De paso

La Presidencia encapsulada

El recientemente aprobado Sistema Nacional Anticorrupción llevará tiempo para que empiece a funcionar. Es deseable que resuelva el brutal problema de corrupción que padecemos. Mientras tanto, tendremos una Presidencia encapsulada.

La administración presidencial de Peña Nieto navegaba viento en popa. De la noche a la mañana, México tuvo a un Presidente reformador que pudo conciliar diferentes intereses partidarios (Pacto por México). Tres días antes de la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa fue galardonado, en Nueva York, con el Premio Estadista Mundial 2014. Recibió el premio de manos de Henry Kissinger (MILENIO Diario, 23/IX/14). Nadie imaginó que pocos días después el viento modificara el rumbo y la nave presidencial se encontró a la deriva. A los sucesos de Iguala, el gobierno federal no reaccionó con rapidez. A los mismos se encadenaron, entre otros, varios eventos impredecibles: residencias fastuosas de la elite política sin que, hasta ahora, se aclare cómo fueron adquiridas. Todo ello ha conducido a una Presidencia encapsulada y un Presidente blindado, sin roce alguno con el pueblo. El mejor ejemplo: canceló una visita a su alma máter, la Universidad Panamericana.

La corrupción es un flagelo que viene desde siempre; es un problema que no respeta tiempos ni lugares. Sin embargo, en México no se ha combatido con la dureza que exige su gran calado: es profunda. Desde fines de septiembre pasado, el sistema político cayó en una situación de desprestigio y falta de credibilidad que ha divorciado la relación que, incluso en la etapa autoritaria no se disolvió: la interacción entre la sociedad y el sistema político. Hay que recordar que por la estructura corporativa del sistema se medió entre los conflictos y las soluciones.

Hace pocos días hubo la declaración siguiente: “El país ha conocido irregularidades, corrupción y faltas a la ética que afectan a la política y a los negocios. Eso es grave porque deteriora nuestra democracia y crea abusos, privilegios y desigualdad” (El País, 29/IV/15). Ojalá estos dichos fueran atribuibles al Presidente mexicano. Estas palabras fueron pronunciadas por la presidenta chilena Bachelet ante los casos de corrupción cometidos por su hijo, su nuera y algunos miembros de su gabinete. 45 días después de que Bachelet anunció la creación de una fiscalía especial para combatir ese flagelo, la mandataria sudamericana cumplió y ahora esperaría recuperar el control institucional de su descarrilada administración. En otras palabras, la fiscalía creada en Chile para tal efecto y las sanciones que se desprenderán de los actos indebidos no quedarán impunes, sin importar hasta dónde lleguen. Es comprensible, pues, el nivel de aprobación de la mandataria ronda apenas 30 por ciento, después de los escándalos.

En su campaña presidencial, Peña Nieto prometió la creación de una comisión para combatir la corrupción. Dos años y cinco meses después de haber asumido el cargo, la iniciativa sigue en proceso, en contraste con los 45 días que transcurrieron en Chile para el mismo efecto. El recientemente aprobado Sistema Nacional Anticorrupción (SNA) mexicano llevará tiempo para que empiece a funcionar. El mismo demuestra que la Secretaría de la Función Pública es inepta. Por tanto, la corrección del rumbo dependerá, en gran medida, del SNA. Para ello es necesaria la aprobación de la mitad de los congresos locales. Pasará. Por tanto, es un buen tiempo para que a la nueva institución le salgan los dientes y endilgue las sanciones correspondientes. Es deseable que resuelva el brutal problema de corrupción que padecemos. Mientras tanto, tendremos una Presidencia encapsulada que no quiere saber de la molestia que emana de la sociedad y mucho menos de su enojo.

jreyna@colmex.mx