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Lunes , 18.02.2019 / 21:12 Hoy

Vesperal

Juan Pablo II en Guadalajara, 40 años después

Tomás de Híjar Ornelas

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Se están cumpliendo cuatro décadas del primer Viaje pastoral de Juan Pablo II a la República Dominicana, México y Bahamas, del 25 de enero al 1º de febrero de 1979, suceso que dejó honda huella en Guadalajara.

A escasos tres meses de su elección como obispo de Roma, el Papa polaco inauguró con este viaje una ruta que dará a su ministerio petrino una dimensión mundial insospechada, rebasando con creces su investidura religiosa hasta alcanzar un ascendiente moral de primer rango.

Según se vea y a la distancia de cuatro décadas, desde la primera de las cinco visitas que hará a México –las otras serán en 1990, 93, 99 y en el 2002– nos dejó un esbozo de lo que desarrollará en los años venideros de su dilatada administración: firmeza doctrinal, cambio de rumbo pastoral en Hispanoamérica y cercanía con el pueblo.

De lo primero, cabe recordar que la excusa para invitar al soberano de la Ciudad del Vaticano, con la que no tenía relaciones diplomáticas nuestro país, lo dio la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, convocada en la ciudad de Puebla del 27 de enero al 12 de febrero de 1979, tenía como referentes la de Río de Janeiro (1955) y la de Medellín (1968), en las que no se ocultó la conciencia que cobraba de sí misma la Iglesia en esta parte del continente, en especial en lo tocante a su compromiso con la justicia social, todo lo cual despertó la suspicacia de los estrategas políticos estadounidenses, que ciertamente fueron oídos y atendido en la Santa Sede y por el Papa polaco, que venía de un país al otro lado de la llamada Cortina de Hierro, de modo que habló claro y duro a los obispos latinoamericanos.

Empero, el itinerario que desarrolló con todo el respaldo del Presidente de México en ese tiempo, José López Portillo, además de un baño de masas fue diligentemente selectivo, de modo que además de los actos protocolarios y eclesiásticos visitó a enfermos hospitalizados, indios y campesinos, estudiantes, vecinos de barriadas populosas, obreros, comunicadores y empleados.

Su extenuante paso por Guadalajara, por ejemplo, abarcó las horas del 30 de enero, así: ceremonia de bienvenida en el aeropuerto, visita al barrio de Santa Cecilia, encuentro con las religiosas de clausura en la Catedral, con los obreros y sus familias en el Estadio Jalisco, misa en el atrio de la basílica de Zapopán y visita al Seminario Mayor.

Quienes fuimos testigos de lo que pasó, estamos seguros que nunca antes y nunca después se ha vivido una ebullición social en esta ciudad como la de ese día, a partir del cual el anticlericalismo de la legislación mexicana y en consecuencia, el distanciamiento entre la Iglesia y el Estado, dio paso a encuentros cada vez más claros y que cristalizaron en 1992, cuando no sin antes establecer relaciones diplomáticas con la Santa Sede, el gobierno mexicano derogará de la Constitución las disposiciones que atentaban en contra de la libertad religiosa.

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