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Miércoles , 20.03.2019 / 18:31 Hoy

Pronóstico del Clímax

En la corte del “ex”

Xavier Velasco

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Varios ex presidentes soportan cualquier cosa menos que se los llame así: ex. Sus mismos allegados —esto es, los que les quedan— son oficiosos en este sentido. No importa cuántos años o periodos hayan pasado desde que lo fueron, que ellos les seguirán llamando "Presidente", con una reverencia agradecida que puede parecer conmovedora, cursi o patética, dependiendo del boato de los cortesanos y la gracia del ex para fingirse ajeno a sus genuflexiones.

Aquel ex presidente era de los que se hacen esperar. Según me confirmaron varios de los presentes en la inauguración de cierto evento, literario en teoría, donde se le esperaba ya por una hora y media con sintomática resignación, El Presidente suele hacer gran noticia de su arribo, dado que por costumbre éste ocurre con retraso imperial. Transcurridas dos expectantes horas, al auditorio lo invadió de súbito un bullicio festivo, colmado de sonrisas obsequiosas ante el feliz arribo del nunca ex.

Venía rodeado de esos incondicionales que parecen cuidarse hasta de respirar, no sea que no le alcance al Señor el oxígeno, mientras otros se iban adelantando a compartir con los invitados la buena nueva de que en cualquier momento El Presidente nos daría la mano. Una noticia que debía llenarnos de júbilo, a juzgar por la luz en los ojos de sus subordinados, no bien lo veían cerca y ya esperaban turno para estrechar su diestra. "¿Qué hago yo aquí?", me pregunté a mitad del besamanos, pero se había hecho tarde para dudas, así que procedí a meter la segunda pata de aquel infausto viaje:

—¿Qué tal, Leonel? —traté de ser afable, pero a juzgar por las jetas torcidas en mi derredor había usado el segundo apelativo menos afortunado para un ex mandatario, que consiste en llamarlo por su nombre de pila. Algo que de seguro nadie hacía cuando estaba en funciones.

Mi primer gran error, naturalmente, había sido aceptar aquella invitación. Según decía el programa, dos días después de esa inauguración celebraríamos la "puesta en circulación" de una novela mía. Acto, por lo demás, cuya naturaleza no terminaba yo de descifrar, menos después de leer los rumores en Twitter al respecto, donde se hablaba de un evento privado de promoción política, al cual yo me prestaba por ignorancia o complicidad. Una vez terminada la premiación, tomé el camino de regreso al hotel presa de la inquietante sensación de haber sido sumado a la corte del ex sin meter ni las manos, toda vez que ahí los libros no parecían tener otro papel que el de certificar la pasión cultural de los convidados, y antes que nadie de su Presidente.

"Ni se apure, señor", trató el chofer de tranquilizarme, llegada la hora cero del día señalado, ya en camino al evento de marras, "al fin que El Presidente va a tardarse". Arribé casi a tiempo, pero nadie sabía de mi presentación. Tampoco había siquiera un pizarrón donde se la anunciara. Media hora después, se acercó un funcionario a pedirme paciencia. Ya llegaría la gente. Y El Presidente, claro.

Transcurridos noventa minutos de la hora programada, el ínfimo auditorio estaba casi lleno... de ex funcionarios del ex presidente. Tipos acostumbrados a la espera, que por lo pronto habían monopolizado las sillas de adelante, con excepción de una: la del centro. Jacobinamente harto del abuso, troné por fin contra los organizadores. ¿No era acaso excesivo y vergonzoso que estuviéramos todos a merced de un patriarca, a quien por cierto yo no debía más que la sospecha de ser vilmente usado para una pantomima bananera? Ya me había enterado, para entonces, de que el acceso estaba restringido a funcionarios y amistades de cierta fundación presidida por el ex presidente. Los tuiteros, en tanto, trataban con el asunto con un hashtag común: #LeonelMiente.

Ya tenían los hombres de adelante las caras descompuestas por mis blasfemias cuando se hizo la luz en el lugar: había llegado al fin El Presidente. Nunca antes ni después he presentado un libro bajo incomodidad tan cosquilleante. De pie ante una treintena de funcionarios dóciles y solemnes, tenía al otrora hombre fuerte de la República Dominicana sentado teatralmente frente a mí, a no más de dos metros de distancia. Muy pronto me di cuenta que buena parte de la reacción del público tenía que ver con la del mandamás. Hablaba yo para él, no para el resto, y era como volver a los años de infancia, donde pasar al frente era esmerarse por quedar bien con el profesor.

Me pregunté, al final, si aquello en realidad estaba ocurriendo. Ser personaje en esa mascarada me provocaba un extraño bochorno, como cuando de niño se sueña uno desnudo a media escuela. El trabajo más arduo de quien hace el ridículo consiste en reprimir la tentación de salir disparado hacia otra parte, pero he aquí que en la corte del ex presidente parecía abolida la noción de ignominia. ¿Quién, por cierto, entre tantos aquiescentes iba a atreverse a hablar con la verdad, allí donde la vida no era sino la diaria puesta en circulación de la misma mentira?

Han pasado tres años desde entonces. Todavía me dura la vergüenza.

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