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Jueves , 18.04.2019 / 14:01 Hoy

Columna de Xavier Moyssén Lechuga

¿Qué le pasa a la pintura?

Xavier Moyssén Lechuga

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Hace una semana afirmé que, hoy por hoy, al arte no le sucede nada. Ahora, al revisar el estado que guarda el más representativo de los objetos que reciben este nombre –arte–, la pintura, el panorama pudiera ser muy distinto: práctica al borde de la muerte, sería, posiblemente, un diagnóstico adecuado para la producción actual de estos objetos.

Este año se recuerda el centenario de la muerte de dos importantes pilares en la construcción del Arte Moderno, Gustav Klimt (1862-1918) y su alumno Egon Schielle (1890-1918, por cierto, éste perdió la vida al ser contagiado por la gripe española, que en menos tiempo causó más decesos que los provocados por la Gran Guerra, o sea que en un año mató a más de 50 millones de personas en todo el mundo). Así que esta fecha es un buen motivo y momento para revisar qué ha pasado con la pintura desde entonces, o, dicho de otra forma ¿qué sucedió con la práctica de la pintura durante un siglo que parece no tener relación alguna con sus antecesores y menos aún con sus actuales descendientes?

Creo, tal y como lo ha dicho Arthur Danto y otros que comulgan con sus argumentos, que el arte, y por tanto la pintura, que se puede decir han muerto, no es la pintura en sí misma sino más bien la idea, una de las ideas que hemos tenido sobre qué y cómo debe ser su práctica y apariencia. En otras palabras, a partir del siglo XIX hemos asistido a una doble y radical transformación sobre qué y cómo debe ser una pintura, primero respecto a la práctica, por llamarla de alguna manera, académica, y después, al mediar el siglo XX, cuando se desecha o modifica la idea de la pintura moderna, la que alcanzó su cúspide con las Vanguardias, para dar paso a nuestra actual concepción de qué es, qué debe parecer una pintura.

Siendo este el panorama en que se encuentra la pintura contemporánea, me gustaría esbozar la siguiente hipótesis. Quiero ver y entender el período del Arte Moderno (entiendo aquí por Arte Moderno el concepto historiográfico americano, es decir, la producción pictórica que corre, a grandes rasgos, entre la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX), como una pausa, un paréntesis, un bache incluso, luego del cual, las dos orillas que así se formaban –la del arte académico por un lado, la del arte actual por el otro– se tocan, se influyen y hasta se llegan a confundir. De acuerdo con esta idea, la pintura del siglo XVII, por decir algo, está más cerca de la del XXI que de cualquier retrato de Klimt o Schielle.

Mi idea no es tan descabellada como pudiera parecer. Insisto en que, al pensar en la pintura, como en la escultura, en la poesía, no lo hagamos únicamente en el objeto que lo representa, sino en todo el proceso que se sigue desde su creación hasta que es exhibida en el muro de una iglesia, palacio, museo, galería o mansión, pasando inevitablemente por su validación como pintura (obviamente hablo del arte-pintura). Cuando digo que hay una especie de continuidad entre la pintura de la primera mitad del XIX y la contemporánea, pido no solo comparar la pintura-objeto-arte sino también las muchas otras variables que intervienen para que se dé el fenómeno del arte-pintura, o del arte-escultura, el arte-escritura, etcétera, por ejemplo, la de su función o funciones.

La pintura fue, muy posiblemente, la tercera o cuarta manifestación a través de la cual nuestros antepasados buscaron expresar su individualidad tanto personal como de grupo (social y racial) e incluso como especie. Responde a la satisfacción de una necesidad netamente humana, la escópica o pulsión de mirar. Desde que encontramos la manera de satisfacerla –a partir de representaciones– no ha dejado de funcionar lo mismo para decorar que para otorgar distinción y prestigio. Solo la pintura Moderna ha sido capaz de creer que puede cumplir con otras funciones, por ejemplo, ser vehículo para divulgar un mensaje político; lugar de aprendizaje social, herramienta para potenciar la creatividad; un medio para compartir temores y fantasías, para imaginar un mundo mejor, una advertencia sobre peligros reales o pesadillas, un instrumento para denunciar abusos, infamias, intolerancias, etcétera. Todo eso que echamos de menos en la pintura contemporánea, pero ¿quiénes lo extrañamos?, ¿quiénes quisiéramos que la pintura siguiera expresando todo eso y más, sobre todo tratándose de un momento y una sociedad tan revuelta como la nuestra? Los que crecimos en la Modernidad, los que aún pensamos y creemos en esos valores, ¿quiénes, por el contrario, gozan, aprecian, coleccionan e intercambian la pintura que se practica hoy en día? Los que siempre se han beneficiado de ella, solo que ahora ya no son chamanes o brujos, príncipes y cardenales, abades, reyes, condes y duques, magnates del acero o del petróleo, banqueros, políticos, grandes constructores, que al morir o en vida donaban sus colecciones a museos u otras instituciones. Hoy son los mismos, pero con otros nombres.

A despecho de lo dicho en un principio, la pintura-objeto-arte goza de cabal salud, lo que languidece ante nosotros es la idea de la pintura como medio de expresión social.

moyssenl@gmail.com

https://soloartesvisuales.blogspot.mx

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