Daños colaterales

El Papa, al menos, ha hecho más que Obama

En vísperas del anuncio en Estocolmo del nuevo Nobel de la Paz, que este año ha sido el más competido con una cifra récord de 278 nominados, el papa Francisco es uno de los claros favoritos, al menos para Kristian Harpviken, al frente del Instituto de Investigación de la Paz de Oslo (Prio), sin duda una opinión clave para el Comité Nobel sobre hacia dónde orientar la distinción. En 2010, la elección de Barack Obama resultó ser una de las más cuestionadas porque, en rigor, no había hecho nada por la paz estando un año en el poder; aunque al menos repartió los 1.4 millones de dólares del premio (ocho millones de coronas) entre veteranos de guerra de su país, minorías raciales y para apoyar la reconstrucción de Haití, devastado por un terremoto que dejó más de 200 mil muertos.

Sobran nombres, gestas y causas que bien pueden superar los votos a favor del ex cardenal argentino Jorge Bergoglio, de 77 años, declaradamente un conservador popular, si bien en este año y medio de gestión y sin abandonar la ortodoxia, ha sido capaz no solo de desempolvar el discurso religioso neoconservador que Joseph Ratzinger heredó de  y compartió con Karol Wojtyla, sino que lo renovó en forma y contenidos.

Y aunque será finalmente la Historia la que haga la valoración final de su pontificado, ha habido actuaciones relevantes de Francisco, como cuando dijo a la prensa en el avión que lo regresaba al Vaticano tras participar en Brasil en la Jornada Mundial de la Juventud l, en julio de 2013, “¿quién soy yo para criticarlo?”, a propósito de una pregunta sobre la sexualidad gay. Cómodamente. el Papa basó su postura en el catecismo de su Iglesia el cual llama a la hermandad y a lo no marginación de las personas.

Y si bien días antes, en la catedral de Río de Janeiro, durante el citado encuentro juvenil, el Papa halló un espacio para reunirse con jóvenes católicos argentinos e insuflarles un mensaje de rebeldía: “¡Hagan lío, quiero lío en sus diócesis!”, en un elíptico llamado a confrontar al gobierno peronista de Cristina Fernández de Kirchner, también jugó con fuego al exhortar a millones de jóvenes católicos de Brasil a recuperar “la prédica entre el pueblo”. Una práctica que impulsó con fuerza en los años 1960-1970 la progresista Teología de la liberación (TL), cuya persecución y silenciamiento durante un cuarto de siglo por parte de Wojtyla-Ratziner permitió la penetración, expansión y auge de un amplio abanico de iglesias y sectas protestantes made in USA a todo lo largo y ancho de América Latina; sin duda un error estratégico de Juan Pablo II que Francisco intenta hoy paliar, cuando los evangélicos de Brasil —el país con mayor número de católicos en todo el mundo— superan ya 23% de la población total (200 millones), con un ritmo de crecimiento de 61% en la última década, según cifras oficiales. En 1980, cuando asumió Juan Pablo II, eran solo 6%. Los católicos, en tanto, se redujeron de 89 a 64%...

Es en este marco que, apenas llegado de Brasil, el papa Francisco invitó a Roma al principal ideólogo de la TL, el teólogo peruano y destacado matemático, Gustavo Gutiérrez, hoy de 85 años, quien recibió un trato prácticamente de héroe en el Vaticano cuando fue el orador sorpresa en el acto de presentación de un libro escrito nada menos que por el cardenal Gerhard Mueller, jefe de la Congregación para la Doctrina de la Fe –la antigua comisaría de Ratzinger, cuya misión es asegurar el cumplimiento de las enseñanzas esenciales de la Iglesia–, así como por el cardenal Oscar Rodríguez, uno de los principales asesores del Papa.

La prensa italiana destacó entonces que el pontífice argentino escribió el prefacio del libro Del lado de los pobres: Teología de la Liberación, en el que Gutiérrez escribió también dos capítulos.

También ante otros conflictos, en Ucrania, en Asia, en África y en Oriente Medio, el papa jesuita ha procurado acercar las posturas, incluso intereclesiales con “un mensaje de diálogo, de de negociación y de contención” de las diferencias, en aras de lo que puede ser su mayor apuesta como él mismo afirma y defiende: la de “construir una cultura del encuentro”.