Perdón, pero...

¿Cuándo los perdimos?

Hace unos días me llegó el texto de una colega, que se refería a una campaña específica que el gobierno francés ha emprendido para tratar de evitar la influencia de grupos radicales, como el Estado Islámico, entre los jóvenes. Más allá de la capacidad que pueda tener la escuela pública en esa u otras formas de radicalización, lo que me llamó la atención fue la diferencia de la relación existente entre los maestros de escuela franceses y su gobierno. Asumiendo las evidentes y normales opiniones diversas que pueda haber en su seno o de las diferencias entre distintos sectores del gremio magisterial y los distintos gobiernos, lo cierto es que los maestros y en general la escuela pública siguen siendo un pilar no solo de la educación francesa, sino de los valores republicanos.

Lo anterior me remitió, obviamente, a nuestro maltratado magisterio y a su pésima relación con el gobierno y con buena parte de la sociedad. ¿Cuándo los perdimos? ¿Cuándo dejaron de ser ese ejército de la República que impulsaba los nuevos ideales de la sociedad? ¿Cuándo se convirtieron en lo que son hoy? Cualquiera que sea la respuesta, me queda claro que una sociedad como la nuestra y cualquier gobierno que pretenda hacer mejoras sociales importantes, no puede funcionar con un divorcio como el que estamos observando. Creo incluso que buena parte de los males del país se deben a la dilución del papel central que desempeñaban y en cierta medida todavía desempeñan los maestros en muchas comunidades del país. Antes, quienes estaban a cargo en esas comunidades eran el médico (cuando había), el sacerdote (cuando iba), o el maestro, el cual solía ser el más presente en los pueblos. Pero todo eso se perdió. Los liderazgos tradicionales fueron desapareciendo y los gobiernos desatendieron a sus propias fuerzas; los soldados cívicos de la República se convirtieron en carne de cañón de sindicatos corruptos y, a partir del desmoronamiento del régimen autoritario, los maestros de escuela quedaron atrapados entre el radicalismo social y el desvanecimiento de la importancia de su profesión y de su papel social clave.

El gobierno actual ha sido por lo menos errático en su relación con el magisterio. Tanto da un palo como se sienta a negociar. Obligado por las circunstancias, ha pasado de la permisividad a la intransigencia y viceversa. En cualquier forma, me queda claro que México necesita buenos maestros, leales a los valores republicanos, de libertad, de igualdad, de justicia, de tolerancia, de respeto a los derechos humanos y a la diversidad social en que vivimos. Quizás llegó el momento de replantear completamente el esquema.

roberto.blancarte@milenio.com