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Sábado , 23.03.2019 / 21:31 Hoy

El nuevo orden

Lugar común

Wenceslao Bruciaga

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Recuerdo mi primera Marcha del Orgullo. Tenía planeado todo un ritual de consignas y ligues, tomar fotos. El viernes anterior me puse borracho y llegué al Ángel de la Independencia con los ojos rojos, la nariz de payaso, oliendo a rancio y 35 horas sin dormir. Para aguantar la euforia, una bola de desenfrenados y yo nos metimos al extinto Vips frente al Ángel a atascarnos de la cafeína más cargada y requemada. Los cruces de miradas entre hombres parecían tiroteos de gotcha. Las manos me temblaban como gelatina. Por suerte era un típico sábado de junio con las nubes tan apretadas y grises de lluvia, que sudar la cruda no me dejó convaleciente. Descubrí que las marchas casi siempre terminaban en contingentes empapados de aguacero ácido. El cielo está en nuestra contra. Y aun así hay activistas gays que se sacan fotos con representantes del clero. Si de algo sirviera ese arrastre, ya no habría más lluvias los últimos sábados de junio.

Eran los noventa, a la mitad.

Después fui vestido de policía, otras veces con plataformas y pestañas postizas, con una camiseta que diseñaba uno de mis mejores amigos que tenía la palabra Esfínter al frente. Con amigos bugas, noviecillos y amantes que al año siguiente se hacían pendejos cuando me veían. Disfrutaba de esa combinación de música, baile y provocación porno, la desgracia sonora del circuit aún no existía, los tráileres ponían grandes éxitos de la época disco y las palabras que más se gritaban eran respeto y diferencia. Me identificaba bastante con la idea de marchar y echar desmadre como una especie de festivo atentado a los lugares comunes de la heterosexualidad más acartonada. De sentirme disparejo, el átomo de mi orgullo.

Hasta que aras de confundir derechos con una mimetización y una aceptación abusiva, incluso a costa de negar la propia diferencia, la marcha se convirtió en templo de la igualdad. En un lugar común. Sigue siendo un desmadre. Eso me gusta. Pero el discurso político se ha reducido a una vocación familiar bastante anticuada y a la defensa de la jotería como un accesorio de sofisticación sexual contra el machismo, dejando fuera todas las posibilidades de la mentada diversidad. Sí, suelo ser repetitivo. Pero desgranas la contradicción entre derechos que en sí mismos contienen tantas posibilidades de bienestar como estelas conservadoras es mi lugar común.

“A los nuevos organizadores de la marcha solo parece interesarles el matrimonio igualitario y no otras mil cosas fundamentales como los crímenes de odio”, comenta Xabier Lizárraga, activista pionero del movimiento lésbico-gay de México.

Se llevará a cabo la 39 Marcha del Orgullo LGBTTTI. Algunos ya suelen agregar la Q, de queer, en su ansiedad fantoche por verse incluyentes en tiempos donde la pose siempre alerta a la captura de pantalla o a unos cuantos segundos de video pesa más que la especulación, el pensamiento o la controversia individual; que la confrontación de ideas, aunque esto último ha estado hirviendo en la víspera del día en que las banderas de arcoíris tapicen el Paseo de la Reforma, que para el próximo sábado tendrá pinta de carrera de obstáculos, por las obras interrumpidas de la Línea 7 del Metrobús. Será interesante ver cómo fluye la Marcha en un escenario como de reality de sobrevivencia postapocalíptica. Además de los boquetes, habrá que sortear los baches ideológicos.

“Me incomoda y desagrada que la marcha se convirtió en un escaparate del pinkwashing del Gobierno de la CdMx, una sobreexposición de marcas, donde privan aquellas que solo usan la bandera como parte de un mercado segmentado, muy pocas tienen programas laborales para sus empleados LGBTTTI y aún las menos tiene programas sociales que no sea un lavado de dinero con asociaciones filiales a la marcha”, dice Alonso Hernández, activista gay y organizador de las primeras marchas del orgullo de México.

Porque la del próximo sábado será una marcha que llevará sobre sus espaldas desacuerdos entre activistas de distintas generaciones, comprensibles, de momento irreconciliables, fantasmas de corrupción y nepotismo, hechos históricos, intereses, buenas intenciones, debates sobre la vocación, responsabilidad y ética de los dueños de antros gays y su impacto en la dinámica del orgullo ¿debe ser una fiesta o un mitin político? A veces réplicas lamentables de organizadores, como activistas atrapadas en el cuerpo de Paris Hilton, y la amenaza de una supuesta contramarcha convocada por supuestos neonazis mexicas que pretenden desafiar a la Marcha del Orgullo, en defensa de los valores, lo que sea que eso signifique. No es la primera vez que nos intentan intimidar.

Twitter: @wencesbgay

stereowences@hotmail.com

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