Fosa común

Crónica interrumpida de lo que pasó o debió pasar en Guadalajara

Martín Rangel. Vivo. Cáncer de Guadalajara. Eso pienso, recordando aquel poema de Luna Miguel, cuando es justo ella quien llama al teléfono para avisarme que está, junto con Aleida y otra voz masculina que no logro identificar, en el café Benito. Yo respondo que sigo en el autobús y que no tengo idea de dónde está absolutamente nada en Guadalajara. Risas al otro lado de la línea y colgamos. Estoy ahora en el lobby de mi hotel. Huele a humedad y me apresuro a encontrarme con las chicas en otro lobby de otro hotel cercano y más lujoso. Cualquier hotel es más lujoso que el mío, pienso, y pretendo que me causa gracia. Saludo, abrazo, acentos extraños los de Luna y Alex; colonia ibérica en un cuarto mexicano de hotel. Aleida y César, sin embargo, ladran en frecuencias que me resultan familiares. Ladran, sí, porque son perros. Perros románticos: la poesía amalgama las disonancias dialectales. Perros románticos: henos aquí con la ilusión prendida sobre la posibilidad de hacer historia. Cuántos poetas que admiro vendrán durante los próximos días. Ya no puedo esperar a la lectura que el viernes nos reunirá a todos.

Es viernes ya y a mí me derrumba un dolor de estómago que no experimentaba desde mis días de locura en la universidad. Me siento como un anciano al escribir eso. Ya están aquí David y Jesús. Está también Augusto, en la ciudad, pero en otra parte. Caminamos muchísimo y yo siento que voy a morir. Al llegar a casa vomito. Ha sido horrible, pero pude cruzar algunas palabras con David Meza, sueño cumplido, y he descubierto en su silencio la genialidad de quien no desperdicia una sílaba. Hay que leer la poesía de David para comprender su silenciosa personalidad. Qué podría añadir cuando toda la vida de esos poemas es por sí misma capaz de repoblar la tierra. Sólo, acaso, lo siguiente: ‘creo que la toda la obra reunida de los infrarealistas no alcanza a igualar, en calidad, ni una cuarta parte de lo que es Piedra de sol. Eso sí, Paz era un cacique.’ Me impresiona que lo diga él, proveniendo de una red de poetas a la que tanto se asocia con el infrarrealismo: la Red De Los Poetas Salvajes. Me impresione, sin embargo estoy de acuerdo. Llega Augusto a rescatarme. Augusto Sonrics igualmente interesante y brillante. Creo que son los dos poetas mexicanos nacidos en los 90 que más me interesan a mí y a los lectores de mi edad. Y estoy con ellos en el corredor cultural de Chapultepec, con un dolor en el vientre que me obliga a abrazar el retrete en tanto me es posible volver al hotel. Duermo hasta que puedo reponerme. Bebo electrolitos orales y como suplementos alimenticios líquidos. Mi sistema digestivo no retiene ningún sólido durante más de dos minutos. Me reúno con los chicos y caminamos hasta el bar donde sucederá la lectura. La primera reunión de los Perros románticos y un buen cúmulo de homo sapiens ya aguardan, sentados en los sillones o en el piso, aferrados a botellas de cerveza. Me encuentro con Xel-Ha y su voz como de cascada que nos ha maravillado durante las últimas horas. Me encuentro con Ricardo y su bella esposa (se ven tan bien juntos) y no puedo evitar decirles a los dos cuánto disfruté Jóvenes sin futuro, les habla su capitán primer libro genial de Limassol. Es mi turno de leer. Elijo dos poemas de mi último libro era del año la estación suicida, todavía inédito, pero próximo a ser publicado por Editorial Malos Pasos (enero-febrero 2015). Leo un poema más del genio peruano Kevin Castro (1993) y vuelvo a la lectura de mi obra con un canto de dolor sobre lo ocurrido en Ayotzinapa. Se me quiebra la voz, pero puedo seguir. Pasan más cosas y es el turno de Luna. Lee su “Museo de cánceres “. Las líneas finales me atraviesan el cuerpo de un modo tal que sólo un veterano de Vietnam podría explicar. Lloro y me avergüenzo por ello. Disimulo. Termina la lectura. Somos los perros románticos. Alguien habla de reinventar la poesía, de hacer historia. Todos estamos aquí, y aquí vamos a quedarnos, así nos larguemos mañana mismo, más allá del cuerpo. Es nuestro turno de poner a arderlo todo. Es nuestro turno de decir: existimos, y que de las alcantarillas de esta ciudad se alcen torres de fuego del tamaño de nuestra hambre. De la materia misma materia de la que están constituidos nuestros sueños.  Me encuentro con Daniel, Juan Carlos, amigos de Pachuca. Fraternidad. Daniel dice algo sobre mi ego, me regaña, pero remata: yo sé que algún día serás un gran poeta. Todo ha terminado. Me despido y eso me lastima.

El malestar en el estómago. Decido marcharme con mi amigo Bob a bordo de su Civic blanco. Abandonó la fiesta es necesario. No resistiré la noche así de enfermo. Lo siguiente es un mensaje que lo derrumba todo. Es ella. Cuatro líneas sin leer durante las horas previas en la pantalla del whatsapp. Fin del sueño.

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