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Jueves , 18.04.2019 / 08:38 Hoy

Corredor Fronterizo

Un semáforo inútil

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Por muchos años, uno de los temas de mayor discusión política en la localidad de donde provengo fue la instalación de semáforos, ni que fuera uno. Como señalaban sus partidarios, éramos la única población de la región sin semáforo alguno. Para ellos simbolizaba el progreso, la modernidad y el orden; no contar con él, nos relegaba al pasado, al atraso y al caos. Por pura envidia, además, hacían notar que la localidad de al lado, con quien históricamente hemos estado enfrentados (ya fuera por el agua del río o por las reliquias de un santo), contaba con cuatro semáforos y cuatro parques industriales, como si las luces verdes y rojas hubieran atraído a las empresas.

Después de intensos debates, los distintos partidos consensuaron la instalación de un semáforo en un puente, que cuando fue construido en el siglo XVIII no fue pensado para permitir el paso de autos en ambas direcciones al mismo tiempo. El semáforo debía regular el tránsito: primero en un sentido y luego en el otro.

Ironías del destino, cuando ya parecía un hecho, los ingenieros notaron que el puente tenía deficiencias estructurales y que, a causa del peso de los autos, corría el riesgo de derrumbarse. Para preservar el patrimonio y garantizar la seguridad se prohibió el paso de autos y, con ello, se abortó el proyecto de contar con el tan deseado semáforo.

Bajo otras circunstancias quizá lo hubieran puesto en funcionamiento igualmente, al fin y al cabo no hay ciudad que no cuente con semáforos, u otra señal ética viaria, totalmente inútil; es decir que, lejos de ayudar a la mejora de la movilidad, la agrava. Para ejemplificarlo me viene muy bien el caso particular de un semáforo en Matamoros, Tamaulipas.

El susodicho se encuentra en una intersección, en una vía longitudinal de la ciudad, que conecta una de las principales áreas industriales con el centro. Como se pueden imaginar, en las horas de entrada y salida de las plantas, el tráfico es muy intenso. Antes de que a alguien se le ocurriera instalar ahí el semáforo, eran los propios automovilistas quienes se encargaban de regular el paso: con cortesía y respeto aplicaban el uno por uno, ahora los autos (uno por carril) de la vía longitudinal; ahora los de las calles perpendiculares que la cruzan, y así sucesivamente. Con este sistema se mantenía una fluidez continua, incluso en las horas punta.

En cambio, con el semáforo la situación es bien distinta; de hecho, peor. Dado que el grueso del tránsito se da por la vía longitudinal, que además en este crucero pasa a ser de dos carriles por sentido a uno, en las horas punta se congestiona y diariamente se forman largas filas. La exasperación de muchas de las personas al volante crece aún más al ver que por las calles perpendiculares que la cruzan casi no circula nadie. La impaciencia y una escasa educación vial provocan que todos quieran cruzar cuanto antes, lo que termina en ocasiones en accidentes y choques, que a su vez generan más congestión, y más exasperación y agresividad.

Por suerte, de vez en cuando el semáforo deja de funcionar, ya sea por razones técnicas (un fallo electrónico, o en el sistema eléctrico, que sé yo) y otras gracias a héroes anónimos que lo boicotean. Es en esas horas, días e incluso semanas antes de que lo reparen, que el tráfico vuelve a fluir, sin filas, ni furia, ni riesgo de choques.

Esto me lleva a hacer mención del movimiento “libres de señales de tráfico” surgido a fines de los años noventa en la pequeña ciudad de Drachten, en Holanda, y que desde allí se extendió por toda Europa y Estados Unidos. Uno de los técnicos de tráfico de la ciudad aventuró que la causa de los accidentes viales no eran las imprudencias de los automovilistas, sino la señalización. Según él, los conductores prestaban mayor atención a los semáforos y a otras señales viarias que al entorno (los demás autos, los peatones, imprevistos en la vía, etcétera). No solamente eso, sino que ante el exceso de señales de tráfico, los conductores buscaban la máxima ventaja: exceso de velocidad entre señales, acelerar para pasar un ámbar y evitar todas las cortesías no prescritas.

Así que, para probar esta teoría, se decidió eliminar la mayor parte de los semáforos y altos de las intersecciones, con la sorpresa para muchos que mejoró la fluidez y seguridad, y casi desaparecieron los embotellamientos, la agresividad y la siniestralidad.

Se demostró que la regulación de la movilidad por parte de un orden electrónico legal no cumple con la finalidad que se le supone, la de evitar los accidentes. Por el contrario, ante la ausencia de señalización, los conductores permanecen más atentos a lo que ocurre a su alrededor y toman conciencia de que las calles son un espacio compartido con otros usuarios y otras actividades. Así, los conductores adoptan una conducción más responsable y respetuosa con los demás.

Así que, como decían en Holanda, “lo inseguro es seguro” y en ciudades como las mexicanas es mejor que haya hoyos y topes, ciclistas en dirección contraria y vendedores invadiendo la vía que semáforos en las intersecciones.


Xavier Oliveras González

El Colegio de la Frontera Norte

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