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Viernes , 22.03.2019 / 13:26 Hoy

El nuevo orden

El deporte más trágico

Wenceslao Bruciaga

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Leo con atención y morbo: el rumor de la violencia doméstica entre el actor Alejandro Tomassi y su novio poco más de 20 años menor. Se habían casado, divorciado y vuelto a casar, todo en cinco años, y siempre con el fantasma de los golpes deleitando a los reporteros de espectáculos. La noticia dice que el novio le descubrió unas infidelidades a Tomassi y él respondió tumbándole los dientes, aunque una nueva versión asegura que el novio se propinó él mismo los chingadazos para luego declarar frente a un ministerio público.

Es interesante ver cómo los gays hacemos malabares con nuestros rasgos y debilidades a fin de ofrecer una imagen saludable. Aptos para el matrimonio y la adopción y detractores de los deportes.

La repulsión de un hombre gay a los deportes, sobre todo al soccer, es uno de los lugares comunes del orgullo más machacados. Suelen argumentar que son muy sofisticados como para enajenarse viendo a una panda de bestias persiguiendo un balón. No se han visto persiguiendo al galán de telenovelas en los antros o al más dotado en las orgías. No solo son bestias. Parecen estrellas del Animal Planet ansiosas de apareamiento. Aseguran que prefieren una copa de vino, un buen libro, casi siempre soluciones obvias de un tratado de superación personal, o ver un capítulo de ese bodrio de Sense8, malograda serie de ciencia ficción para jotos, un Plaza Sésamo orgiástico de la diversidad sexual que a huevo quiere quedar bien con cuanta minoría se le atraviese a las Wachowski.

Me gusta el soccer por la testosterona bárbara que infecta el ambiente. Pero no me apasiona tanto como el beis o el box, deportes que requieren de un riguroso autoexilio para jugar. Y ganar. En el beis se encuentran dos grupos de nueve jugadores cada uno, por lo que las estrategias configuradas en equipo resultan forzosas, pero los movimientos son ermitaños, solitarios; la soledad indestructible de la posición del bateador, entre el cátcher y el pitcher conspirando en su contra, me parece la metáfora más acertada de la vida, de las decisiones que tomamos siempre hundidos en soledad. Se podrán tener algunas sospechas externas, como que el lanzador es zurdo, pero al final es la respuesta instantánea, la combinación de sabiduría y estómago en cuestión de segundos, lo que hará que anotes un hit o un jonrón o abaniques y te marquen strike y te ponchen; las metidas de pata no son más que un mal movimiento de bat, cuando leo artículos como el de la epidemia de la soledad de gays (http://projects.huffingtonpost.es/articles/la-epidemia-de-la-soledad-gay/) pienso que el autor nunca en su vida ha visto un partido de beis o un encuentro de box, en donde tú y solo tú puedes salvarte el pellejo sobre el cuadrilátero. Si te descuidas, el contrincante te romperá la madre y ni tu madre ni la comadre o el amor de tu vida podrán salvarte.

Cuando ves las torpezas de tu vida como un partido o un round, lo trágico se diluye. Pero a los jotos nos encanta la tragedia y renunciar a ella implicaría mutilar algo de nuestro orgullo. Por eso hacemos del sentido trágico una repetición y luego nos enorgullecemos de lo jodidamente sensibles que llegamos a ser: “la repetición es la seguridad de los idiotas” decía el regordete entrenador de George Foreman, Dick Sadler. Yo mismo, a punto de cumplir los 40, sigo siendo presa de mis tragedias. La madrugada del sábado pasado, sin ir más lejos, volví a abanicar con alguien a quien de verdad aprecio, anotándome strikes a lo pendejo nomás porque me gana esa tragedia idiota. Ya debería saber cómo venía el balón. Pero, al fin puto, no pude controlar la pasión y el mezcal.

Eso sí, siempre suelto mis jabs desde un exilio, siempre de frente, sin más escándalos que mis propios demonios. ¿Quién se golpea a sí mismo? Solo el protagonista sin nombre de El club de la pelea, la novela de Palahniuk. Y los gays.

Mi adicción a los deportes es lo que me impide que mis dramas terminen en un tiradero de sentimientos.

Me enganchan el tipo de chismes como el de Tomassi, su amarillismo despiadado nos confronta con esos rasgos que intentamos ocultar a toda costa con tal de no darle la razón a los conservadores, a los que nos ven como unos inestables sentimentales.

Twitter: @wencesbgay

stereowences@hotmail.com

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