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Jueves , 25.04.2019 / 16:04 Hoy

Alerta
En alerta siempre, los ojos bien abiertos y los sentidos aguzados. Esa fue la lección que aprendí de un extraño, quien, convencido de tener pleno derecho, me acechó desde su auto y decidió darme una nalgada en plena calle. Un golpe propinado a 30 kilómetros por hora. Me recuerdo invadida por la impotencia y sí, el dolor que me había causado la arremetida; me ardía el trasero. Pero más me ardía la sangre. Me sentía avergonzada. Lloré sentada en una acera hasta que no me quedó más que seguir el camino y fingir que no había pasado nada. La marca de su mano tardó días en desaparecer. Lo que nunca logró esfumarse fue la sensación de sentirme presa en mi propia ciudad, en sus calles que también me pertenecen, o al menos eso pensaba hasta entonces.He sido sistemáticamente instruida por desconocidos. Saliendo del metro, un hombre se adjudicó mi autonomía y sin más me tocó, pasando por alto que ese acto violaba mi intimidad. Al reclamarle, su respuesta fue: "Cállate, pendeja, porque te pongo tus madrazos". Los testigos enmudecieron; volví a llorar. En otra ocasión, al bajar del camión un hombre parado en la acera cazaba descaradamente con sus ojos a quienes nos habíamos atrevido a usar falda y subir al transporte urbano; su mirada recorría nuestros cuerpos sin pudor. Recuerdo, también, haber caminado de noche por una calle donde había manifestantes; exigían, sin hacerlo ellos, que se respetaran sus derechos. Al atravesar por el centro de la manifestación los silbidos, insinuaciones y palabras vulgares surgían de todas partes. Me aturdían. Eran muchos, escondidos en la multitud y en la oscuridad. Caminé como pude hasta salir de ese torbellino, llegué a mi casa, tomé el teléfono, llamé a quien supuse podía escucharme y su respuesta fue: "Güera, ¿para qué caminas sola de noche y con vestido?" Me derrumbé en la cama. Desperté a la mañana siguiente aún con mi "inapropiada" ropa puesta.Ahora ya no me arrebatan las lágrimas esas palabras cargadas de misoginia en las calles, ni las miradas lascivas, tampoco los roces intencionales en el transporte público. Todos los días salgo decidida a ejercer mi libertad, con vestido corto o largo, falda o pantalón, con zapatos altos o sandalias; tomo decidida el transporte público aunque lleve maquillaje en mi rostro o me haya sorprendido la prisa al salir de casa con la cara lavada. Miro a los ojos a los agresores, los reto; algunos bajan la mirada o voltean a otro lado, los menos siguen agrediendo burlonamente.En la escuela o el trabajo tampoco se está del todo a salvo. Abundan las frases del tipo "¿Ves cómo viene vestida?", "¡Qué falda tan corta!", "¡Qué ajustado su vestido!", "Seguro se acostó con el jefe para tener ese puesto". Somos observadas todo el tiempo, juzgadas no tanto por nuestras capacidades sino por nuestra apariencia. Ellos, y ellas misóginas también, no tocan, no lo dicen en voz alta. Lastiman en la oscuridad y logran que su lengua llegue a destruir lo que a muchas ha costado erigir.Supe con certeza que no estaba sola cuando conocí a Yakiri, presa por defenderse de sus violadores; a Andrea, autoexiliada del país luego de ser revictimizada y declarada culpable entre un sector de la población por su forma de vestir, tras denunciar que un agresor le bajó la ropa interior en plena calle; y a Gabriela, quien acusó al sujeto que grabó con un celular bajo su falda. No soy la única que me aíslo en las calles con mis audífonos puestos para no escuchar lo que pasa alrededor; no solo yo me hundo en mi teléfono celular, volteo a otro lado o cambio de acera cuando detecto una zona de peligro. Es evidente para mí que hoy somos muchas, y que mañana pueden ser aquellas a las que más amo quienes sufran las agresiones. Me atemoriza que no puedan o sepan defenderse. Igual me aterra que una pequeña niña crezca pensando que es normal y aceptable o una joven estudiante absorba esa realidad y la asimile como natural.Las mujeres ganamos hace décadas el derecho a votar y ser votadas, a trabajar y estudiar con libertad, a elegir nuestra forma de vida. Hoy, tenemos que luchar por apropiarnos el derecho de transitar libremente por donde y como se nos pegue la gana. Sin embargo, todavía no pasa un día sin que mi mente repita: "¡Alerta!"
DEBATEN
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En alerta siempre, los ojos bien abiertos y los sentidos aguzados. Esa fue la lección que aprendí de un extraño, quien, convencido de tener pleno derecho, me acechó desde su auto y decidió darme una nalgada en plena calle. Un golpe propinado a 30 kilómetros por hora. Me recuerdo invadida por la impotencia y sí, el dolor que me había causado la arremetida; me ardía el trasero. Pero más me ardía la sangre. Me sentía avergonzada. Lloré sentada en una acera hasta que no me quedó más que seguir el camino y fingir que no había pasado nada. La marca de su mano tardó días en desaparecer. Lo que nunca logró esfumarse fue la sensación de sentirme presa en mi propia ciudad, en sus calles que también me pertenecen, o al menos eso pensaba hasta entonces.

He sido sistemáticamente instruida por desconocidos. Saliendo del metro, un hombre se adjudicó mi autonomía y sin más me tocó, pasando por alto que ese acto violaba mi intimidad. Al reclamarle, su respuesta fue: "Cállate, pendeja, porque te pongo tus madrazos". Los testigos enmudecieron; volví a llorar. En otra ocasión, al bajar del camión un hombre parado en la acera cazaba descaradamente con sus ojos a quienes nos habíamos atrevido a usar falda y subir al transporte urbano; su mirada recorría nuestros cuerpos sin pudor. Recuerdo, también, haber caminado de noche por una calle donde había manifestantes; exigían, sin hacerlo ellos, que se respetaran sus derechos. Al atravesar por el centro de la manifestación los silbidos, insinuaciones y palabras vulgares surgían de todas partes. Me aturdían. Eran muchos, escondidos en la multitud y en la oscuridad. Caminé como pude hasta salir de ese torbellino, llegué a mi casa, tomé el teléfono, llamé a quien supuse podía escucharme y su respuesta fue: "Güera, ¿para qué caminas sola de noche y con vestido?" Me derrumbé en la cama. Desperté a la mañana siguiente aún con mi "inapropiada" ropa puesta.

Ahora ya no me arrebatan las lágrimas esas palabras cargadas de misoginia en las calles, ni las miradas lascivas, tampoco los roces intencionales en el transporte público. Todos los días salgo decidida a ejercer mi libertad, con vestido corto o largo, falda o pantalón, con zapatos altos o sandalias; tomo decidida el transporte público aunque lleve maquillaje en mi rostro o me haya sorprendido la prisa al salir de casa con la cara lavada. Miro a los ojos a los agresores, los reto; algunos bajan la mirada o voltean a otro lado, los menos siguen agrediendo burlonamente.

En la escuela o el trabajo tampoco se está del todo a salvo. Abundan las frases del tipo "¿Ves cómo viene vestida?", "¡Qué falda tan corta!", "¡Qué ajustado su vestido!", "Seguro se acostó con el jefe para tener ese puesto". Somos observadas todo el tiempo, juzgadas no tanto por nuestras capacidades sino por nuestra apariencia. Ellos, y ellas misóginas también, no tocan, no lo dicen en voz alta. Lastiman en la oscuridad y logran que su lengua llegue a destruir lo que a muchas ha costado erigir.

Supe con certeza que no estaba sola cuando conocí a Yakiri, presa por defenderse de sus violadores; a Andrea, autoexiliada del país luego de ser revictimizada y declarada culpable entre un sector de la población por su forma de vestir, tras denunciar que un agresor le bajó la ropa interior en plena calle; y a Gabriela, quien acusó al sujeto que grabó con un celular bajo su falda. No soy la única que me aíslo en las calles con mis audífonos puestos para no escuchar lo que pasa alrededor; no solo yo me hundo en mi teléfono celular, volteo a otro lado o cambio de acera cuando detecto una zona de peligro. Es evidente para mí que hoy somos muchas, y que mañana pueden ser aquellas a las que más amo quienes sufran las agresiones. Me atemoriza que no puedan o sepan defenderse. Igual me aterra que una pequeña niña crezca pensando que es normal y aceptable o una joven estudiante absorba esa realidad y la asimile como natural.

Las mujeres ganamos hace décadas el derecho a votar y ser votadas, a trabajar y estudiar con libertad, a elegir nuestra forma de vida. Hoy, tenemos que luchar por apropiarnos el derecho de transitar libremente por donde y como se nos pegue la gana. Sin embargo, todavía no pasa un día sin que mi mente repita: "¡Alerta!"

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