Carta de Esmógico City

La música que estamos asesinando

El cronista, abotargado y resoplante por el calor, teclea esforzadamente su  artículo, y por la ventana abierta a causa del calorazo primaveral le llegan los tamborazos y cornetazos del colegio vecino, que parece regido militarmente. Y se acuerda el cronista de aquello que don Luis Buñuel solía decir en no pocas entrevistas: que en estos tiempos [los suyos, los del siglo XX, pero, hay que añadir, también los nuestros, los del XXI] se asesina al silencio, al silencio puro o al matizado por el rumor de los sonidos naturales. Y es verdad, en todas partes impera el ruido “civilizado”.

En Esmógico City, todavía apodada Ciudad de México por algunos ilusos, además de sufrir el estruendo de los vehículos automotores y sus bocinas, hay que soportar el ruidero de un comercio “ambulante”, que ni ambula ni permite ambular, que vive de la venta de aparatos y discos piratas, esos emisores de aullidos, tamtams y meros rockorrores. Y el ciudadano no logra escapar del ruidero ni cuando se mete bajo tierra para viajar en el metro, pues allí lo ensordecerá la alta y mal sintonizada música de los andenes, y luego, ya apretujado en un vagón del convoy, le tocará oír a un vagonero ayudado en su vociferado pregón por un altavoz electrónico a todo volumen; y si entra a un Sanborn’s, lo asaltará, desde el stand de aparatos electrónicos, un violento y aullante rock o un mariachazo de trompetas energúmenas; y si se refugia en un restaurante o un bar, lo ensordecerá el aullido de las porras futboleras y el vociferar de los locutores de la tele que compiten en desgañitarse alargando más el aullido del ¡goooooool!

Entonces el cronista, que  a cada rato evoca a don Luis Buñuel, casi le oye decir:

“Piense usted en lo que debió ser el silencio en la Edad Media, cuando en las ciudades no había motores, ni altavoces, ni radios, ni televisores, solo las voces humanas y animales, los ruidos de las faenas cotidianas y alguna canción aquí y allá, y cerca o lejos, o el suave teclear de la lluvia en las calles empedradas; cuando en los campos de alrededor solo se oía el susurro del viento y en la noche el huhuhu del búho. El silencio medieval, más los rumores de la naturaleza, debió ser como una deliciosa música. Una música que los civilizados estamos asesinando”.