Doble Fondo

El horror del hueso de Cocula y la esperanza de la FIL…

A eso reducen los narcos a un ser humano: a un pedazo de hueso de unos cuantos centímetros. En eso convirtieron a un estudiante de la Normal Rural de Ayotzinapa.

Las infamias que muchos monstruos perpetran en tantos lugares de México se sintetizan en una parte de un documento que fue redactado el pasado 3 de diciembre en la Universidad de Innsbruck, Austria:

“3. Investigaciones.

“3.1 Inspección y descripción de los indicios.

“Muestra ósea 15941901-27-29102014.

“Un fragmento óseo de aproximadamente 4 x 4 x 1 cm embalado en papel, el cual además estaba embalado en un contenedor de plástico con la etiqueta 27-29102014”.

A eso reducen los narcos a un ser humano: a un pedazo de hueso de unos cuantos centímetros. En eso convirtieron a un estudiante de la Normal Rural de Ayotzinapa: en un minúsculo cacho de tejido óseo.

La vida de un joven mexicano terminó así la noche o la madrugada del pasado 27 de septiembre: con una ejecución. Con un balazo. Luego su muerte fue larguísima: su cuerpo fue quemado durante horas. Los huesos que resistieron las llamas y no se convirtieron en cenizas fueron pulverizados, introducidos en una bolsa junto al polvo corporal, y lanzados a un río. Así lo narraron algunos de los perpetradores. Como si fueran orfebres, carpinteros platicando sus faenas cotidianas, los muy miserables relataron ante cámaras la forma en la cual ejercían su despiadado oficio.

Descuidados los hijos de puta —los hijos de nadie, porque no tienen madre—, en el basurero municipal de Cocula olvidaron, dejaron esa minúscula porción de lo que fue una existencia que no tenían razón en destazar. ¿Acaso no reconocieron ante las mismas cámaras los muy miserables que varias veces interrogaron a los 43 que habían levantado en Iguala? ¿No aceptaron los muy inmisericordes que, suplicantes, les dijeron una y otra vez que eran estudiantes de Ayotzinapa? Les importó un carajo. Cumplieron las órdenes de sus perversos jefes y acabaron con sus vidas.

En otra parte del documento tecleado en Innsbruck la semana pasada se expone con frialdad científica que ese pedazo de hueso es lo que quedó de Alexander Mora Venancio, uno de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa. Y ahora, la familia de Alexander, que tenía 21 años, no halla manera de velar su cuerpo. Ni siquiera ha recuperado el trocito de hueso. En el pequeño poblado de El Pericón, del municipio guerrerense de Teconapa, en la Costa Chica, hoy velan el alma de Alexander con fotos y una camiseta amarilla del difunto. Del hijo muerto sin cadáver.

Es estremecedor lo que pasa en varios lugares de la República. ¿Cuántos de los más de 20 mil desaparecidos que el gobierno federal reconoce que hay en el país tuvieron un final como el de Alexander? ¿Cuántos? Asusta intuirlo…

Lo único que me ha dado esperanzas acerca del futuro de México en estos días infaustos es haber estado en la FIL de Guadalajara (por cierto, muchas gracias a Carlos Puig, Galia García Palafox y a Julio Patán por su generosa invitación para que yo reporteara durante una semana en su estupendo suplemento Filias: gran orgullo y privilegio para mí): miles y miles de jóvenes acudieron cada día a la Feria Internacional de Libro. Miles y miles de jóvenes se volcaban a los estantes para adquirir libros, aunque fuera solo uno debido al poco dinero que muchos de ellos llevaban. Ahí estaban cada día, encantados, empezando a saborear lecturas incluso antes de abandonar la Expo Guadalajara.

Esa su humanidad para leer, para cultivarse y aventurarse pacíficamente en la vida, es lo único que me da cierto consuelo en este oscuro fin de año de nuestro México tan humillado y ofendido… por sí mismo.

jpbecerracostam@prodigy.net.mx

http://twitter.com/jpbecerraacosta