naciente estirpe de canallas sanguinarios.

Pero, a ver, si aquello, lo de antes, era nuestro medio natural ¿cómo es que ahora se volvió un ecosistema hostil, un hábitat intimidatorio y peligroso? Muy simple, mexicanas y mexicanos: un país donde medran politicastros cleptómanos no es sólo un espacio que propicia amablemente los muy entendibles enriquecimientos inexplicables sino un territorio infestado de jueces venales, policías corrompidos y fiscales depravados —por no hablar que del aparato de la justicia— que, por ende, estará plagado de rateros, estafadores, violadores y asesinos. Una cosa lleva a la otra, aunque no nos hayamos querido dar cuenta en su momento.

Entre las plagas bíblicas que nos azotan hoy, padecemos la peste negra de las desapariciones. Miles de seres humanos, literalmente, esfumados en Coahuila, Guerrero, Veracruz, Tamaulipas...

Nunca imaginamos que la corrupción llegaría a tener un rostro tan espantoso. Pues, bienvenidos todos a este infierno.


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