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Viernes , 19.04.2019 / 11:46 Hoy

El nuevo orden

Acoso y revancha

Wenceslao Bruciaga

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Le conocí cuando Gay.com era el macizo de los encuentros anónimos. Entonces me sentí defraudado, era más afeminado que mi madre y su hermana y la madre de ellas dos todas juntas viendo Yo no creo en los hombres en la versión original con Gabriela Roel. En la República de mis sábanas mando yo y soy un maldito tirano de las masculinidades, fantoches si se quiere. Le perdí de vista.

Hasta que de nuevo se hizo presente. Por varios minutos tardé en reconocerlo, vivía en Miami y le había dado por integrarse al furor drag-queer, pelucas rubias combinadas con barbas negras y senos postizos y por lo visto regresó solo para chingarme por cada pendejada que posteara en mi muro: empezó a joder con eso de la hipermasculinidad, trayendo a cuento el Gay.com, no mames, pareciera que me estás acusando de todos los discos que descargué del Napster, ya supéralo le dije, acusándome de homofobia interna y gordofobia, apelando a que mis cachetes no otorgaban autoridad para tal cosa. Touché, ¿cómo desmentirlo? Entre cachetones podemos despedazarnos pero jamás nos haremos daño, aunque sí tenía el derecho de preguntarle si sus senos drag eran postizos o tan solo le daba forma a su grasa: “creo que yo, como gordo, tengo todo el derecho a burlarme de los de mi clase” me dijo Carlos Velázquez en una entrevista que le hice.

Ahí acabó el asunto, supongo nos bloqueamos mutuamente.

Después de varios años y hace no mucho de nuevo dio conmigo, quería un consejo: decía haber sido acosado en una fiesta-orgía de osos en Miami o algo así y estaba decidido a no dejarlo pasar como si de cualquier nalgada se tratara. Sus palabras me daban repulsión. Y pavor, porque si de algo hemos sido capaces los homosexuales, es de crear espacios de promiscuidad segura en los que el respeto frontal es obligatorio para la convivencia. Una de las cosas que admiré desde la primera vez que pisé un cuarto oscuro, fue como un NO bastaba para abortar la caricia; cierto, el alcohol te hace cometer imprudencias, como pensar que si insistes el bato terminará por acceder, pero incomodar no es parte de la ecuación, por la sencilla razón de que arruina la fiesta a todos, en el sauna o el último vagón del metro, y nadie quiere quedarse sin premio. Ha sucedido, pero una vez cada década, al menos en mi experiencia.

Desde luego los cuartos oscuros gay no son la utopía de la sexualidad humana, la forma en cómo nos involucramos ahí dentro de acuerdo a nuestros fetiches y fobias sin miedo a la crueldad es una prueba de ello, hace varios años aquí mismo publiqué cómo una vez perdí los estribos cuando me gritaron feo en medio de tanto jadeo. No me alegro de ello, estaba muy pedo y triste y el adjetivo llegó en el momento inadecuado. La cagué y no lo he vuelto a hacer y aprendí que cada cabrón es dueño de su propia república con sus propios estatutos, pretender cambiarlos mediante la propagación de culpas, me suena similar a la evangelización más culera.

Pero no dejo de pensar que hay algo torcido en eso de importar la problemática del acoso entre hombres y mujeres al espectro de la sexualidad gay, en concreto a la promiscuidad gay de los cuartos oscuros. ¿Cuál sería la recompensa de acosar cuando lo único que tienes que perder es una toalla o un calzón? Algunos le llaman interseccionalidad. Yo lo veo salpicado de esquizofrenia y revancha.

El buen Paul Gallant lo explica muy bien en su acertado artículo Por qué el juicio del asesino Bruce McArthur puede estigmatizar a los homosexuales: “Los espacios gay son, en su mayor parte, espacios seguros, aun cuando son altamente sexuales. El cuarto oscuro de un bar, el bosque a altas horas de la noche, el asiento del copiloto del automóvil de un extraño, el cubículo de un sauna, –las personas heterosexuales que se maravillan de esta audacia desvergonzada que les lleva aventurarse en estos espacios carecen de la sabiduría popular que, mientras el mundo homofóbico se mantiene alejado, el riesgo de lesiones o algo peor es extraordinariamente bajo–. Especular demasiado sobre los motivos del tipo que se está frotando contra ti en la pista de baile o te envía un mensaje en Grindr es anular el contrato social en el que se basa la promiscuidad gay. Confiar en los demás y confiar en nuestros instintos, funciona la mayoría de las veces...”.

https://thewalrus.ca/why-bruce-mcarthurs-murder-trial-could-stigmatize-gay-men/

Twitter: @distorsiongay

stereowences@hotmail.com

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