Analecta de las horas

Recuerdos de la hora del lobo

“Es el momento entre la noche y la aurora cuando la mayoría de la gente muere, cuando el sueño es más profundo, cuando las pesadillas son más reales, cuando los fantasmas y los demonios son más poderosos...”


Me encontraba fuera del país cuando recibí la triste noticia: Federico Campbell había muerto. Tras una lucha que se prolongó por varios días en un hospital capitalino, su cuerpo no resistió más.

Evoqué de inmediato cuando nos conocimos una tarde de finales de los años ochenta en Mérida. Yo había acudido a la Ciudad Blanca como relator de uno de esos encuentros periodísticos que sirven para intercambiar visiones y prácticas de un oficio en el que la tinta y el papel eran todavía como la sangre y el pan diarios. Apenas estábamos por hablar, si acaso, del impacto de las nuevas tecnologías; en realidad no vislumbrábamos ese sentimiento dinosáurico que vino a generar entre los hacedores de periódicos y revistas la ola digital de fines de los noventa y que no ha cesado.

Aunque Federico conocía a buena parte de los asistentes a ese encuentro, él no estaba en Mérida para participar del mismo; más bien, él había ido invitado por un centro cultural para que dictara una conferencia sobre la novela policiaca.

Aquella tarde mis actividades habían concluido y coincidimos en el café-librería de un personaje que resultó ser, para mi sorpresa, hijo de Manuel J. Santos, uno de los dirigentes de la histórica huelga de los mineros de Nueva Rosita, Coahuila, que yo había tenido el gusto de conocer.

(Habiendo iniciado el paro de labores en 1950, en defensa de sus derechos, los mineros enfrentaron a la Mexican Zinc Co., filial de la American Smelting and Refining Co., que sobornó a la Junta de Conciliación y Arbitraje para declarar inexistente su movimiento y validar a los mil 500 esquiroles que habían contratado. Fue una huelga ejemplar reprimida por el ejército; como la empresa les negó toda clase ayuda, varios niños, hijos de los mineros, murieron de hambre. Fue entonces que decidieron marchar mil 400 kilómetros hasta llegar a la Ciudad de México para que el gobierno de Miguel Alemán Valdés respondiera a sus legítimas demandas).

Con un café —que no le gustó al exigente Federico, a pesar de lo mucho que lo recomendó nuestro anfitrión— hablamos un buen rato de aquel movimiento épico, una historia de dignidad, entereza y lucha de los trabajadores mineros que ya quisieran tener muchos de nuestros movimientos actuales. No creo que este comentario lo hubiera compartido él (pensábamos muy diferente en materia política), pero siempre reconocí en él a un escritor honesto que se declaraba en todo momento en contra de las injusticias y atrocidades que vive nuestro país.

Después Federico y yo caminamos por todo el Paseo Montejo en busca de un buen café. “El néctar negro de los dioses blancos” era una de las obsesiones de Campbell; por un momento pensé que se trataba de una pedantería suya, pero en realidad no solo era un gran consumidor de esta bebida sino un profundo conocedor de sus especies, orígenes y formas de preparación. Antes de que comenzara su conferencia, tuve el privilegio de que me dictara una lección particular sobre el café. Fue inútil desde el punto de vista de mis hábitos de consumo (lo tomo estrictamente por necesidad y temo sus efectos después de las dos de la tarde), pero disfruté inmensamente que me hablara con vehemencia de ello.

Desde ese día coincidimos innumerables ocasiones en casa de algunos amigos comunes. En 1995 lo busqué para que escribiera una columna para la Agencia Mexicana de Noticias, Notimex, de la que yo era por ese entonces coordinador editorial. La idea, avalada por Jorge Medina Viedas, director de la agencia, le entusiasmó y un buen día me citó para tomar (claro está) un café; luego me invitó a conocer su departamento en la Zona Rosa y charlamos más detenidamente de la propuesta.

—¿Sabes cuál es la hora del lobo?—, me preguntó. Y tuve que confesarle que no, que tampoco había visto la película de Bergman del mismo nombre, si bien podía intuir a qué aludía la expresión.

A él le fascinaba el tema y buscó un libro de cine del que me leyó la explicación que daba el propio Ingmar Bergman:

“La hora del lobo es el momento entre la noche y la aurora cuando la mayoría de la gente muere, cuando el sueño es más profundo, cuando las pesadillas son más reales, cuando los insomnes se ven acosados por sus mayores temores, cuando los fantasmas y los demonios son más poderosos...”.

Todo esto lo apuntaba porque quería que así se llamara su columna. Pasaron unos meses y por diversas razones su colaboración con Notimex resultó ser efímera. Fuera del país unos años, perdí contacto con él y nos reencontraríamos solo hasta comienzos de este siglo en MILENIO, el semanario, donde él escribía justamente su columna “La hora del lobo”.

Campbell nos dejó algunos libros entrañables como Pretexta, Tijuanenses y La clave Morse. En ellos aparece una y otra vez la figura de su padre, aquel telegrafista descendiente de unos norteamericanos de Virginia que habían llegado a Tijuana en el siglo XIX y que le decía que nunca trabajara para el gobierno. También nos dio a conocer a un gran escritor italiano: Leonardo Sciascia. Éste resultó ser para él una especie de álter ego siciliano con quien compartía su visión de los laberintos del poder, la violencia y los círculos mafiosos, lo mismo desde la literatura que desde la trinchera del periodismo.

En este momento nacional, sumido en la inseguridad y la violencia, voy a extrañar, entre otras muchas cosas, la voz de alerta de Campbell, esa que surgía en medio de la hora del lobo para recordarnos que, a pesar de todo, siempre es posible despertar.

ariel2001@prodigy.net.mx