Un bache a la mitad de la calle es el símbolo de un mal gobierno. Si una encomienda tan sencilla no la puede remediar, se abren entonces amplias dudas sobre la capacidad de un gobernante para solucionar asuntos de mayor envergadura.
El bache es una herida en la vía pública; cuanto más tiempo esté abierto el boquete se forja amplio y profundo y en esa proporción se hunde el prestigio de la autoridad. Cuando amplias zonas de la ciudad están perforadas, es momento de reflexionar cómo llegamos a esta realidad.
En el fondo de los baches están al menos tres enormes piedras: la falta de planeación urbana, la corrupción de constructoras y el culto desmedido a su majestad el automóvil.
Una parte de las calles dañadas son consecuencia de la improvisación. Sus trazos fueron espontáneos y en muchas ocasiones surgieron en sitios inadecuados, pero los mayores estragos han quedado en evidencia en fraccionamientos y colonias –digámonoslo con ironía—de la época moderna. En el negocio inmobiliario el espacio público tiene una responsabilidad difusa y es tierra fértil para aquello que en los términos de construcción y obra pública se denomina “vicios ocultos”. La pavimentación de las calles aparenta acabados aceptables pero el subsuelo no tuvo el tratamiento adecuado y las mezclas de asfaltos resultaron de baja calidad.
Un pavimento urbano no es una obra simple. Consta de un estudio topográfico para reconocer los declives; calificar si el suelo es idóneo o reemplazarlo y evaluar humedad. El sub-rasante es la primera capa que soporta el cuerpo, posteriormente, se construyen los terraplenes con material infecundo (el tepetate es lo mejor) y se hace la compactación. Sigue una capa de gravilla o piedra triturada y finalmente un recubrimiento de asfalto que debe alcanzar el grado impermeable.
Cumplir con los procesos ordinarios de construcción hace durable la obra y felices a sus habitantes, pero muy pocos constructores comerciales se conducen con honestidad. Es común escuchar el grito del contratista cuando tiene las fechas encima: “Empareja y tira un riego de sello” y en pocos meses aparecen los primeros baches; con los años el tejido de parches y las temporadas de lluvia devalúan el valor inmobiliario y la calidad de vida de la gente.
En avenidas principales las especificaciones de la ingeniería civil tienen otras proporciones y modernas tecnologías, por ejemplo, de concreto hidráulico. El espesor de las capas, la calidad de las mezclas y las obras de drenaje son vitales. La utilidad de estas vialidades y en consecuencia su óptimo estado conlleva una carga adicional de servicios. En ciudades desarrolladas, todas las avenidas tienen drenaje pluvial que encausan los torrentes hacia mantos específicos y liberan a la ciudad de inundaciones. En México muy pocas avenidas se pueden dar ese lujo.
Una avenida construida con ley no tiene porqué consentir baches. Las hay impecables hasta con 20 años de servicio. Pero nuestra realidad vuelve a revelar que no se cumplieron los contratos ni quien aplicara el control de calidad. El segundo generador de baches son las constantes reparaciones en las líneas de agua potable, drenaje, electricidad y otros servicios que rompen los pavimentos. Es decir el binomio corrupción y falta de planeación.
En más de una ocasión hemos leído en placas o lonas que el Ayuntamiento aplica un “Programa de bacheo” como una solución a la emergencia por calles intransitables; acciones de este tipo significan esconder la basura debajo de la alfombra. El argumento central para evadir una solución a fondo es la falta de dinero y culpan a la administración anterior del caos. El anterior cargó con la misma herencia y todos patean el bote. Posponen y agravan un problema urbano que daña la imagen y el bienestar social.
El máximo monumento a todo este abandono y mezcla de corrupción, irresponsabilidad, complicidad y que acumula todas las agravantes de un mal gobierno se encuentra en el legendario socavón de la carretera en Cuernavaca. Ni los más fervientes seguidores de la administración federal que concluye pueden defender la dimensión del hoyo que en buena medida contribuyó a su derrota política. Alimentó además, la desilusión de los ciudadanos de Morelos que en su desesperación optaron por la puerta falsa de elegir como gobernante a un futbolista voluble y caprichoso.
@canomontufar