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Analecta de las horas

Noticias de Cheever

Ariel González Jiménez

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Para no ser su centenario —ocurrido hace seis años— ni tampoco otra fecha importante que lo recuerde, este es un magnífico año para el difunto John Cheever. La encargada de celebrarlo, sin festejo de por medio, es sobre todo Random House, que ha publicado simultáneamente sus cuentos —con la selección que el propio Cheever realizó y que le valió en 1978 el Premio Pulitzer—, los diarios y su correspondencia. No es un Cheever total, pero sí en buena medida esencial.

En los Cuentos de Cheever asoma un universo que ya Rodrigo Fresán (en el prólogo a una antología de nuestro autor, La geometría del amor, publicada por Emecé en 1998) pudo captar plenamente cuando escribió:

“El mundo según Cheever —el que se alza al otro lado de las puertas para siempre cerradas del Paraíso— es el mundo de hombres y mujeres urbanos y suburbanos. Un mundo donde puede vislumbrarse —a través del lente ambarino de un vaso con whisky hasta el filo de sus bordes— ¡el horror! ¡el horror! conradiano instalado bajo la superficie aparentemente tranquila de una piscina bajo la luz de la luna. Personajes siempre en fuga —ladrones, voyeurs, alcohólicos, adictos, habitantes de la noche como una inmensa habitación vacía— pero que de algún modo se las arreglan para mantener cierta extraña pureza y una rara forma de santidad”.


No intentaré resolver (es inútil, creo) si Cheever es mejor como novelista (Crónica de los Wapshot y Falconer, lo más relevante en este campo). Sin embargo, si queremos entender de dónde procede esa tonalidad que permea la mayoría de sus historias, los últimos brillos de los sueños mientras se desvanecen, la crudeza del fracaso y de las esperanzas rotas, no tenemos más que mirar hacia las Cartas y Diarios de Cheever para sentir el magma de su literatura, una de las más ricas y poderosas que ha dado el siglo XX estadunidense.

Las Cartas son, sin duda, el gran acontecimiento de la temporada. No tienen acaso la intensidad y escándalo de sus Diarios, pero fue un gran escritor de misivas (escribía decenas a la semana), de ahí que su hijo Benjamin, quien presenta y comenta esta edición, las considere un material sustantivo para conocer el curso existencial de su padre. Benjamin se detiene en ellas tratando de hacer un ejercicio biográfico en el que él está obviamente involucrado, pero sin tratar de competir con el trabajo ya hecho por su hermana Susan en Home Before Dark (“En casa antes de que anochezca”), una biografía de Cheever que no se conoce en español.

No fue fácil tener por padre a John Cheever. Antes Susan y ahora Benjamin lo dejan muy claro, pues tuvieron que sortear el alcoholismo, la bisexualidad, la enorme confusión y baja autoestima de un hombre cuya personalidad podía ser a partes iguales tierna y destructiva. Todo eso queda presentado de muchas formas en su correspondencia, pero, como dice su hijo, “estas cartas fueron escritas por un hombre extraordinario, y lo extraordinario de mi padre no fueron su crueldad ni sus fracasos. Lo extraordinario era su alegría y el talento que tenía para regalarla a los que le rodeaban”.

Con todo, la obra epistolar de Cheever no alcanza la profundidad de sus Diarios, publicados en 1993 por Emecé y ahora reeditados por Random House.

En ellos todo es sorpresa, desesperación, temor, culpa y casi siempre esa insolencia vital con la que Cheever afronta todo aquello que lo lastima. Si habla de un paseo por la ciudad, todo parece convencional hasta que nos informa que está por tener una erección que lo va a avergonzar. Si habla de su alcoholismo, lo hace siempre como la maldición que lo persigue y el único remedio disponible. ¿Remedio para qué? Para no ser solamente el cafard que es, sino uno borracho.

Entre quienes mejor han escrito sobre estas notas que por décadas Cheever redactó religiosamente, está Antonio Muñoz Molina, para quien este diario, “como el de Pavese o el de Márai, es una noche oscura del alma en la que no conviene internarse durante demasiadas páginas seguidas. Yo casi siempre lo tengo a mano, pero pocas veces he leído más de unas pocas anotaciones seguidas. Muy pronto se vuelve irrespirable. Parece que me contagiara algo de la toxicidad de la nicotina y el alcohol con los que Cheever se estaba envenenando mientras escribía”.

Sí, a John Cheever hay que dosificarlo, porque leerlo todo de golpe es como empujarse todo un galón de whisky sin pausas. Sería justo en una cantidad que nos haría darle la razón cuando escribe: “Lo más maravilloso de la vida parece ser que casi desconocemos nuestras posibilidades de autodestrucción. Tal vez la deseemos, soñemos con ella, pero nos disuade un rayo de luz, un cambio en el viento”.

ariel2001@prodigy.net.mx



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