Ciudad de México /
En tres líneas vacilantes, la joven me informaba de un misterioso descubrimiento, efectuado mientras rebuscaba en los rincones más polvorientos de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires. Se trataba de tres cajas de cartón, las cuales contenían doscientos casetes de audio. Movida por la perversa curiosidad de los archivistas, mi estudiante pidió al policía que guardaba la puerta de la biblioteca que le prestara su estéreo portátil. Buscó un rincón callado y echó a andar un casete elegido al azar. Lo que emergió del estéreo la dejó fría. Era una voz titubeante y cantarina, que aspiraba las sibilantes en lo hondo de la garganta, convirtiendo las eses en jotas criollas. Era la voz fantasmal de la ironía, que mi alumna conocía bien de innumerables videos en blanco y negro, consultados en horas insomnes en lo profundo de internet.
JOS