Doble Fondo

Ni circos (con animales) ni zoológicos deben existir ya…

Me rehúso a aceptar que los seres humanos tengamos animales encerrados. Me parece cruel, monstruoso. Debemos evolucionar.

De muy pequeño me llevó por primera vez a un zoológico mi padre, Manuel. Fuimos dos o tres veces más a Chapultepec y a San Juan de Aragón. Me gustaba ver a los elefantes. No sé qué hacía mi papá pero lograba que las elefantas levantaran sus trompas cuando nosotros erguíamos nuestros brazos de forma repetida. Y más sorprendente aún, quién sabe qué magia prestidigitaba que conseguía que los animalazos barritaran. Aunque fuera una vez. Gocé mucho esas ocasiones, aunque desde entonces había algo que me perturbaba, que me ponía triste: el encierro.

Desde aquella primera vez empecé a observar detenidamente a los animales, a los leones, a los tigres, a los leopardos, a las panteras, a los camellos, a las jirafas, a los changos, a los rinocerontes, a los antílopes, a los osos, y siempre acabé con la sensación de que todos estaban tristes. De que no podían correr. De que no podían trepar. De que no podían esconderse. De que no podían cazar. De que no podían desplazarse por grandes sitios. De que no eran libres. Sí llevé a mis hijos al zoológico como hizo mi padre conmigo, pero la desazón infantil nunca se me quitó. Mi impresión era muy dura: según yo, todos, recluidos en sus jaulas (chicas o enormes), tenían miradas de desolación. De enclaustramiento.

Esta emoción, esa pena, esa lástima por los animales, se acentuó cuando era muy joven y acompañé a un viaje corto a Nueva York a mi padre y a otro querido gran periodista quien, muchos años después, se convertiría en abuelo materno de mi hijo menor: Hero Rodríguez Newman. Fuimos al zoológico de Central Park y nos quedamos un rato viendo al enorme gorila que estaba ahí. Tenía una mirada de abandono que me sacudió de nuevo. Muchos años después, cuando fui corresponsal en París para el extinto diario unomásuno, visité otro zoológico para ver si esas sensaciones habían desaparecido: me topé con un orangután hembra. Me desplacé lo más cerca que pude de ella y se aproximó hasta donde pudo, se sentó, se me quedó mirando también. Así estuvimos quién sabe cuántos minutos. Lloraba, se le escurrían lágrimas. Me dirán que tenía un problema en los ojos, que los orangutanes no lloran, pero esa hembra sufría.

Me rehúso a aceptar que los seres humanos tengamos animales encerrados. Me parece cruel, monstruoso. Debemos evolucionar. Y más en esta época en la que hay tantos y tantos grandes documentales que se aprecian perfectamente tanto en la televisión como en magníficas salas como las que hay en museos como el Papalote.

Con los circos me pasó siempre lo mismo. No me gustaba que tuvieran sometidas ahí a las grandes bestias. Gozaba a los acróbatas, los equilibristas, los magos, los payasos, los contorsionistas, pero me enojaba ver a los animales ahí, sometidos, ridiculizados. En estos nuestros tiempos no hay pretexto para tal crueldad: hay grandes espectáculos, como los del Cirque du Soleil, que implican una gran magia musical y visual sin que usen y abusen de animales. Es un falso dilema eso de que los circos desaparecerán si no tienen animales.

Si la vida me da nietos, los llevaré a circos sin animales, como también he hecho con mis hijos. Y si llego a ser un viejo con algo de dinero ahorrado, pues a ver si me acompañan a un safari donde los animales están en el sitio al cual pertenecen: su hábitat natural. Y si no hay dinero, pues les compraré muy buenos Blu-ray. Y les inculcaré que trabajen y ahorren para que vayan ellos…

jpbecerracostam@prodigy.net.mx
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