Ciudad de México /
Miles Davis es, a los 26 años, un recuerdo del pasado; uno malo, que remite a sensuales sonidos destrozados por la angustia. Su joven cuerpo ya no pide música; ha sustituido la trompeta por una jeringa. Carrillos fláccidos, pulmones lentos e hinchadas venas ansiosas, listas para ser penetradas por la aguja. Persigue la heroína entre la nieve —esta desesperante nieve neoyorquina de 1952 que flota en el aire siguiendo trazos horizontales y parece nunca terminar por caer— con los ojos desorbitados a causa del ansia.