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Miércoles , 21.11.2018 / 09:20 Hoy

Los inmortales del momento

Un Quijote del "western"

José de la Colina

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Gary Cooper fue mi primer héroe del cine, el primero que me hizo sentir por modo indirecto los placeres de la aventura, la hidalguía y el buen talante que con talento actuaba un personaje que se reiteraba de película en película, gracias a ese milagro renovado del cine que hace que aunque un actor haga muchos papeles siempre es su propio personaje, su más intenso y reconocible papel. Cuando en el colegio hablábamos de las películas que habíamos visto no decíamos el nombre del personaje interpretado por el actor, sino que decíamos: “Entonces Gary Cooper toma el revólver y desarma al villano certeramente puesto horizontal por un balazo”, o bien: “Y Gary Cooper sube a su caballo y galopa, trash trash trash hacia la tribu de pieles rojas que lo rodea y lo combate sin vencerlo”. Puede ser que no verbalizásemos así nuestros relatos, pero indudablemente así se desarrollaban en nuestro mundo imaginario y heroico en que las patas de los caballos tocaban el tambor del llano. Es que Cooper había pasado a lo que hoy llamamos nuestro imaginario con la misma fuerza, la misma gracia, la misma plenitud de un personaje vivo aunque en otro plano de la realidad.

Cooper fue un héroe de 1930 hasta finales de los 50 y nadie podía concebirlo como un personaje ambiguo, maléfico o confuso. Era el hombre delgado, pero musculoso que erguido en la montura dirigía hacia el horizonte una mirada clara como las supuestas cachas de plata de su revólver, y todos los villanos se agrupaban en una especie de burucutún confuso pero denso que nada podía perturbarlo.

Era también un motivo literario como lo atestigua una página de Azorín que lo inmortaliza en uno de sus personajes más representativos, viéndolo como un Don Quijote aldeano que solitario y de andar cansino recorre las callejas de un pueblo. Azorín, en una prosa perfecta de detalle y minucia describe la gestualidad hierática del héroe que asume los pecados venales y viles de sus semejantes, caminando hacia la posible muerte con un estoicismo viril y elegante. Casi se diría que este Cooper es el mejor de todos los que nos ha presentado el cine, pero yo prefiero al actor en una de sus películas finales, Hombre del Oeste, en que el viejo héroe se estremece con un ligero temblor cuando por primera vez ve ante sí el tren cuya locomotora jadea como un caballo monumental de acero. Ese western, magistralmente dirigido por Anthony Mann, nada menos uno de los grandes del género hollywoodense que antes, en la infancia, llamábamos “los caballitos”, es ya un clásico porque no solo concentra los valores y las imágenes del género, sino porque además nos da una imagen otoñal pero entera del personaje Cooper, el hombre que rara vez ha vacilado en enfrentarse a la villanía armada. Precisamente en Solo ante el peligro vemos a un Cooper asediado por la duda y el temor de no cumplir con su misión de hombre quijotesco que desafía a los villanos armados y numerosos. Es por lo que en su momento no acababa de satisfacernos en esa película, pero Azorín nos descubre una faceta que hace el personaje más “humano” y eso habría que celebrarlo como un nuevo matiz en la sólida caracterización. Azorín ve al hombre en el centro de su soledad como vería sin duda a Don Quijote en el centro de su valentía inútil. Una película magistral que provoca una página maestra como era de esperar de un prosista solitario y vertical que enseñó a escribir a varias generaciones.

Más de treinta años después de realizada Solo ante el peligro queda como un ejemplo magnífico de la capacidad poderosa del cine para abrir una grieta en los mitos, pues eso era Cooper, un mito, el primero que compartimos con la misma alegría de descubridores de una dimensión heroica de la literatura y del cine. He aquí la página inmarcesible:

“Gary Cooper ha nacido en Albacete, o en Villarobledo, o en Quintanar, o en Tomelloso; es netamente manchego. Su figura es ésta: alto, cenceño —sin escualidez—, la cara alongada, expresiva la boca, largas las finas manos. Va vestido de negro, con ancho sombrero, bajo de copa, con cuello de camisa doblado y una cintita negra y larga por corbata. Su gesto habitual —sobre todo en sus dudas, en sus abatimientos— es pasarse la mano por lo bajo de la cara, como esperando disipar, con tal frote, su íntima perplejidad, su íntimo desconsuelo. Le veremos en la ancha calle solitaria –solitaria por la cobardía ambiente– detenerse un momento y llevarse la mano al mentón. Solo ante el peligro, película en que Gary Cooper es el protagonista, es una película perfecta fotográficamente, perfecta estructuralmente. Cooper ha sido autoridad en un pueblo —un pueblo todavía no consolidado, todavía en germinación—. Dominaba en el pueblo el bandidaje; Cooper limpia de su lacra valiente el pueblo. Todo está tranquilo ya; no pasa nada. ¿Viviremos ya en paz definitiva, en sosiego efectivo? El jefe, en las pasadas disipaciones, en los pasados desenfrenos, ha sido indultado: va a volver; vuelve hoy mismo, a una hora precisa, a las doce, y sus compinches le esperan en la estación. El reloj, impasible, va marcando las horas, los minutos. Lo presenciamos con ansiedad. Y aquí del manchego Cooper, del gran manchego enderezador de entuertos. Ha cesado en su cargo Cooper; nadie le obliga a permanecer en el pueblo. Cooper se va con su mujer; le vemos por el camino en su cochecito. De pronto, se detiene y vuelve al pueblo. Comenzará de nuevo a luchar; a luchar por la paz de todos, por la seguridad de los vecinos”.

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