Articulista invitado

'Millennials', 'generación Z' y educación superior

Estos jóvenes tienen valores, hábitos y expectativas de vida y de trabajo muy diferentes a las de sus padres, y ello tiene un impacto transversal en todos los sectores, industrias, instituciones y en la sociedad en general.

Los millennials —normalmente considerados como aquellos jóvenes que nacieron a partir de 1980— están transformando la economía, la forma de hacer negocios, los empleos y los patrones de consumo. Esta generación tiene valores, hábitos y expectativas de vida y de trabajo muy diferentes a las de sus padres, y ello tiene un impacto transversal en todos los sectores, industrias, instituciones y en la sociedad en general. Detrás de ellos viene la generación Z, aquellos que nacieron después de 2000 y que tienen muchas similitudes de carácter y hábitos con los millennials, especialmente en cuanto al uso de la tecnología se refiere. 

Las universidades hemos aprendido a entender a los millennials y, desde luego, estamos preparados también para comprender a la generación Z. Como parte de nuestra misión debemos potencializar sus capacidades y darles herramientas para que enfrenten no solo los retos actuales, sino también los que se avecinan en las próximas décadas y cuya solución estará en sus manos. Las diferencias entre las nuevas generaciones y sus padres deben ser motivo de crecimiento, evolución y una mejor comprensión de nuestro entorno. Son, antes que nada, una oportunidad y como tal debe ser entendida y aprovechada.

Se han escrito múltiples estudios y se han realizado un sinnúmero de encuestas para tratar de definir lo que caracteriza a los millennials y a la generación Z. En esta ocasión me limitaré a tres de las particularidades que con mayor frecuencia están presentes en estos análisis y que describen a ambas generaciones: son nativos digitales, están acostumbrados a un ritmo más rápido, y son proactivos en su proceso de aprendizaje.

Los millennials son la primera generación que ha crecido con un acceso instantáneo a la información, crecieron con y se adaptaron rápidamente a los cambios tecnológicos. Esto tiene enormes implicaciones. Recuerdo que durante mis años universitarios, cuando el profesor encomendaba un proyecto de investigación, pasaba largas horas en la biblioteca buscando información y pasando notas a tarjetas. Realizar un trabajo de investigación implicaba buscar bibliografía, pedir libros y enciclopedias prestados, y tomar notas a mano de la información. Hoy el acceso a internet reduce el tiempo que implicaba toda esta labor artesanal a un segundo. Sin embargo, el internet y la tecnología no deben llevar al abandono del rigor en la investigación o a la renuncia a seguir creando e innovando, sino todo lo contrario. Deben ser una plataforma para que los millennials, la generación Z y las que les sigan, sean investigadores más rigurosos y ambiciosos de lo que nosotros fuimos y para que sus creaciones, que se alimentan del enorme bagaje cultural que les legamos, sean más revolucionarias y más enfocadas a solucionar la pobreza y la falta de equidad.

El uso de las nuevas tecnologías en la educación superior tiene un impacto exponencial e implica un nuevo paradigma en el proceso enseñanza-aprendizaje. Nos permite llegar a más jóvenes, y poner a su alcance una mayor cantidad de conocimiento. Para poder interactuar y comunicarse mejor con los estudiantes, hay que hacer uso de los cursos en línea, plataformas de e-learning, redes sociales, blogs, en fin, utilizar todas las herramientas que la tecnología nos ofrece para potenciar el proceso de enseñanza-aprendizaje de nuestros alumnos. El ser nativos digitales, por otra parte, implica enormes retos, pues al estar conectados a dispositivos móviles constantemente y al contar con tanta información de manera instantánea, la capacidad de desarrollar un pensamiento crítico se torna indispensable. Esa facultad de discernir lo cierto de lo incierto, lo justo de lo injusto, lo exacto de lo inexacto, es responsabilidad nuestra enseñárselas en el aula y fuera de ella, para que las nuevas generaciones puedan servirse de la información, al tiempo que conservan la distancia y la suspicacia ante lo que se difunde.

Esta generación que vive en la economía del conocimiento está acostumbrada a un ritmo de vida más acelerado y con frecuencia busca carreras más cortas y orientadas a una rápida inserción laboral. Saben que su formación no termina cuando salen de la universidad, ya que necesitan mejorar constantemente sus habilidades y competencias a lo largo de su carrera profesional para mantenerse competitivos. La oferta de carreras técnicas y la educación continua se vuelven cada vez más relevantes ante este entorno. Por ello, nosotros debemos prepararnos no solo para recibir a jóvenes recién salidos de las preparatorias, sino también a adultos profesionistas que regresan a la universidad a buscar en ella respuestas a los desafíos que les plantea su trabajo. Estos estudiantes se nutren de la vida universitaria, pero nosotros como docentes también nos nutrimos de ellos, de su experiencia y de los desafíos que nos plantean. Así, la flexibilidad y la curiosidad permanente de los millennials se ha convertido en el punto de partida para una universidad más abierta, más comprometida con la renovación y el diálogo constante.

Los millennials y la generación Z son más proactivos en su proceso de aprendizaje, y valoran mucho la educación personalizada. Una de las herramientas que utilizamos en la UVM, por ejemplo, es aplicar una prueba de caracterización a los estudiantes de nuevo ingreso que nos permite obtener información sobre elementos tales como personalidad, estilos de aprendizaje, habilidades y competencias digitales. Con base en los resultados, se desarrolla de forma inmediata un programa de acompañamiento personalizado con recomendaciones, cursos gratuitos y mensajes cortos de alto impacto para reforzar el proceso de aprendizaje e incidir en que los estudiantes terminen sus estudios con éxito.

En este mundo en constante transformación, anticipar los cambios y adecuarse a ellos es fundamental. Ello refuerza la importancia de la autonomía en las instituciones de educación superior para que seamos lo suficientemente ágiles para poder adaptar nuestros programas y métodos de enseñanza a las cambiantes circunstancias del entorno académico y profesional, así como  a las características de las nuevas generaciones.

*Presidente y director general de Laureate Education México