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Jueves , 21.02.2019 / 19:19 Hoy

El nuevo orden

Optimismo masculino

Wenceslao Bruciaga

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Sunshine Rock, el nuevo disco de Bob Mould, es un alud de gozo, guitarras súbitas enganchadas a ruidosas armonías catapultadas al cielo, produciendo el mismo alegre efecto que los fuegos artificiales electrificando las nubes, las mismas sonrisas. No he parado de escucharlo desde que fue lanzado oficialmente el fin de semana pasado. Me gusta mucho Mould, su talento para imprimirle a la agresividad del hardcore solos de guitarra que sirven de fugas por donde escapa su inconfundible sello en las cuerdas y riffs, melódico y sensiblero, que deja sordo al pop sin despojarlo de su virtud pegadiza desde sus inicios allá en los más subterráneos ochenta, cuando fundó a los icónicos Hüsker Dü, banda de hardcore gaseoso cuyos accesibles puentes fueron retomados por Pixies y Nirvana, quienes citan a los Hüsker como influencia determinante, sobre todo en los cambios de velocidad. Después Mould levantaría otro proyecto igual de saturado, potente y emocional, Sugar.

También me gusta él físicamente.

Tiene todas las carnes en su lugar para materializar el estereotipo del oso, como se le conoce dentro de las tribus gays al hombre robusto de panza maciza con barba casi siempre rapado devoto de la masculinidad. Lo mejor es que Mould ha sido un canoso precoz, es de los poquísimos guitarristas hardcore abiertamente gay, cuya figura influyó en la escena del queer punk noventero. O eso quiero sospechar.

De un tiempo para acá, a muchos gays les ha dado por revelarse contra la fantasía del machismo que en las entrañas gays cobra forma de hipermasculinización, es decir, toda esa adoración por los músculos y los fetiches sobrados de testosterona sin desodorante, muy de la cultura leather s/m. Tal sublevación me parece una pasarela de chantajes para saldar cuentas con las inseguridades.

Pienso en la biografía de Mould publicada hace algunos años, See a Little Light, The Trail of Rage and Melody, donde se muestra como narrador pueblerino, hijo de padres obreros, codependientes y alcohólicos, que va descubriendo su homosexualidad entre riffs de guitarras que le dejaron un efecto de tinitus incurable, cervezas con otros colegas que serían los héroes fundadores del sonido subterráneo norteamericano como los Black Flag, Minutemen, Sonic Youth, los Replacements y conflictivos amoríos en la parte trasera de las furgonetas.

En algún pasaje, Mould confiesa: “Cierto que en los inicios de Hüsker Dü, yo me conducía por uno de los modelos más agresivos de la masculinidad, pero vamos, en mi familia no había muchos modelos de conducta para escoger. Más bien no había, ni mi madre era lo suficientemente femenina y no tenía contacto con la cultura gay y su diversidad. Así que cuando me confronté con las múltiples variantes de la vida gay, la verdad es que empecé a odiar mi homosexualidad, no el acto del sexo gay, sino la imagen que los medios solían promover de lo gay, extravagante, afeminado, camp. Eran actitudes que nada tenían que ver con cómo me percibía a mí mismo. Era un muchacho que venía de un entorno rural, lo cual me convertía en un tipo terriblemente ignorante en cuanto a la diversidad de la comunidad gay. Sin embargo, empecé a notar que los heterosexuales solo veían aquellos homosexuales que los medios de comunicación mostraban y que más que personas, parecían un puñado de estereotipos gays, sin mencionar toda la diversidad que había en medio. Muchos homosexuales éramos más que un cliché, hacíamos música, escribíamos reseñas y fanzines, pintábamos, hacíamos política… No obstante, me sorprendió que muchos gays parecían conformarse con los estereotipos de los medios de comunicación, como si fuera moneda de cambio para la tolerancia. Yo no sentía conexión con eso… De algún modo con Hüsker Dü intenté desafiar los estereotipos que estaban construyendo una especie de sistema gay…. La idea no era tanto destrozar el sistema sino crear tu propio sistema… veíamos que se acercaban tiempos espantosos”.

Pero la homosexulidad suele desarrollar una inservible dependencia con la exposición. Quizás por eso celebré más la conversación con los medios de comunicación que con personajes como Bob Mould, entregado a la masculinidad tóxica si se quiere, pero honesto y sin la volatilidad publicitaria, como cuando muchos aplaudieron la iniciativa de una marca de navajas para afeitar por supuestamente cuestionar la masculinidad, cuando su objetivo es vender, hacerse aún más millonario negociando con la deconstrucción de la hombría, que en sí mismo pareciera anhelar un sistema donde cualquier configuración personal es un sesgo discriminatorio.

Con permiso, pero prefiero seguir escuchando el nuevo disco de Bob Mould, lleno de letras que poseen algo de masculino optimismo, fuera de lugar para estos tiempos, pero me resulta un rincón más confiable que la paranoia por la deconstrucción, que pretende germinarte culpas tan solo por la configuración de tu deseo.

Mientras, Sunshine Rock pasa de largo en las huestes gays, más preocupadas por lo que sucede que en los medios que en la vida real, manoseando estereotipos, haciendo nuevos, como la deconstrucción. 


Twitter: @distorsiongay



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