El FMI se queda con Lagarde

El instituto tiene buenas razones para mantenerse junto a su directora a pesar del veredicto de culpabilidad por negligencia. 
Cambiar a Christine Lagarde sería complejo por el rescate financiero griego y la elección de Donald Trump.
Cambiar a Christine Lagarde sería complejo por el rescate financiero griego y la elección de Donald Trump. (Reuters)

El veredicto de culpabilidad es una mancha para el historial de Christine Lagarde, pero no necesariamente tiene que costarle su importante trabajo.

Sin embargo, el Fondo Monetario Internacional (FMI) una vez más contempla la condena de un director general. El veredicto de un tribunal francés de que Christine Lagarde fue culpable de negligencia en sus funciones mientras ocupaba el cargo de ministra de Finanzas no se compara ni remotamente con el escándalo que derrumbó a su predecesor, Dominique Strauss- Kahn. No obstante, es algo embarazoso y un golpe a su reputación anteriormente intachable de competencia administrativa. 

También presenta una decisión difícil para los directores del FMI, quienes se deben de asegurar que no hay mancha en el liderazgo de una organización mientras que ya lucha por convencer a un público escéptico de que es una fuerza del bien en el mundo. Lagarde debe presentar sus argumentos ante el consejo y convencerlos de que solamente es culpable de ingenuidad política.

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A primera vista, su caso tiene mérito. Los cargos en su contra se relacionan con un pago fraudulento de 403 millones de euros que un arbitraje le otorgó al empresario Bernard Tapie en 2008, poco después de que Nicolas Sarkozy se convirtió en el presidente del país. El juicio demostró cómo las condiciones para un acuerdo con el colorido Tapie, quien apoyó la campaña de Sarkozy, cayeron en su lugar tan pronto resultó electo Sarkozy. Cualquier indicio de una colusión en un acuerdo sórdido para compensar a un partidario debería ser condenatorio.

Sin embargo, nada indica que Lagarde conocía tal acuerdo. En vez de eso, el tribunal respaldó su decisión de enviar a un arbitraje la reclamación de compensación de Tapie contra el Estado. De lo que se le encontró culpable fue de negligencia, porque no apeló contra la decisión posterior, pero no se impuso sentencia alguna y el veredicto no tendrá como resultado un expediente criminal. A falta de una exoneración total, este es el veredicto más suave posible. 

Este es un veredicto poco común en un tribunal poco común. Los políticos que forman parte del tribunal especial bien podrían desear evitar un dictamen más duro que pudiera desanimar a los ministros a tomar decisiones difíciles en el futuro. También están conscientes de las implicaciones para la permanencia de Lagarde al mando del FMI, ella es, después de todo, la figura francesa más poderosa en el escenario internacional. 

Los directores del FMI deben sopesar el riesgo del daño a la reputación si la mantienen en su cargo frente a la disrupción que resultaría por un cambio en el mando. 

A Lagarde le corresponde convencer a sus colegas de que no hay duda o mancha en su integridad personal. Más allá de eso, no hay nada en el libro de reglas del FMI que la descalifique. Una condena por negligencia de cierta forma está en contra del compromiso de la organización de tener los “estándares de eficiencia y competencia técnica más altos”. Lagarde puede argumentar que con una carrera internacional en derecho comercial no estaba preparada para el pozo de víboras de la vida política francesa, pero fue su decisión dar el salto.

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En su papel actual, demostró ser una defensora efectiva de la postura del fondo, ya sea en el rescate financiero de Grecia, o en la coordinación del G20 sobre la expansión monetaria y fiscal. Por lo tanto, Financial Times argumentó a principios de este año que merecía la reelección para un segundo término con base en sus méritos. 

La última cosa que necesita en este momento el FMI es un vacío de liderazgo. Hay un debate en curso sobre el proceso con el que se nombra al director general, y el resentimiento justificado que hay entre los mercados emergentes de la convención por la que el puesto se le da a un europeo. Este no es un momento para resolver esas preguntas. El rescate financiero griego es una coyuntura delicada, y la elección de Donald Trump plantea preguntas mucho más amplias sobre el futuro de las instituciones financieras internacionales. 

Christiane Lagarde sufrió una humillación, pero merece quedarse con su puesto.