Latinoamérica: los puentes de la narrativa

El invitado de la FIL de Guadalajara de este año nos incluye por primera vez. Pertenecemos a esa Latinoamérica a la que se ha invitado. Y eso hace de la fiesta algo más familiar, más íntimo.
Latinoamérica, en su conjunto, ofrece una diversidad literaria que no se queda corta frente a otras regiones. No solo eso, resulta accesible a cualquier lector de nuestro entorno, toda vez que convivimos en la misma lengua.
Latinoamérica, en su conjunto, ofrece una diversidad literaria que no se queda corta frente a otras regiones y resulta accesible a cualquier lector de nuestro entorno, pues convivimos en la misma lengua. (Ilustraciones: Kenya Altuzar)

Cuando el año pasado se anunció que el país invitado para la FIL Guadalajara 2016 sería Latinoamérica, la sorpresa fue grande. No por el hecho de que el lugar de un país ahora lo ocupara una región. O no solo por eso. Lo fue porque despertó de inmediato una vieja y larga discusión: ¿en verdad existe Latinoamérica? Como todas las buenas discusiones, ésta se celebra por el simple hecho de hacernos reflexionar en torno a ella.

Evidentemente, nadie estaba cuestionando la existencia geopolítica de la región. Es más que clara la influencia del latín como lengua madre de casi todos los países de México hacia el sur. Entonces es un asunto lingüístico. Casi ninguna parte del mundo puede presumir tal coincidencia idiomática; aun incluyendo las posibles desviaciones que ofrecen el portugués y ciertos franceses americanos. Queda claro que dicha coincidencia es la que ha propiciado una serie de etiquetas desde hace un siglo; tal vez más. Porque no solo era el asunto del español sino el de la Conquista.

Pese a estos puntos de partida comunes (el geográfico, la idea de América como una tierra descubierta, los conquistadores y las guerras independentistas), el asunto se centró en el lenguaje. En una de las cosas que mejor puede hacer: literatura. Aquí hay espacio para una nueva coincidencia. De pronto, hace ya varias décadas, varios escritores del más alto nivel se dieron a la tarea de escribir su obra. Fue sencillo encasillarlos a partir de sus orígenes, pese a sus claras diferencias.

Así surgió el boom latinoamericano, un suceso inédito en el mapa de las letras. La calidad estaba pero también los inicios de lo que hoy podríamos llamar la mercadotecnia editorial. Así que pronto se les vio como especímenes de un mismo tipo a un profesor argentino, a un hijo de diplomáticos mexicanos, a un periodista colombiano, a un futuro político de Perú y a dos o tres más que se sumaron al impulso del fenómeno.

No se requiere mucho análisis para concluir que la literatura que ofrecía cada uno de ellos distaba de la de los otros tanto en temas como en estilos. Si acaso sus discursos tenían algo de común, da la impresión de que la parte fuerte de sus formaciones tenía mucho más que ver con Europa y Estados Unidos que con esa extraña región llamada Latinoamérica.

Pese a ello, consiguieron homologar a una región a partir de la palabra. No solo eso: también la crearon. Así, tras decenas de novelas, se construyó una idea específica de lo que implica vivir en esta región del mundo. Una idea que dista bastante de la realidad pero es bien sabido que las palabras suelen llegar más lejos que los hechos. Tan es así que muchas veces da la impresión de que las cosas por estos rumbos son de este modo gracias a que así se nos dijo que deberían ser y no al contrario.


Medio siglo más tarde es posible encontrar centenares de estudios en torno a esa Latinoamérica. Los hay de todas las disciplinas. Incluso de la literatura. Lo interesante, ahora, es intentar vislumbrar la existencia de ese espectro en común que atañe a los escritores del continente. Es una trampa, claro está. Si se hubiera elegido a un único país como invitado, las razones por las que la FIL estaría llena de determinados autores estarían supeditadas a la nacionalidad.

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En estos días nadie pretende que la simple procedencia de dos escritores tienda puentes entre ambos. Al ampliar la elección a tantos países, se vuelven más evidentes las diferencias y, por estadística simple, también los puntos de consenso.

Basta con mirar el programa literario en torno a Latinoamérica que ofrece la FIL para descubrir las discrepancias y las coincidencias. No solo por las mesas que intentarán contestarse la pregunta con que inicia este texto. También por todas las charlas que tendrán lugar: unas hablarán de la literatura gay, otras de la familia como pretexto para la narración, unas más sobre el dolor como detonador literario, la de determinado día se centrará en los jóvenes escritores, la literatura femenina tendrá su lugar especial, también los autores cuarentones, los de la vieja guardia, los ya consagrados y demás… todos ellos, llevando a cuestas el epíteto latinoamericano. Epíteto que, de nuevo, obedece más a razones geográficas que literarias. Piénsese, si no, en las mismas mesas prescindiendo del calificativo.

Lo anterior sirve, entonces, para establecer diferencias. Tantas como sea posible. A fin de cuentas, las temáticas y los estilos de los escritores que llegarán a Guadalajara son tan diversos como ellos mismos. Poco tienen de común el narrador que va en la décima entrega de su saga policiaca con la autora intimista que gusta de explorar la sensualidad de sus personajes. De nuevo, eso también podría ocurrir si solo fuera uno el país invitado.

¿Entonces? Entonces las coincidencias. La primera, claro está, es el idioma. El español, sobre todo. Es bien sabido que el lenguaje nos sirve para comprender y crear la realidad. Nos construye como individuos antes que como escritores.

Partir del español no es lo mismo que hacerlo de otra lengua. Se nos ha formado con palabras específicas, con su sonoridad y su construcción. Nuestro pensamiento está supeditado a la forma en la que entendemos nuestra relación con el lenguaje. Incluso la ruptura, las formas más vanguardistas del trabajo con el idioma, conllevan una carga ineludible de españolidad. Algo que no puede ser despreciado.

En segundo término, la región. Latinoamérica tiene sus peculiaridades. Al tiempo en que la felicidad parece ser una invitada permanente, las crisis económicas y los malos gobiernos son los lugares más comunes de la zona. Y no solo en nuestros días. Desde hace décadas, por no decir desde la configuración misma de los países. Salvo por cortos periodos de bonanza, a la región no le va tan bien como debería. Nuestro estoicismo es un defecto disfrazado de virtud. El mismo del que abrevan nuestras literaturas.

No es lo mismo escribir con la certeza de un Estado que procura determinados mínimos en cuanto a seguridad social que hacerlo por las noches, al amparo del cansancio, pues se ha trabajado una jornada de diez o doce horas seguidas. Eso, claro está, también influye en las temáticas, en la realidad que se cuela entre las palabras. De ahí que la violencia haya sido un tema recurrente en los últimos años de nuestra literatura.

También hay rastros de orgullo. Un orgullo que trasciende al nacionalismo más simple. Da gusto ser latino, aunque no se sepan bien las razones. Por eso no importa si se es expatriado, exiliado, viajero, emigrante o alguien que no ha salido de su ciudad. Hay en la idea de lo latinoamericano un arraigo solidario que tiende a vincularnos a unos con otros. Un algo que, a la larga, nos diferencia de otras regiones del mundo.

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Un último argumento. El invitado de la FIL de este año nos incluye por primera vez. Pertenecemos a esa Latinoamérica a la que se ha invitado. Y eso hace de la fiesta algo más familiar, más íntimo. Entonces, las diferencias se pasan por alto para abrir la puerta a una celebración en grande. La misma que no solo está supeditada a los asistentes sino a sus obras.

Latinoamérica, en su conjunto, ofrece una diversidad literaria que no se queda corta frente a otras regiones. Nos ofrece alternativas para cualquiera que sea nuestro género y nuestra temática. No solo eso, resulta accesible a cualquier lector de nuestro entorno, toda vez que convivimos en la misma lengua. Aún más, nos permite identificarnos con los autores; cuando no por el estilo o el tema, sí por la región y la cercanía: de nuevo la extrapolación del orgullo.

Los puentes están tendidos. Si algo ofrecen las polémicas es la posibilidad de discutir en torno a los temas que las detonan. Da igual si Latinoamérica puede o no ser considerada dentro de un mismo campo semántico o de pensamiento; da igual si su literatura tiene más diferencias que puntos de encuentro; da igual si sus autores viven en Europa o en Oceanía. El asunto es que estarán aquí, ofreciendo sus palabras y sumándose a una discusión que, si bien no nos dejará las cosas en claro, se volverá el punto de cohesión donde se amalgame un concepto: el de la literatura latinoamericana. Da igual lo que eso sea.