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Domingo , 24.02.2019 / 00:03 Hoy

Columna de Xavier Moyssén Lechuga

¿Aún se puede evaluar?

Xavier Moyssén Lechuga

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Si comparamos el estatus que guardaba la fotografía, digamos hace un siglo, con el de hoy en día, resultaría por completo distinto, e incluso hasta podría parecer que hablamos de dos prácticas totalmente distintas (aquí haré referencia a la fotografía independientemente de su origen, analógico o digital, a menos que así se indique). Aunque algo similar ha sucedido con todas las prácticas artísticas, me parece que el caso de la fotografía es espectacular, aunque también más complejo y ambiguo.

La figura de quien practicaba la fotografía a lo largo del siglo XX evolucionó poco, del fotógrafo viajero, al de estudio, al reportero gráfico y su variante el corresponsal de guerra, al empleado por las casas de moda y de publicidad, en órganos políticos, el independiente o freelance, el aficionado. En cada uno de estos casos se encuentran representantes destacados que con su trabajo fueron creando las cotas de calidad (técnica, temática, formal, simbólica) a través de las cuales se fueron formando y definiendo los criterios de evaluación que posibilitan distinguir la calidad ínter e intra prácticas, al tiempo que hicieron posible, al lado de otras fuerzas, la aparición de un género, bien podría decirse inédito hasta después de la segunda mitad del siglo, la fotografía de arte.

La creación y aceptación de un canon, insisto, basado en la práctica misma de la fotografía, permitió, además, la sistematización de su enseñanza, dejando de ser oficio para ser profesión; un desarrollo tecnológico en constante superación (cámaras, lentes, películas, etcétera); y un incipiente mercado que desde entonces no ha dejado de crecer (influye en esto que el prejuicio que se tenía sobre los ejemplares múltiples que supuestamente demeritaban el valor de la obra ha ido cediendo, al grado de que hoy día ha dejado de ser común ver al calce de una fotografía su seriación).

Hace un siglo dedicarse a la fotografía, como a la pintura o la escritura, hacía dudar de la salud de tal decisión y su futuro económico (mucho peor en el caso de las mujeres), situación que daba lugar, por otro lado, a diferenciar a quienes de manera amateur cultivaban su práctica, de quienes pretendía vivir de ella. Tal exigencia –vivir de la fotografía– provocó que quienes la practicaban se concentrarán más en el trabajo pagado, pero al mismo tiempo hizo, por un lado, que se elevaran los niveles de calidad intergénero, y por otro, que por esa misma concentración fuera posible distinguir en esas prácticas trabajos más personales, más artísticos que técnicos.

Se ha hecho lugar común decir que vivimos una sobresaturación de imágenes y señalar a la tecnología digital aplicada a su producción como la responsable de esta situación, sin embargo, pocas veces hablamos de los cambios que en su práctica también ha habido. Más allá de apuntar cómo es que esta transformación puso en manos de todos la posibilidad de generar imágenes (lo que, a su vez, hace que la iconósfera se expanda ilimitadamente), no exploramos ninguna otra. Una de las más serias, creo, es la desaparición, de hecho, de los fundamentos o criterios de evaluación, de reconocimiento de la calidad, con que habíamos funcionado hasta fines del siglo pasado.

En este momento no hay nadie que sea capaz de ver todo lo que, a nivel imagen (sea cual sea su origen), se produce, ni siquiera dentro de un solo género por más especializado que este fuera. Tan pronto se distingue una imagen cuando se cae en cuenta que hay otras diez multiplicadas por cien o mil, ¿cómo entonces saber cuál es la de calidad? Me parece que en estas circunstancias es imposible seguir evaluando con el mismo canon, o renunciamos a cualquier pretensión de universalidad y aceptamos vivir en un mundo de singularidades temporales, casi inmediatas, o vamos acordando otro tipo de normatividad que nos vuelva a servir de baremo para distinguir las imágenes de calidad.


moyssenl@gmail.com


https://soloartesvisuales.blogspot.mx





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