Columna invitada

Energía y el espíritu de Santa Anna

Me resulta curiosa la historia de las empresas petroleras y de energía y de cómo en México se mezclan con la identidad nacional. History Channel produjo la serie The Men Who Built America, donde muestra a manera de documental las vidas de Cornelius Vanderbilt, John D. Rockefeller, Andrew Carnegie, J.P. Morgan y Henry Ford. Estos hombres forjaron imperios de los trenes, el petróleo, el acero, la electricidad y los automóviles. La serie narra eventos que ocurrieron en tan solo 50 años entre la guerra civil estadunidense y el inicio de la primera guerra mundial cuando la revolución industrial trasformó la sociedad de aquel país. Antes de ese periodo no había electricidad y la fuente de iluminación más común era la leña o el carbón los cuales fueron sustituidos por el keroseno de Rockefeller. Los trenes de Vanderbilt prosperaron porque facilitaron el movimiento de personas y el comercio, siendo esenciales para transportar el petróleo desde los pozos de la incipiente industria petrolera hasta las refinerías. Para reducir costos y de paso sacar a los ferrocarrileros del negocio, Rockefeller creó sus oleoductos provocando la quiebra de muchos transportistas. El banquero Morgan, hizo de la industria eléctrica su imperio a partir del trabajo de Edison y Tesla. La electricidad era un lujo, de hecho la primer casa en la historia que contó con este servicio fue la del propio Morgan. Siendo dueño de centrales eléctricas, por ejemplo la hidroeléctrica del Niágara, tiempo después fundó General Electric para crear diferentes máquinas (electrodomésticos) las cuales garantizaban el consumo y compra de su propia electricidad. Hasta ese momento el petróleo de Rockefeller se utilizaba primordialmente para producir keroseno para iluminación. La electricidad se adueñó de este mercado, pero gracias a otra innovación surgió su nuevo producto estrella: la gasolina para el motor de combustión interna. La brecha entre los super-ricos y los pobres era ya enorme y había un gran descontento social. Rockefeller, Morgan y Carnegie dejando atrás su rivalidad empresarial se unieron para financiar campañas electorales y tener gobiernos a modo, pero después del asesinato del presidente McKinley quien protegía sus intereses, el nuevo presidente Roosevelt peleó y dividió los monopolios. Mejor no pudo haber sido para Rockefeller, cuya riqueza aumentó al recibir acciones de las nuevas empresas como Esso o Chevron. Las grandes empresas de energía controlan buena parte de la economía mundial y por ende tienen una gran influencia en los gobiernos. Conocer el origen de estas empresas nos ayuda a entender cómo operan e identificar los cambios necesarios para promover el uso de energías renovables, los autos eléctricos y mitigar el cambio climático. Gracias a la reforma energética es prácticamente un hecho que México no cumplirá con sus objetivos de mitigación. A pesar de que las industrias petrolera y eléctrica nacieron del capitalismo, se convirtieron en una parte de nuestra identidad. En México, PEMEX y CFE representaron ingresos seguros para la operación del gobierno e inversión, pero también paraísos laborales para los sindicatos, corrupción e impunidad; elementos sin duda de nuestra identidad. Al responder a intereses políticos y no económicos estas empresas no compiten y tienen serias limitaciones para innovar. La reforma pudo haberse enfocado solamente en la transformación de su operación para permitirles competir, en lugar de permitir el ingreso de las compañías extranjeras… pero para eso antes tendríamos que haber cambiado al país. Coincido con Sergio Saldaña en su columna de Forbes en que el principal problema de la reforma es permitir que la riqueza siga saliendo del país. Pero esto no es nuevo y ya ocurre con los bancos, hoteles, mineras y otras transnacionales… al igual que con empresas que fueron mexicanas y son vendidas al extranjero. Mientras otros países siguen innovando, nosotros seguimos vendiendo, el espíritu de López de Santa Anna permanece.