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Sábado , 23.03.2019 / 05:23 Hoy

La hora del linchamiento
Cuando Bielsa rechazó la insistente oferta de la selección nacional, el mercado internacional de entrenadores confirmó dos cosas: en el futbol mexicano se sigue pagando mucho dinero, pero trabajar allí es muy complicado. Estas condiciones lo hacen ver como un futbol de paso. Hace años que no llegan maestros a México. Las grandes bolsas de dinero, necesarias para convencer a técnicos con cartel, dejaron de ser un factor decisivo en la elección.El puesto de director técnico en México se volvió un cargo secundario. ¿Por qué un entrenador con prestigio como Bielsa habría de elegir un lugar para trabajar donde lo primero que se negocia es el precio de entrada y lo segundo el precio de salida? Hace mucho tiempo que el futbol mundial dejó de hablar del futbol mexicano. A pesar de sus conocidos éxitos infantiles y sus famosos recursos materiales, las razones para volver a considerarlo un futbol emergente son otras.Más apegado al juego como negocio que al juego como deporte, atrajo todo tipo de aviadores que no han dejado nada nuevo ni nada bueno en los clubes de primera división. El futbol mexicano de las últimas décadas se dedicó a contratar gente de paso, cuando lo que necesitaba era gente de arraigo. Dispuestas a enseñar, trabajar la cantera y promover el desarrollo. En el futbol, como en cualquier deporte, ganar a como dé lugar vuelve a ese lugar un escenario ideal para oportunistas: los que pagan cualquier precio y los que cobran por cualquier cosa. Por eso Juan Carlos Osorio, a pesar de la derrota frente a Chile, sigue siendo una buena elección.Cuatro cuestiones dominaron el debate en su llegada: qué había ganado, cómo fracasó en Puebla, para qué servía un colombiano y cuánto cobraría. El análisis sobre Osorio, frívolo, fue característico de un medio proteccionista, populista y localista. El medio, lleno de entrenadores de pizarrón, ex jugadores de televisión y comentaristas al sonoro rugir del cañón, sin generalizar, estaba convencido de que entregar el virginal cuerpo de la selección a un extranjero cualquiera era invasión a la intimidad. Una inmoralidad. Si alguien tenía que abusar de la beata selección, jamás profanada ni explotada, que fuera un mexicano, y así las cosas quedarían en familia.Porque dos conceptos intocables siguen superando a nuestro escrupuloso medio: el futbol mexicano es un matriarcado y la selección es la Patria. Todo gira alrededor de ella. Osorio, que llegó para meterle mano al "equipo de todos", fue una elección razonable. No tenía los pergaminos de un entrenador consagrado, pero dirigir a México tampoco le ofrecía títulos nobiliarios. La relación sería un contrato: ambos tendrían la oportunidad de ganar algo. Seguidor del futbol europeo, investigador de campo, analista en sistemas y coleccionista de movimientos, conocía de memoria alineaciones, funciones y posiciones que modificaron el juego los últimos años. Era un técnico actualizado, principal ventaja sobre un medio que necesita reprogramarse. En el caso Osorio, aquí termina el malinchismo.La única duda, también razonable, era saber si los fundamentos de su método contrastado en clubes, basado en mecanizaciones, rotaciones y repetición en juego, lo que él llama memoria operativa, podía funcionar dirigiendo un grupo de jugadores que se reúne ocasionalmente. El miedo de Osorio no era dirigir a México, era dirigir una selección. Ayer, quedó demostrado que para continuar en la búsqueda de un estilo Osorio deberá modificar buena parte de sus conceptos como entrenador de club, si pretende dirigir una selección.Al margen de Osorio, México es una selección llena de victorias perecederas. Vive de los impulsos: un triunfo, una clasificación, un quinto partido. Nunca se detiene a pensar para qué sirve ganar. Y en el fútbol, como en cualquier deporte, ganar sirve para confirmar que un modelo funciona. Pero las estructuras deportivas de la selección nacional tienen su raíz en el negocio de la televisión: ganar es un drama y perder es una comedia. Ambos géneros venden, son parte de la programación, incluso en los nuevos medios, espontáneos y libres, que aprovechan los mismos impulsos para generar tráfico.Supongamos por un momento que la selección nacional no dependiera de los objetivos comerciales de la televisión; que el partido de ayer, sin importar el resultado, tuviera un claro objetivo deportivo, cuantificable y medible en el tiempo. Vendería menos, generaría menos tráfico. No hay paciencia: para qué esperar tanto. Medios y aficionados nos hemos instalado junto al futbol en la cultura del corto plazo: ganar o perder, festejar o sufrir. Lo que hay entre una y otra cosa es irrelevante. Por eso en México tiene tanto éxito la liguilla y tan poca audiencia el torneo regular. No hay hábitos, todo es desechable.Siete goles fueron demasiados; dos, quizá tres, eran suficientes. Porque con rotaciones o sin ellas, Chile es mejor equipo que México y lleva siéndole varios años. Desde que fue dirigida por Bielsa, la selección chilena se ha preocupado por mantener un camino recto en el mundo del futbol. En 2007 Bielsa trazó un plan maestro que a punto estuvo de echar a perder Claudio Borghi (un año), pero que en 2012 recuperó Sampaoli y que desde 2016 mantiene Juan Antonio Pizzi. Son nueve años jugando el mismo futbol. La selección chilena, campeona de América, es uno de los estilos más reconocibles del mundo: presión, recuperación, estampida y despliegue. Pocos equipos dominan con tanto aplomo un sistema que exige tanta intensidad a jugadores tan talentosos. Cuando un cuadro como el chileno juega un partido perfecto, es difícil superarlo y muy fácil llevarse un saco de goles.Pero en México estamos acostumbrados a mirarnos el ombligo. Existe una teoría, nunca comprobada pero bien afianzada en el medio, que coloca al futbol mexicano a la altura de cualquiera. Esta teoría casi siempre es escrita con un partido de margen. Y efectivamente: a un partido, México puede vencer a cualquiera. El problema viene cuando hay que mantener un nivel constante a lo largo de los años. En ese espacio donde se sacrifican torneos, se regulan campeonatos y se establecen leyes generales en función de una idea, México no ha estado dispuesto a competir. No le interesa invertir en tiempo, pretende ser campeón de lo que sea, antes que construir una base sobre la que pueda fundarse una cultura de juego.Hoy, con una derrota de siete goles en las espaldas, pretende juzgarse, otra vez, el corto plazo. Antes del partido, México no era mejor equipo que el chileno. Tampoco lo será mañana, ni dentro de algunos meses. Para alcanzar un nivel competitivo hacen falta años de trabajo sobre el mismo estilo, y luego muchos años más. Siete goles son lo de menos, un par bastaba para demostrarlo. Aquí empieza el linchamiento de Osorio.
DEBATEN
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Cuando Bielsa rechazó la insistente oferta de la selección nacional, el mercado internacional de entrenadores confirmó dos cosas: en el futbol mexicano se sigue pagando mucho dinero, pero trabajar allí es muy complicado. Estas condiciones lo hacen ver como un futbol de paso. Hace años que no llegan maestros a México. Las grandes bolsas de dinero, necesarias para convencer a técnicos con cartel, dejaron de ser un factor decisivo en la elección.

El puesto de director técnico en México se volvió un cargo secundario. ¿Por qué un entrenador con prestigio como Bielsa habría de elegir un lugar para trabajar donde lo primero que se negocia es el precio de entrada y lo segundo el precio de salida? Hace mucho tiempo que el futbol mundial dejó de hablar del futbol mexicano. A pesar de sus conocidos éxitos infantiles y sus famosos recursos materiales, las razones para volver a considerarlo un futbol emergente son otras.

Más apegado al juego como negocio que al juego como deporte, atrajo todo tipo de aviadores que no han dejado nada nuevo ni nada bueno en los clubes de primera división. El futbol mexicano de las últimas décadas se dedicó a contratar gente de paso, cuando lo que necesitaba era gente de arraigo. Dispuestas a enseñar, trabajar la cantera y promover el desarrollo. En el futbol, como en cualquier deporte, ganar a como dé lugar vuelve a ese lugar un escenario ideal para oportunistas: los que pagan cualquier precio y los que cobran por cualquier cosa. Por eso Juan Carlos Osorio, a pesar de la derrota frente a Chile, sigue siendo una buena elección.

Cuatro cuestiones dominaron el debate en su llegada: qué había ganado, cómo fracasó en Puebla, para qué servía un colombiano y cuánto cobraría. El análisis sobre Osorio, frívolo, fue característico de un medio proteccionista, populista y localista. El medio, lleno de entrenadores de pizarrón, ex jugadores de televisión y comentaristas al sonoro rugir del cañón, sin generalizar, estaba convencido de que entregar el virginal cuerpo de la selección a un extranjero cualquiera era invasión a la intimidad. Una inmoralidad. Si alguien tenía que abusar de la beata selección, jamás profanada ni explotada, que fuera un mexicano, y así las cosas quedarían en familia.

Porque dos conceptos intocables siguen superando a nuestro escrupuloso medio: el futbol mexicano es un matriarcado y la selección es la Patria. Todo gira alrededor de ella. Osorio, que llegó para meterle mano al "equipo de todos", fue una elección razonable. No tenía los pergaminos de un entrenador consagrado, pero dirigir a México tampoco le ofrecía títulos nobiliarios. La relación sería un contrato: ambos tendrían la oportunidad de ganar algo. Seguidor del futbol europeo, investigador de campo, analista en sistemas y coleccionista de movimientos, conocía de memoria alineaciones, funciones y posiciones que modificaron el juego los últimos años. Era un técnico actualizado, principal ventaja sobre un medio que necesita reprogramarse. En el caso Osorio, aquí termina el malinchismo.

La única duda, también razonable, era saber si los fundamentos de su método contrastado en clubes, basado en mecanizaciones, rotaciones y repetición en juego, lo que él llama memoria operativa, podía funcionar dirigiendo un grupo de jugadores que se reúne ocasionalmente. El miedo de Osorio no era dirigir a México, era dirigir una selección. Ayer, quedó demostrado que para continuar en la búsqueda de un estilo Osorio deberá modificar buena parte de sus conceptos como entrenador de club, si pretende dirigir una selección.

Al margen de Osorio, México es una selección llena de victorias perecederas. Vive de los impulsos: un triunfo, una clasificación, un quinto partido. Nunca se detiene a pensar para qué sirve ganar. Y en el fútbol, como en cualquier deporte, ganar sirve para confirmar que un modelo funciona. Pero las estructuras deportivas de la selección nacional tienen su raíz en el negocio de la televisión: ganar es un drama y perder es una comedia. Ambos géneros venden, son parte de la programación, incluso en los nuevos medios, espontáneos y libres, que aprovechan los mismos impulsos para generar tráfico.

Supongamos por un momento que la selección nacional no dependiera de los objetivos comerciales de la televisión; que el partido de ayer, sin importar el resultado, tuviera un claro objetivo deportivo, cuantificable y medible en el tiempo. Vendería menos, generaría menos tráfico. No hay paciencia: para qué esperar tanto. Medios y aficionados nos hemos instalado junto al futbol en la cultura del corto plazo: ganar o perder, festejar o sufrir. Lo que hay entre una y otra cosa es irrelevante. Por eso en México tiene tanto éxito la liguilla y tan poca audiencia el torneo regular. No hay hábitos, todo es desechable.

Siete goles fueron demasiados; dos, quizá tres, eran suficientes. Porque con rotaciones o sin ellas, Chile es mejor equipo que México y lleva siéndole varios años. Desde que fue dirigida por Bielsa, la selección chilena se ha preocupado por mantener un camino recto en el mundo del futbol. En 2007 Bielsa trazó un plan maestro que a punto estuvo de echar a perder Claudio Borghi (un año), pero que en 2012 recuperó Sampaoli y que desde 2016 mantiene Juan Antonio Pizzi. Son nueve años jugando el mismo futbol. La selección chilena, campeona de América, es uno de los estilos más reconocibles del mundo: presión, recuperación, estampida y despliegue. Pocos equipos dominan con tanto aplomo un sistema que exige tanta intensidad a jugadores tan talentosos. Cuando un cuadro como el chileno juega un partido perfecto, es difícil superarlo y muy fácil llevarse un saco de goles.

Pero en México estamos acostumbrados a mirarnos el ombligo. Existe una teoría, nunca comprobada pero bien afianzada en el medio, que coloca al futbol mexicano a la altura de cualquiera. Esta teoría casi siempre es escrita con un partido de margen. Y efectivamente: a un partido, México puede vencer a cualquiera. El problema viene cuando hay que mantener un nivel constante a lo largo de los años. En ese espacio donde se sacrifican torneos, se regulan campeonatos y se establecen leyes generales en función de una idea, México no ha estado dispuesto a competir. No le interesa invertir en tiempo, pretende ser campeón de lo que sea, antes que construir una base sobre la que pueda fundarse una cultura de juego.

Hoy, con una derrota de siete goles en las espaldas, pretende juzgarse, otra vez, el corto plazo. Antes del partido, México no era mejor equipo que el chileno. Tampoco lo será mañana, ni dentro de algunos meses. Para alcanzar un nivel competitivo hacen falta años de trabajo sobre el mismo estilo, y luego muchos años más. Siete goles son lo de menos, un par bastaba para demostrarlo. Aquí empieza el linchamiento de Osorio.

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