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Jueves , 21.02.2019 / 08:59 Hoy

Vida y Milagros

La guerrilla: un sendero en tinieblas

Verónica Mastretta

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¿Quién en su juventud no ha querido cambiar las cosas para mejorarlas? Creo que casi todos, especialmente cuando se trata de injusticias y desigualdades que hieren dentro de una comunidad, nuestro país o el mundo. Es inherente a la juventud el impulso de lograr cambios rápidos y drásticos, el opuesto al don supremo enunciado por Buda, la paciencia, que sólo logra triunfos con el tiempo. La tentación de los caminos violentos para lograr cambios sociales y políticos siempre estará latente, brillando como una quimera hermosa que puede terminar en pesadilla.

He leído dos libros estremecedores sobre el tema de la elección de la lucha armada en busca de la justicia social. Los dos libros narran hechos reales sucedidos a un hombre y a una mujer, ambos mexicanos de clase media alta, idealistas, bondadosos y jóvenes. Los dos con conflicto a la figura paterna, a la que de alguna manera retarán, cuando deciden luchar contra el estado de cosas que les parece insoportable y asfixiante. Los protagonistas son Alberto y Aracely. Alberto sobrevivió, ella no. Aracely, aunque era mexicana, formó parte del Movimiento Sandinista de Liberación Nacional y fue salvajemente asesinada en Nicaragua a los 34 años, a unos cuantos días de la caída del gobierno de Somoza.

Dos libros, dos vidas y una misma intención: mejorar el mundo. “Sendero en Tinieblas” es el libro que escribió Alberto Ulloa treinta años después de los hechos, y “Araceli, la libertad de Vivir”, es el libro de Emma Yanes en el que narra la corta vida de una joven mujer, a la que Emma conoció antes de desaparecer hacia la guerrilla y que admiró siendo casi una niña.

El 4 de Septiembre de 1974, Alberto Ulloa Bornemann fue detenido por la policía judicial del Estado de Morelos. Fue trasladado en un Volkswagen con los ojos tapados con cinta adhesiva y la cara vendada durante un trayecto eterno y aterrador hasta llegar al Campo Militar Número Uno. Fue incomunicado en una celda de dos metros cuadrados antes de ser interrogado por primera vez. Alberto había sido colaborador ocasional de Lucio Cabañas y pertenecía a una vertiente de la izquierda radical, la Liga Comunista Espartaco.

Nunca mató a nadie, para apoyar el movimiento de Lucio, haría a un lado sus privilegios, su educación y sobre todo, a su esposa e hijita, a las que arriesgó enormemente, para ejercer su labor de mensajero, facilitador, gestor, proveedor y chofer. Después de su detención pasaría setenta días “desparecido” y a merced de las torturas e interrogatorios de sus captores, agentes de la temida Dirección Federal de Seguridad. Desde su celda escucharía o vería pasar a jóvenes campesinos o militantes urbanos rumbo a sus celdas o a los cuartos de interrogatorio. Vio a muchos llegar vivos y salir muertos.

Alberto optó por unirse a la clandestinidad cuando llegó a la conclusión de que la apertura del sistema político mexicano de esos años era infranqueable y las promesas de cambio sólo simulaciones.

Como en toda guerra, la violencia se ejerce de parte de todos los contendientes y dominarán en ambos bandos los más fuertes y violentos. El espacio para la piedad se reduce al mínimo, y menos la habrá del lado del que tiene un poder superior.

Alberto sería quebrantado con torturas, con el ruido constante del radio a todo volumen durante día y noche, con los gritos inesperados de otros detenidos, con la certeza de que nadie de su familia sabía dónde estaba y por último, con la amenaza de muerte y desaparición de su cadáver. Nadie bajo tortura puede ser culpado de lo que dice.

Sesenta y cinco días después de su detención Alberto aceptó haber trasladado el dinero de un asalto bancario y dio nombres y ubicaciones de algunos de sus conocidos, imaginando que ya habrían huido. No fue así, tres de ellos fueron detenidos y presentados junto con él, cinco días después, ante un Ministerio Público. Fue entonces que su padre y su esposa supieron que estaba vivo. Como miembro de la organización a la que perteneció, no le tocó ejercer la violencia, pero si supo de ella y luego la padeció a lo largo de los cuatro años que pasó en diferentes cárceles. Primero Lecumberri, luego el Reclusorio Oriente y al final Santa Martha Acatitla.

La primera persona a la que Alberto vio después de los 70 días de detención en el Campo Militar Número 1 fue a su padre. Qué banales les deben de haber parecido sus distanciamientos y diferencias en esa hora de la verdad, en ese encuentro de su regreso del mundo de las desapariciones forzosas.

“Sendero en Tinieblas” no es fácil de leer sin enojarte. Hay muchos momentos del libro en el que quieres ir por ese joven y por muchos otros y regresarlos a sus casas y a sus familias. Decirles que crecerán, y que podrán encontrar otros caminos para construir mundos mejores.

Jóvenes casi niños, adultos casi jóvenes, todos empeñados tercamente en defender un sueño o en combatirlo. De uno y otro lado hay de todo. Están los judiciales y policías desalmados, pero también los médicos militares que salvan vidas.

Al salir de la cárcel Alberto reconstruyó su vida, tuvo al hijo que anheló en los momentos más oscuros de su encarcelamiento, reconquistó la confianza de su mujer, que nunca dejó de apoyarlo.

En voz de Alberto: “...a los mexicanos de centro, izquierda o derecha nos urge aprender a ejercer la tolerancia...a abandonar los estrechos cauces personales, partidarios o de clase....los atajos revolucionarios o los contragolpes reaccionarios, como lo prueba la historia mundial no solucionan los problemas sociales, económicos y políticos de los pueblos, más bien los complican y empeoran.....habría que abandonar las satanizaciones fáciles y los mesianismos delirantes...la herencia sangrienta de los dictadores de derecha o de izquierda no deben de ser reverenciados ni mucho menos reivindicados. Los de izquierda suelen socializar la pobreza mientras sus dirigentes acaparan el poder. Los de derecha, lo mismo... Ambos extremos suelen llevar a otras naciones muerte y destrucción....”. Coincido con él sin haber vivido su horror.

¿Qué pensaría Aracely, muerta hace tantos años, al ver las vueltas que ha dado Nicaragua con sus diferentes gobiernos? ¿Habría encontrado o escogido otro camino en caso de haber podido vislumbrar el futuro? Difícilmente los gobiernos suelen estar a la altura de los sueños e ideales de quienes los construyen. Aquí está México, construyendo muy despacio una democracia que retrocede dos pasos y avanza tres, como un niño que empieza a caminar.

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