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Jueves , 21.03.2019 / 19:31 Hoy

Pronóstico del Clímax

Los "infiltrados"

Xavier Velasco

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Para Héctor de Mauleón y Elpidio Ramos.

Hay amigos que queman, cómo no. Gente siempre dispuesta a desafiar el sentido común del ridículo, sin el menor asomo de vergüenza. “¡No te conozco!”, les gruñimos de pronto, por lo bajo, al tiempo que volvemos la vista hacia otra parte para que nadie piense que estamos con ellos. El palurdo que maltrata al mesero, la acapulqueña con acento francés, el dolido social que rayona los coches al pasar. Gente a la que uno niega, cuando puede, por más que en cierta forma los aprecie o, ay, los necesite.

¿Quién era ese borracho pestilente que se encueró en la sala a media fiesta? Un “colado”, ¿no es cierto? Ni modo de decir que lo conozco, y además es mi jefe. O mi cliente. O mi cómplice en un negocio chueco. Alguien que, si quisiera, podría chamuscarme hasta derretirme. Mal haría yo, pues, en pedirle que se largue al carajo de mi casa por nada más que un ligero quemón. Total, como ya dije, “no lo conozco”. O en todo caso nunca lo invité. En lo que a mí respecta, es un infiltrado.

Si antes el mundo era de los audaces, ahora ha caído en manos de los infiltrados. Si la lucha de clases solía ser, de acuerdo a sus manuales percudidos, “el motor de la historia”, hoy son los infiltrados quienes ocupan toda la gasolina. Y si el incendio cunde, no hay otro responsable que aquellos infiltrados a los que nadie acaba de ubicar porque llevan capucha y actúan “por su cuenta”. Pues aun sus amigos respetables —se diría que ellos en especial— los encuentran estratégicamente impresentables y prefieren pasar con las palmas en alto por la escena de cada nuevo incendio. “¡Fueron los infiltrados!”, denuncian, más de uno con la capucha en la mano. “Autoridad moral”: he ahí una gran ventaja de tener otras manos para aventar la piedra.

Qué más quisiera uno que encapuchar a todos los amigos que lo desprestigian. O encapucharse antes de cometer una rufianería susceptible de hundirle en sociedad. Ahora bien, el problema no está en taparse la cara, sino en dar con el modo de justificarlo. Hace falta una causa redentora y una furia impermeable a la razón para hacerse infiltrado chocarrero y gozar del respeto de la autoridad. Vale decir, para cagarse encima de la autoridad sin pagar consecuencias, y al contrario: cobrando un buen salario. Un salario infiltrado, naturalmente. Si preguntan por él, nadie lo ha visto. Deben de ser infundios infiltrados.

Técnicamente, los infiltrados gozan del don divino de la ubicuidad. Aparecen aquí, se esfuman por allá, cualquier día, cosa rara, los arrestan. Y entonces sus amigos, que tanto los negaron, se compadecen y abogan por ellos. Tanto así que les ponen abogados. Pues lo cierto es que tienen ideas y propósitos no sólo semejantes, sino a menudo idénticos. Odian también las mismas entelequias y las encuentran en los mismos adversarios. Todo curiosamente al unísono.

Cuando los incendiarios van a dar a la cárcel y pierden las capuchas, sus amigos denuncian el criminal intento de criminalizarles. Cuando no, son agentes del estado burgués, y en tanto ello resultan indefendibles, como igual lo será quien opine otra cosa. Tal vez en otros tiempos les llamamos halcones, fuerzas de choque o paramilitares, pero ello sería tanto como criminalizar a sus amigos respetables, que según la fineza de su olfato y las facilidades del momento histórico los llaman compañeros o infiltrados. Porque no hay otra opción, si uno espera salvarse de que la cofradía criminalice sus opiniones. ¿Quién de ellos no hallaría, en estas simples líneas, palabras infiltradas por el enemigo y huellas de denarios sin lavar?

Extraños infiltrados son aquellos que mandan sobre sus amigos, a cambio de cuidarles la fama de impolutos. ¿Quiero decir con ello que descarto la posibilidad de que uno de cada tantos “infiltrados” sea efectivamente un infiltrado auténtico? Pues no, y ese es otro problema. Tantas copias piratas hacen aún más dudoso el original. Al discurso del odio le viene a la medida la omnipresencia de los infiltrados, que al ser malas personas no pueden militar entre sus filas. Bajo el ojo celoso del odio redentor, todos somos un infiltrado en potencia.

“Yo no fui, fue el de atrás…”, jugaba uno a exculparse, cuando niño. Hoy que somos adultos, y en un descuido socios del de atrás, la ciencia ha descubierto que “el de atrás” era en realidad un infiltrado. Es decir que en principio la culpa no es de nadie. Pero si los encapuchados amenazan, secuestran, incendian o asesinan, la culpa es del Estado que los infiltra para criminalizarlos. ¿Pues no dice el manual del bisabuelo que es “el ejecutivo de la clase dominante”? ¿Para qué desgastarse discutiendo lo que puede arreglarse con gasolina?

Ya entrados en neurosis e hipocresía, no debe descartarse que las presentes líneas fueran escritas por un infiltrado. Alguien que de seguro se ha propuesto responsabilizarme por opiniones que no son las mías. Dicho esto, lo que toca es decidir cuál de los dos aquí es el infiltrado. Puesto que del cobarde ya no hay duda, ¿cierto?

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