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Sábado , 16.02.2019 / 02:19 Hoy

El nuevo orden

El colchón de Carlos Leal

Wenceslao Bruciaga

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El inconveniente de Carlos Leal no es su indiscutible homofobia. Lo que fastidia del diputado es su cachetona homofobia sin gracia. Pienso en el gran Polo Polo, rebasando los límites de la ridiculización sin miedo a encarnar al compadre reprimido o al Juan Gabriel más exuberante con tal de torturante la vejiga de tantas pinches risas. Luego imagino a Leal como el clásico padrino de primera comunión contando chistes que solo los contadores públicos fanáticos de Mijares entienden y si esto última llega a ofender a alguien, les suplico linchen a mi padrino de no-sé-qué-madres (recuerdo que muy niño, cuando le saludaba por su nombre, Ricardo, el séquito de sus hermanas se me venía encima como jauría de faldas para defenderlo y acusarme de irrespetuoso corrigiendo la reverencia, tenía que decirle padrino), él y solo él tiene la culpa de manchar la imagen de los salvadores fiscales con su espeluznante falsificación de la coreografía de Baño de mujeres cuando los Don Pedro se le subían a la cabeza; un conservador simplón que a los 30 y tantos años seguía escondiendo la Playboy con Yuri en la portada bajo el colchón, no sé cómo es que descubrí aquello, seguro alguna Navidad sin escapatoria, lo que sí recuerdo perfectamente es sentir algo como una irrespirable tristeza por mi padrino; fue de esas ocasiones en que mi putería me supo a salvación, lo que para muchos era una desviación pervertida, en mí significaba un catalizador imaginativo, para nunca humillarme a las ataduras del margen conservador. Admito que puedo ser conservador en muchas cosas, en mis sábanas no hay visa para mujeres, entrenar kickboxing sin partirte la nariz me parece una estafa y creo que la cerveza sin alcohol es un delito, pero al menos no escondo nada bajo el colchón, excepto los envoltorios de poppers y mazapanes.

El conservadurismo tradicional y casi siempre hetero suele esconder fetiches y debilidades bajo el colchón, después de todo sus herramientas son las apariencias y la represión más los armarios que se construyen con eso para colgar los esqueletos del deseo.

Siendo honestos, el último tweet de Carlos Leal es un arranque de homofobia con más melodrama que odio. Porque si entramos en detalles, no sólo Leal es el problema, sino todos los gays que se sienten injuriados por aquello de que “las televisoras más bien buscan normalizar” la homosexualidad desde la juventud con una agenda Pro LGBT, pues en el silogismo de la sodomía están sugiriendo que nuestra salvación al odio es normalizándonos, cuando ha sido la dictadura de la moral buga quien ha secuestrado la definición de lo normal y por lo visto muchos quieren atarse ese grillete hipócrita con tal de no sentirse excluidos y odiados y perdón, pero desde que las tías ponían a mi padrino como el gran ejemplo del hombre normal, contador responsable, entendí que no hay nada más conservador que la normalidad que esclaviza y te orilla a esconder las Playboy bajo el colchón.

Creo por eso me gusta demasiado Black Flag, porque en su rabia hardcore de batería a ritmo de metralleta se expulsa la ira que provoca vivir en un sistema que te hace sentir anormal mediante el rechazo funcional, recuerdo en especial las palabras de Henry Rollins en The Story of Black Flag de Stevie Chick: “Black Flag, como muchos de esos grupos, tocaban para la gente que quizás se sentía dejada de lado, marginada por la realidad… sé que las leyes no significan una mierda para mí, porque no puedo soportar la hipocresía que las mantiene unidas…”.

Y yo no soporto esa mamada de Aristóteles y Cuauhtémoc.

¡Carajo! ¿Desde cuándo los homosexuales queremos ser normalizados mediante el sainete de una telenovela? Los famosos Aristemo son la vil tropicalización del marketing consumista que en su tiempo significó los paparazzis alrededor de Brad-Jelina, mera estrategia de rating disfrazada de visibilidad y tolerancia condenada al olvido cuando otra telenovela altere el frágil conservadurismo de sus audiencias por mucho que tenga nominaciones a los premios Glaad, organización que por cierto exige representación homosexual homogenizada reprimiendo toda diferencia. Puedo entender el impacto positivo, las discusiones sobre la homosexualidad frente al televisor en un país como México, pero el riesgo es la domesticación cursi que los mentados Aristemo hacen de la homosexualidad dejando fuera toda complejidad gay.

Así que propongo nos desgastarnos con Leal ni utilizarlo como artillería contra el partido del nuevo presidente, pues en el fondo pareciera que el diputado solo grita por un poco de atención, como cuando el triste de mi padrino pretendía ser el alma de las fiestas imitando los contorneos lamentablemente ochenteros de Mijares sin conseguir del todo su objetivo, como un extra de telenovela mexicana anhelando el título de galán. Todo el desmadre ocasionado por Leal surge de un romance mozalbete y gay incrustado en una telenovela de Juan Osorio y eso debería ser suficiente para no tomarnos los arrebatos homofóbicos del diputado por la LXXV Legislatura de Nuevo León en serio y dejarlo hablar solo con su colchón.


Twitter: @distorsiongay



stereowences@hotmail.com





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