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Lunes , 25.03.2019 / 04:23 Hoy

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Un tiempo marginal

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Ante la crisis de la democracia representativa y de la partidocracia, en todos los países han surgido movimientos que rompen con tradicionales bipartidismos como Podemos en España, Sanders en Estados Unidos, MORENA en México.

Y también de movimientos radicales –que están en apogeo— como Daesh, grupos evangélicos y católicos extremistas y los altamente estentóreos líderes de las derechas populistas que enarbolan discursos xenófobos y extraordinariamente esencialistas en su lectura purista de la construcción histórica nacional de sus Estados:

Trump en Estados Unidos con su "Make America Great Again" [sic], Jean-Marie Le Pen en Francia, totalmente entregada al discurso negacionista, o el propio Boris Johnson; todos ellos enemigos férreos de la inmigración.

Para los especialistas, la democracia es la igualdad moral como esencia de la vida pública, es decir, en la democracia el orden normativo institucional funciona en armonía con la participación ciudadana, idea de que todas las personas tienen los mismos derechos y que el ejercicio de los derechos requiere de cierta igualdad material. Sin embargo, esta dinámica funciona como contradicción en el contexto capitalista y conlleva a momentos disyuntivos, el primero, como apunta Carlos Monroy, fue el movimiento obrero de 1848 que transformó la democracia: "como posesión exclusiva de hombres blancos y propietarios para dar lugar a una democracia más igualitaria con partidos de masas." Vivimos el segundo momento.

Las cúpulas de Bruselashan errado al creer ciegamente en la vida eterna de las instituciones. Su esnobismo les impide reconocer la necesidad de reformar. Olvidaron pronto la salida de Groenlandia en 1982 por la misma vía que la del 23 de junio. La crisis griega, las huelgas francesas, las manifestaciones españolas y la decadencia italiana son síntomas del austericidio, política oficial de los neoinstitucionalistas.

Corresponde ahora a Westminister activar el artículo 50 del Tratado de Lisboa y notificar a la Unión Europea su voluntad de abandonar, así como negociar los términos de su salida (proceso que puede tardar dos años con posibilidad de prórroga pero que como Cameron se negó a realizar presentó su renuncia). Sin embargo, siguiendo a Catherine Andrews, las leyes británicas, sus costumbres y su constitución consuetudinaria no dejan claro si es facultad privativa del Ejecutivo, como insisten diputados del Partido Conservador, o corresponde al Parlamento, de acuerdo con juristas de la University College of London. Sea como sea es un hecho que la estructura del derecho británico se verá modificada como no lo había experimentado desde la Revolución Gloriosa de 1688; además, habrá de renegociar los arreglos constitucionales que respaldan las autonomías políticas de las partes integrantes del Reino así como los límites territoriales con Irlanda.

"Cameron ha bajado a Gran Bretaña del tren europeo y han ganado los que no tienen un plan alternativo" escribió Felipe González. Londres, cuyos deseos apuntaban más bien a una zona de libre intercambio que a instituciones compartidas, había amenazado a Bruselas desde hace dos años con desertar si no se negociaban tres puntos fundamentales: la cuestiones de los aportes anuales que las arcas del Reino pagaban para sostener la decadente estructura unionista; la "cuestión migratoria" que significa la obligación de conceder igualdad de derechos políticos a los miles de ciudadanos europeos que cruzaban el Canal de La Mancha, y son vistos como "una amenaza para el mercado laboral y una carga social"; y la necesidad de fortalecer la soberanía nacional por encima de las instituciones europeas.

Ahora, esa amenaza es una cruda realidad y el análisis de las votaciones permite advertir algunas conclusiones más allá de las repercusiones en el rodaje de Game of Thrones, la caída del barril de petróleo, la subida del precio de la onza de oro y el desplome de la libra esterlina, el tsunami proteccionista comercial y las ondas expansivas que amenazan a Londres como centro financiero mundial. En primer término, se hacen notorias las posibilidades de una fragmentación territorial al interior del ya débil Reino Unido, pues Escocia e Irlanda del Norte fueron contundentes en sus intenciones de permanecer, sólo acompañadas por la cosmopolita capital londinense, mientras que Inglaterra y Gales apoyaron el Brexit. En segundo término, quienes salieron a las urnas convencidos de que los argumentos de los euroescépticos eran la panacea fueron en su mayoría los anti-utópicos milenials, generaciones jóvenes nacidas en la globalización y permeadas por la virtualidad, perfectamente descritas por Ulrich Beck en su libro Hijos de la libertad, por Slavoj Žižek en Bienvenidos al Desierto de Lo Real y por Zygmunt Bauman en Ética Posmoderna.

No queda más que incertidumbre, y por eso es que vivimos tiempos marginales en los dos sentidos del concepto: por una parte, por la decadencia que sella la posmodernidad, sus discursos vaciados de contenido, su estética banal y la actual crisis de referentes que enmarcan la oleada de fanatismos y violencia; por otra, por las posibilidades que se presentan al vivir en los márgenes, las oportunidades que se desdoblan en las aristas de dos eras, porque nuestras décadas son como un tiempo de transición entre el capitalismo tardío y algo más...

OCTAVIO SPÍNDOLA

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