Daños colaterales

Felipe VI y la nueva transición

¿Cuántos años más podrá durar la monarquía española? Esta es, sin duda, la pregunta que se hicieron ayer millones de personas en España y el mundo tras la abdicación del “rey de la transición democrática”, Juan Carlos I, en favor de su hijo, el príncipe Felipe de Borbón, “símbolo de la estabilidad y el impulso”, según lo definió el monarca en su breve y sobrio discurso de despedida a la nación, luego de 39 años de reinado.

Un reinado ampliamente respaldado y aplaudido en el difícil periodo de la transición tras la férrea dictadura de Francisco Franco (1936-75), pero que hoy se advierte arcaica e incluso inútil, si se considera por ejemplo que la mayor responsabilidad de don Felipe será —además de limpiar la deteriorada imagen de la familia real, empezando por su propio padre, cuyos últimos años de mandato fueron francamente horribilis—, “asumir la más alta representación del Estado español en las relaciones internacionales”, como también debió hacer su padre. Es decir, una mera labor de canciller aunque  a un costo muchísimo más elevado para los bolsillos de los pauperizados españoles, que en 2012, en el clímax de la crisis financiera, debieron sostener un salario anual superior a los 8 millones de euros. En total, la monarquía de 15 miembros, incluyendo los ocho nietos, costó ese año a las arcas públicas 25 millones de euros, y otros 34 millones para conservar los “palacios y jardines”, como por ejemplo 120 mil euros para “limpiar los candelabros”.

Con un desempleo de 25% de la población laboral en un país de 46 millones de habitantes, y 50% de la preparada juventud española en paro, el futuro rey —que también buscó rejuvenecer su imagen en estos días afeitándose la barba— tendrá que demostrar para qué sirve hoy la monarquía española, instaurada hace 521 años, el 4 de mayo de 1493, por los reyes católicos, luego de liberar a la Península Ibérica de ocho siglos de dominio musulmán e iniciar la dramática conquista y colonización de el “nuevo mundo”. 

Demostrar que en la actualidad sirve para algo más que lucrar con el erario o matar elefantes en África, mientras los españoles se suicidaban por los desahucios de la banca.