"Dogging", la práctica de sexo libre de moda en España

Los participantes tienen entre 18 y 70 años, son de todas las clases sociales, hay casados o sin compromiso y el objetivo es mirar,  tocar y no verse nunca más.
Se realiza en lugares al aire libre o cerrado.
Se realiza en lugares al aire libre o cerrado. (Juan Carlos Fleicer)

Madrid

El sitio es lo de menos, se trata de pasarlo bien, y ni siquiera es preciso buscar la complicidad de la noche. En Madrid, como en toda España, cada vez hay más sitios donde se practica el dogging. Hombres y mujeres de todas las edades se citan para tener sexo con personas que jamás han visto, o simplemente para dejarse ver y hasta tocar.

El dogging fue bautizado así por los ingleses, porque la mayoría de los voyeurs que acudían a estas orgías improvisadas se disculpaban diciendo que iban a pasear al perro.

Pero en España el término se ha castellanizado, le llaman cancaneo y explican simplemente que esto se debe a que mantener relaciones sexuales en un coche es muy incómodo y por ello inevitablemente se recurre a una posición.

En este país mayoritariamente se práctica en Madrid y Barcelona. El perfil del dogger: suelen tener entre 18 y 70 años, de todas las clases sociales, desde un directivo hasta un desempleado de los casi 5 millones que hay en el país. Respecto a los voyeurs, se trata principalmente de hombres maduros, de clase media y muchos casados. Todos se definen como “amantes del riesgo” y la “aventura” que buscan nuevas formas de conseguir placer y excitación.

Algunas de estas parejas suman a sus sesiones el intercambio, lo cual añade al riesgo de esta práctica en sí, el de la implicación emocional. Para practicar dogging hay que tener una gran confianza en la pareja y un “elevado grado de apertura mental”, según los asiduos a este tipo de aventuras sexuales. Nunca debe practicarse para satisfacer al otro o por miedo a perderlo si no se accede a la petición del compañero de turno.

Pese a que se califican como muy “liberales” y “exhibicionistas”, los practicantes de dogging son pudorosos para las entrevistas y casi todos ellos se niegan a hablar. Eso sí, no tienen ningún problema en publicar en internet fotos e imágenes de sus encuentros, lo hace en las páginas donde se contactan (ellos les llaman “comunidad”).

Aventureros

Alberto, de 47 años, es uno de ellos, y conoció el mundo del cancaneo por una amiga de su amiga y para él representa toda una práctica de libertad.

“Hay que tener respeto a los demás y dejarse llevar por la imaginación. Algunos lo hacen por romper con la rutina, otros porque les excita que los vean”, explicó.

Precisamente romper la rutina es lo que animó a Yolanda, de 24 años, a sugerir a su pareja acudir a uno de los sitios públicos donde se práctica el dogging.

“Se trata de ponerle salsa al asuntillo. Hay momentos en que la relación necesita variantes. Además, a los dos nos va la marcha (el relajo) y en ese sentido no hay problema en que nos vean follando. Es más, si alguien se apunta, bienvenido; eso sí, que esté limpio y con la condición de no verlo nunca más, sea chica o chico”, señaló.

Pero también hay a muchos que acuden a estos lugares con el único objetivo de ver a otros tener sexo. Los mirones, que a veces son mayoría, acuden para saciar su morbo e incluso para tocar, todo se vale en el dogging.

“A lo más que me animo es a acercarme a los coches y tocar a las chicas. Tener sexo en público me da vergüenza y no me puedo arriesgar a sufrir un gatillazo (pérdida de erección). Así que me basta con ver y tocar, si me pongo muy cachondo me masturbo y santas pascuas”, compartió Alfonso, de 52 años, quien los fines de semana dice a su mujer que se va a jugar dominó con los amigos, pero que en realidad acude a los estacionamientos a fisgonear doggers.

El lenguaje

Como en todo, existe un lenguaje común entre los que practican dogging. Se trata de normas muy básicas. Por ejemplo, si se ve un coche en una zona oscura, cuyas luces exteriores se encienden y se apagan, puede que sea un coche de doggers.

Si la luz interior del vehículo está encendida, la pareja quiere ser observada mientras mantiene relaciones sexuales. Si además la ventanilla está medio abierta o abierta del todo, se puede mirar y tocar, y si la puerta está abierta se puede entrar libremente a formar parte de la fiesta. Este ritual se puede observar muchas noches de verano en algunas playas de España.

El dogging cuenta con fotos en portales de internet, usado por los doggers para citarse (les llaman “quedadas”) y contarse experiencias. Una de las páginas más serias se llama DogginSpain.com. La web ha alcanzado casi 500 mil afiliados; no obstante, usuarios activos hay en torno a 60 mil. “Nosotros consideramos ‘activo’ un usuario que al menos participa una vez a la semana”, explicó Susana a MILENIO.

Admitió que una de las cosas más “excitantes” son las “quedadas” entre los usuarios, que pueden ser desde un garaje de un edificio cualquiera, a unas zonas específicas del campo, o incluso en casas particulares.

“Es lo más habitual y lo más seguro desde el punto de vista de tener encuentros. Aunque puedan existir zonas conocidas por sus ‘quedadas’ habituales, lo más seguro es apuntarse a una que te garantiza que coincidirás con más personas. En esas ‘quedadas’, además, se suelen poner ciertas limitaciones en cuanto al número de asistentes (para no desbordar el lugar donde se vaya a celebrar) o el número máximo de chicos en relación a chicas, para que este el número adecuado (no suele ser muy operativo que acudan cuatro chicas y 30 chicos). La comunidad dogger es gente seria, eso sí, con gusto especiales”, aseguró.

El manual del “Dogger”

Los propios doggers ofrecen consejos de seguridad en sus webs para mantener la integridad física y el anonimato después de estas reuniones:

No acudir a las sesiones con objetos de valor o guardarlos bien antes de comenzar.

Evitar llevar agendas, celulares o tarjetas donde te puedan localizar después.

De regreso a casa, mejor dar una vuelta por si alguien los sigue. Lo ideal es que nadie sepa tu domicilio.

No realizar intercambios de parejas con personas que no sean de confianza.