Tribuna

  • Editorial Milenio

Don Susanito Peñafiel y Somellera no es el Porfiriato –aunque en el imaginario colectivo aquellos 31 años de gobierno estén más cercanos al México de mis recuerdos que al México bárbaro. El Porfiriato tampoco es los combates florales en San Ángel o la Alameda; ni las tandas del Principal, ni las temporadas de ópera y de zarzuelas, ni el cinematógrafo, ni los primeros automóviles, ni el asfalto en las calles, ni el alumbrado y los tranvías eléctricos, ni los bailes en Palacio, o la moda que presumían las damas en el Hipódromo de la Condesa. Esas sólo son las piezas que forman la cara amable y nostálgica de la dictadura.

En poco más de 100 años, la imagen de Porfirio Díaz y su época transitó por el infierno cívico, luego por el purgatorio de la indiferencia y hoy se encuentra en el paraíso de la reivindicación. En un siglo, la persecución de los indios yaquis y mayas, la esclavitud en Valle Nacional o la brutal explotación en Yucatán y Morelos se desvanecieron para hacer del Porfiriato una época sofisticada, romántica y glamorosa. Poco importa si Tlatlaya es la versión posmoderna del famoso telegrama que nadie nunca vio, pero cuya orden sí fue ejecutada sobre un grupo de conspiradores antiporfiristas en 1879: “Mátalos en caliente”.

A 100 años de la muerte de don Porfirio, definirlo como un dictador se vuelve casi una afrenta; en todo caso, bajo la lógica eufemística que nutre el discurso actual, el Porfiriato fue un régimen autoritario y paternalista que gobernó a los mexicanos con “un mínimo de terror y un máximo de benevolencia” –como en su momento escribió el historiador Francisco Bulnes.

Y sin embargo, durante los 31 años que duró el régimen porfirista, más los cuatro de su compadre González (1876-1911), nadie tuvo problema en utilizar el término “dictadura” para referirse al régimen porfirista. Hablar de un “dictador” no era mal visto, porque los mexicanos no podían ser gobernados más que con mano firme. Aunque la Constitución señalaba que México era una república representativa y democrática, para nadie era un secreto que era un régimen dictatorial, aunque Justo Sierra lo definió más románticamente: “monarquía con ropajes republicanos”.

Los intelectuales arropados por el gobierno justificaron la necesidad de la dictadura y escribieron cientos de líneas para demostrar históricamente que México había llegado al máximo grado de su desarrollo histórico gracias a don Porfirio. “La dictadura benévola –escribió Emilio Rabasa– podía desenvolverse entonces en medio del asentimiento general, formado de respeto y de admiración, de temor y desconfianza... México vivió la dictadura más fácil, más benévola y más fecunda de que haya ejemplo en la historia del continente americano”. Otro de los intelectuales del régimen, Francisco Bulnes, expresó en 1888: “El buen dictador es un animal tan raro que la nación que posee uno debe prolongarle no sólo el poder sino hasta la vida” –Porfirio dejó el poder casi con 81 años de edad.

El propio don Porfirio no tuvo problema en reconocer la naturaleza de su gobierno frente al periodista James Creelman: “Yo recibí el mando de un ejército victorioso –dijo en 1908–, en una época en que el pueblo se hallaba dividido y sin preparación para el ejercicio de los principios de un gobierno democrático. Confiar en las masas toda la responsabilidad del gobierno hubiera traído consecuencias desastrosas que hubieran producido el descrédito de la causa del gobierno libre”. Un gobierno libre que, por cierto, nunca llegó.

El otro legado

Pero más allá de los ferrocarriles, de la modernización de los puertos, de la red telegráfica, del sistema de correos, del establecimiento de la banca, del Ángel de la Independencia, del Paseo de la Reforma, obras todas que definieron el progreso material del Porfiriato y muchas de las cuales fueron destruidas por la propia necedad del dictador de no retirarse a tiempo, hay un legado intangible que definió a toda una generación de mexicanos: la construcción de una cultura política que sobrevivió a la caída de don Porfirio.

Cuando Díaz asumió la presidencia y los resultados comenzaron a ser visibles –seguridad pública, crecimiento, paz social y estabilidad–, la sociedad renunció a sus derechos políticos o al menos no le interesó ejercerlos, y las libertades públicas fueron desapareciendo bajo la sombra de la represión. A la sociedad no le importó si la ley se aplicaba; no le importó si las instituciones fueron supeditadas a la figura del dictador, ni le importó si la paz había sido construida por la violencia sistemática ejercida por la autoridad. Le importaron los resultados.

“Empezamos por castigar el robo con pena de muerte –expresó Díaz en 1908–, y esto de una manera tan severa, que momentos después de aprehenderse al ladrón, era ejecutado. Fuimos severos y en ocasiones hasta la crueldad, pero esa severidad era necesaria en aquellos tiempos para la existencia y progreso de la nación. Si hubo crueldad, los resultados la han justificado. Para evitar el derramamiento de torrentes de sangre, fue necesario derramarla un poco. La paz era necesaria, aun una paz forzosa, para que la nación tuviese tiempo para pensar y para trabajar. La sangre derramada era mala sangre, la que se salvó, era buena. La paz era indispensable, aun cuando fuera una paz forzada, para que la nación tuviese tiempo de reflexionar”.

Cuando Porfirio partió al exilio, dejó tras de sí una sociedad que se había acostumbrado a la simulación política, al autoritarismo, al paternalismo, a la impunidad; que era desdeñosa de la ley y de las instituciones y para la que la democracia no tenía más valor que el retórico. Por eso, todos los caudillos de la Revolución, y los gobiernos que surgieron de ella, fueron profundamente antidemocráticos; siempre se sintieron incómodos con el sufragio efectivo; con el equilibrio de poderes, con la libertad de expresión, con las libertades públicas; estaban más cerca del sistema político porfirista que de la construcción de un nuevo sistema basado en la democracia.

Ese otro legado de Díaz, determinó para bien y para mal la forma de hacer política en el siglo XX y la forma en que la sociedad lo aceptó. Francisco Bulnes pudo percibirlo luego de la caída de don Porfirio y lo hizo con tanta claridad que en1920 –cuando el sistema político priísta aún estaba lejos de comenzar su historia– escribió: “Ningún gobernante de México ha gobernado democráticamente por la sencilla razón de que el pueblo mexicano no es demócrata”. Y el tiempo le dio la razón.

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