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Sábado , 20.04.2019 / 23:59 Hoy

El nuevo orden

Gays, activistas gays y los otros

Wenceslao Bruciaga

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En casa se habló tanto de activismo y sueños comunistas que acabé aturdido de esa teoría atascada en lo que siempre me pareció un fracaso de nostalgia adelantada, porque a mis cinco, seis o siete años, cuando la URSS aún era un bloque pujante, de intimidación férrea capaz de poner paranoico al sueño americano, a mis oídos la Unión Soviética llegaba con sabor añejo, como si fueran repúblicas extinguidas por alguna bruja malvada. Los anhelos de cambiar al sistema coexistían con nudos de insatisfacción e infidelidad y recuerdo que había que cenar con las contradicciones y el resentimiento servidas en la mesa, entre la leche, el chocolate en polvo y la bolsa de pan.

¿Cómo carajos pretendían mis padres cambiar el sistema si apenas podían componer la electricidad o la armonía de su propia familia? Mi ego es el de un cavernícola traumado como para adjudicarme el título de activista gay. Mis respetos para quienes tienen los huevos de llamarse a sí mismos activistas, sin importar sus dobles vidas o que se pinten las barbas de colores.

Pero por culpa de esas meriendas soviéticas en las que solo resoplaban suspiros y desencanto, es que me resulta problemático que el actual activismo gay visualice las cenas como derecho prioritario homosexual: “La familia, la familia, ¡Que terca e idiota institución se la ha propuesto a la especie humana para sobrevivir”, dice Guillermo Fadanelli en El Hombre Nacido en Danzig.

Los gays son tercos. No se cansan de ahogarse con sus repeticiones del matrimonio igualitario como única posibilidad de alcanzar un estado de bienestar con todo y sus rituales de servir la mesa, lavar los platos y secarse las manos con las toallas que escurren en el fregadero, como si esos clichés fueran la única posibilidad de tramitar un acceso a la seguridad social. Admito que me dejo llevar por manías prejuiciosas, pero eso dan a entender cuando salen a defenderse de ataques conservadores y espantados como los militantes del Consejo Mexicano de la Familia, quienes nos acusan de anormales, depravados, visionudos, inventores del sida y demás equívocos incoherentes. Negando su orgullo que tanto alzan frente a las familias bugas que se oponen a la unión legal de dos hombres con posibilidad de adoptar, suele estar revestido por las buenas conductas en las que se fundamentan los tan codiciados valores familiares, la monogamia, la rectitud, la represión. En realidad, su defensa es la reivindicación de una velada ansiedad de sometimiento a los convencionalismos de la heteronorma, absolutamente válida, pero entonces dejen el look de subversivos por favor, sobre todo frente a las familias heterosexuales aburridas.

El episodio en Yucatán fue acogido como una tragedia cuando sus cabildeos fueron erráticos e imprudentes. Al mismo tiempo, el tema del VIH en México obligaba al activismo a ejercer necesaria autocrítica, pero la atención mediática se la llevó el Congreso de Yucatán y su 15 votos en contra del matrimonio entre personas del mismo sexo como si fuera una señal de apocalipsis maya.

Una institución como el matrimonio, en general, podrá otorgar todo un abanico de legalidades para que el bienestar cuaje, pero no es transgresor. En cada consigna lanzada por hombres homosexuales a favor del matrimonio igualitario se encubre, involuntariamente, una condena moral a la pornografía, la promiscuidad y el libertinaje que aunque chocantes para la sexualidad normada por la reproductividad buga, visibilizan una realidad que alienta el significado de la otredad. Y aunque muchos no soporten la idea, los jotos seguimos siendo los otros. Mientras más claro tengamos eso, menos disparos nos desangrarán los pies.

Sé que no tengo ni un gramo de autoridad, pero no puedo pasar desapercibido que incluso el activismo alrededor del VIH parece entrar en un momento crítico. El veto del gobierno mexicano a las farmacéuticas puso sobre la mesa las fronteras entre auténtica filantropía e intereses económicos. Las imágenes del activismo del VIH desde la lógica de las ONG describen una narrativa de marcas de condones, fiestas y selfies en el extranjero, posturas ambiguas sobre el PrEP y datos imprecisos en canales de YouTube . Para mi sorpresa a prueba de prejuicios, de los pocos videos sobre el tema del inquietante futuro de los antiretrovirales en México y que pasó desapercibido para una buena fracción del activismo gay, lo produjo Escándala, con rigor informativo sobre los medicamentos y posibles escenarios de desabasto.

Lo cierto es que la fascinación por el matrimonio, la lucha por una verdad histórica, la teoría que es encaprichada con el feminismo y la deconstrucción, como si la sexualidad gay y el VIH fueran fantasmas trasnochados, reverberan caprichosamente en el espectro activista mexicano mermando las causas en un estado de insoportable levedad, mientras la visibilidad de las conductas homosexuales empieza a despertar la homofobia de no pocos hombres y mujeres cada vez menos temerosos de que los tachen de intolerantes. Esos otros están despertando, y no creo que lo estemos viendo. 


Twitter: @distorsiongay

stereowences@hotmail.com


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