Analecta de las horas

Purificación del arte de medrar

Tras la publicación de Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu (1864), su autor, Maurice Joly, pasó dos años en prisión. El contenido de esta obra disgustó al emperador Napoleón III, pues lo criticaba mordazmente. A pesar de que el libro de Joly circulaba clandestinamente, la policía del emperador dio fácilmente con su autor y lo encarceló por incitar “al odio y al menosprecio del Gobierno”.

Durante su cautiverio, Joly comenzó una nueva obra, que finalmente fue publicada en 1867: Recherches sur l’art de porvenir, traducido al español como El arte de medrar. Manual del trepador (Galaxia Gutenberg, 2002), obra que conserva su tono satírico y en la que profundiza sobre el hecho de que “estamos ante una especie de fatalismo que consiste en el reparto fortuito de las inteligencias y de las fuerzas morales como de las otras ventajas sociales. El poder, la fortuna, los cargos y la fama son otros tantos monopolios naturales que solo pueden pertenecer a un número pequeño de privilegiados. Puede considerarse la vida como una lotería (sic) en la cual solo unos pocos números son agraciados. Los que ganan excluyen a los demás”.

¿Se habrá inspirado en Joly la diputada Purificación Carpinteyro cuando dijo: “Yo creo que ya nos sacamos la lotería”, en su ya famosa conversación con el empresario José Gutiérrez Becerril para proponerle un negocio de reventa de servicios de telefonía móvil, televisión de paga e internet? Me parecería sorprendente. Pero de que, sin inspiración alguna, es partidaria de la idea de que unos vienen al mundo a hacerle al tonto y a trabajar como burros, y otros a ser vivales y enriquecerse a costa de todo y todos, no me cabe la menor duda. Y en esa lotería, que es al propio tiempo una gran farsa, la Carpinteyro viene apostando, resguardada en la imagen de enemiga de los monopolios del mercado de las telecomunicaciones que se ha venido forjando desde hace tiempo.

Lo que sí parece haber estudiado de Joly —aunque mal— es el capítulo relativo a las revoluciones: solo así se explica su aparente militancia en el Partido de la Revolución Democrática, que la ha llevado a una diputación por un distrito de Iztapalapa. El escritor francés hubiera quedado boquiabierto: formalmente, es no solo representante popular, sino representante de uno de los sectores de la capital más castigados socialmente. ¿Qué mejores cartas credenciales puede ostentar para llenarse la boca, como lo ha hecho, de discursos incendiarios y antimonopólicos? Sin embargo, no supo ver que “en tiempos de revoluciones (e incluso de reformas, añadamos nosotros), los hombres duran poco, y la popularidad que se adquiere deprisa se pierde en un instante”. Y como no supo manejarse con prudencia, ni ocultar mínimamente el declarado conflicto de interés que priva entre su actuación pública y su ambición empresarial (intentando reformar en beneficio de sus proyectadas ventas de servicios), cabe pensar que doña Purificación, siguiendo a Joly, solo pudo atinar en “ponerse de parte de los que más gritan, a expensas, naturalmente, de pasarse a la reacción en cuanto la fortuna del propio partido empiece a declinar…”. Y la verdad es que, con personajes como ella, el PRD no hace sino declinar, aunque eso parezca tener sin cuidado a sus dirigentes y coordinadores parlamentarios. Por eso quizás sí tengamos oportunidad de ver cómo la diputada transita sin mayor problema a otra agrupación donde puedan apreciar mejor su talante emprendedor (“Pero ¿vendérselo a quién?”, preguntó Gutiérrez Becerrill, refiriéndose a los servicios que ella descubrió; “Obviamente a nuestros clientes, güey”, respondió con todo refinamiento la Carpinteyro).

A lo largo de su libro, Joly se divierte dejando diversos temas y capítulos inacabados o de plano pendientes; estas lagunas, nos informa el editor, “son como lunares que adornan una obra”. Así, por ejemplo, el Libro V, “De la fortuna y los asuntos públicos”, comienza con unos jeroglíficos que sirven “para que el lector lamente que el autor no haya creído oportuno presentar al público los interesantes contenidos que comporta”. Le siguen apuntes de títulos y esbozos que hubieran dejado picada de gran curiosidad a doña Purificación: “Medio para ganar cien mil francos de una vez sin tener que desembolsar un céntimo”; “De los principales negocios tenebrosos, pero lucrativos”, y un “capítulo complementario y recapitulativo de todo lo anterior” que hubiera hecho las delicias de nuestra legisladora: “Del grado de mezquindad, estupidez, deshonestidad e ineptitud necesarias para hacer fortuna en los tiempos que corren”. Es una pena que Joly no lo haya escrito, porque se trata, según el propio editor, “de un hermoso capítulo, palabra de honor…”.

Pero con o sin la lectura de Joly, nuestra diputada tiene suerte y fuero. A diferencia de lo que puede suceder con cualquier delincuente no visitará ni por un momento un Ministerio Público, ni será interrogada mayormente acerca de sus actividades “empresariales” y la torcida relación que guardan éstas con su actividad legislativa. Está en México y puede seguir tranquilamente contando de por vida con los sabios consejos de Maurice Joly y, si en verdad se inspira, hasta preparar un libro donde transmita su amplísima experiencia. Le sugiero un título con marca personal: La purificación del arte de medrar. Sería, estoy seguro, un buen negocio.

 

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