Juego de espejos

Ganar perdiendo

La pluralidad es un desafío para cualquier sistema político, mucho más para un régimen presidencial. El parlamentario lo resuelve a través de la coalición que se construye después de las elecciones. La separación de poderes puede resultar un problema mayor: quien gana el gobierno es difícil que tenga mayoría legislativa en condiciones de pluralidad.

La democracia moderna es cuestión de números. Son los votos los que definen quién gana el gobierno y cómo se integra la representación política, la que también se vuelve cuestión de números. El país tiene un problema estructural: un régimen presidencial electo por mayoría simple con un sistema de partidos crecientemente plural. Las mayorías absolutas en votos dejaron de existir, la última fue hace más de 20 años. El régimen debe coexistir con pluralidad de partidos, como lo ratifica la elección pasada.

La pluralidad es un desafío para cualquier sistema político, mucho más para un régimen presidencial. El parlamentario lo resuelve a través de la coalición que se construye después de las elecciones. La separación de poderes puede resultar un problema mayor: quien gana el gobierno es difícil que tenga mayoría legislativa en condiciones de pluralidad. El gobierno dividido, como lo llama la doctrina, plantea retos para la gobernabilidad como se muestra en el periodo 1997 a 2012. El gobierno actual lo resolvió por la vía del pacto; se concretaron reformas, pero hay un desgaste del modelo y de los actores. El expediente fue políticamente exitoso, pero irrepetible.

Para efectos de la integración de la Cámara de Diputados no hay una relación directa entre la proporción de los votos y la de los asientos legislativos. El sistema mixto es complejo; en su origen, la representación proporcional fue para dar cabida a las minorías en la Cámara. Posteriormente sirvió para atemperar la sobrerrepresentación del partido mayoritario, hasta hoy el PRI. En esta ocasión, con un porcentaje de 36% junto con el PVEM, obtuvieron 62% de los distritos.

La regla que subyace en el sistema mixto mexicano es que los partidos que obtengan más triunfos distritales son los que más se benefician de la asignación. Para evitar la sobrerrepresentación, se determina que ésta no debe exceder 8 puntos porcentuales, ejemplo, el PRI obtiene 32.6% de los votos, no puede tener más de 40.6% de los asientos. Otro partido que se benefició de la sobrerrepresentación en la elección fue el PVEM.

La construcción de mayoría absoluta fue objetivo del gobierno del presidente Peña Nieto. Sus colaboradores entendieron bien el sistema de asignación y de esta forma pudieron aprovechar los espacios que la ley otorga. Es evidente que quienes tomaron la decisión partieron de un escenario realista, moderadamente adverso, es decir, una disminución del porcentaje de votos respecto a la elección de 2012 y considerablemente mayor en relación a la elección de 2009. La previsión les permitió lograr mayoría absoluta con la suma de tres fuerzas políticas: PRI, PVEM y Nueva Alianza.

La definición fundamental, aludida en la colaboración de la semana pasada en la que anticipábamos muy probable que se alcanzara de esta forma la mayoría absoluta, fue que el PVEM postulara candidatos en 56 distritos, muchos de probabilidad de triunfo en coalición con el PRI. La coalición ganó 29 de estos distritos, lo que le valió al PVEM sumar un total de 47 distritos, 20 más de los de la elección pasada. El PVEM incrementó 1% su votación, pero casi duplica su presencia legislativa, precisamente como un efecto de haber ganado 29 distritos.

Los números de la elección y de la integración de la Cámara anticipan la conformación de alianzas con la perspectiva de gobierno, no solo para el momento electoral. Este es el recurso que tienen los partidos para mitigar los efectos de un voto disperso en muchas fuerzas políticas. Lo deseable en términos de funcionalidad, es que quien gobierne tenga respaldo parlamentario. Como tal, el gobierno dividido plantea problemas severos en el régimen presidencial. La conformación de gobiernos de coalición se perfila al futuro; sin embargo, no existe el andamiaje institucional para que este proceso sea virtuoso y ofrezca certeza.

En estricto sentido numérico, el PRI perdió la elección parlamentaria, no ahora, sino de manera consecutiva desde 1997, al no alcanzar por sí mismo la votación para la mayoría absoluta. La elección de 2015 obliga al partido mayoritario a transitar hacia la coalición, después de un periodo exitoso de negociación que produjo importantes reformas para el país.

Para el caso concreto de la pasada elección, el tricolor obtuvo su más baja votación histórica en términos de porcentaje y volumen de votos, aún así, precisamente, mediante la coalición con el PVEM y Nueva Alianza, alcanza una mayoría parlamentaria en la Cámara para la gobernabilidad en la segunda mitad del gobierno del presidente Peña Nieto.

Como ayer lo anticipaba Liébano Sáenz en este espacio, la elección de la elección es la renovación profunda del sistema de partidos y del régimen de gobierno. No es un mensaje, es un resultado, esto es, los números dicen y revelan que ha llegado el momento de repesar la representación política y el sistema de gobierno, una forma más de ganar perdiendo.

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