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Sábado , 20.04.2019 / 06:03 Hoy

Voces Ibero

Violencia normal

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Desafortunadamente nos hemos vuelto insensibles a los signos de violencia que cada vez son más y más comunes. Esta situación nos hace minimizar acciones cotidianas hasta reducirlas en algo normal porque no son tan graves como para catalogarlas como violentas.

Si consideramos que normal significa algo que se considera de ordinario, aceptado socialmente, técnicamente, estamos en lo cierto cuando consideramos como normal verbalizaciones violentas, por citar sólo un ejemplo, pues se han vuelto la norma.

Las probabilidades de vivir un episodio de violencia elevada son mayores que en épocas pasadas, cuando lo normal era ser cortés y educado.

Habría que reflexionar más en la forma en que se vive hoy, la poca importancia que se da al hecho de existir, de ser, y la sobrevaloración que se le asigna al tener o al poseer, que ha conducido a la sociedad a una carrera sin fin por tratar de alcanzar metas y saciar una sed inagotable de conseguir más.

Cabe cuestionarse cuándo fue la última vez que se fue educado, cordial y sin importar nada más, que se actuó por el placer de vivir y convivir con otros sin mayor afán que estar bien uno y los demás; cuándo sería la última ocasión en que fue más importante ser y estar que tener, o peor aún, que aparentar.

La violencia no es normal, no debería ser la norma conductual. Si por algo se distingue al hombre por encima de otras creaturas es por ser seres pensantes, reflexivos y no sólo impulsivos donde el cerebro más primitivo, el reptiliano, es el que impera.

La capacidad de asombro se ha visto rebasada; se vuelve común y aceptable que unos se dirijan a otros con violencia; que unos se rían de otros (y no con otros) de sus penas o penurias; que se expresen de forma vulgar cuando existen mejores formas para decir lo mismo. El sumo cuidado que se tenía antes para tratar a otros parece que ha quedado en el olvido, aún dentro del círculo más cercano y donde supuestamente reina el amor: en la familia. ¿Será que nos despreciamos lo suficiente como para “amar” al prójimo como a uno mismo?

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