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Miércoles , 20.03.2019 / 06:43 Hoy

...Para leer política

El viento mueve la veleta

Tomás Cano Montúfar

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En una democracia el elector tiene como una de sus garantías mover a su parecer la dirección de su voto. Su decisión es --casi siempre-- motivada por la genuina esperanza de que la política mejore las condiciones de la comunidad y en consecuencia, como un efecto secundario, la suya. Vota en realidad por un abstracto. Lo hace –casi siempre—con candidez.

En la otra cara de la moneda están los políticos pragmáticos. Los que prometen al elector hacer realidad la esperanza pública con solo decirlo. Le ofrecen valor al voto en función de su utilidad. Y el beneficio que genere cualquier ecuación electoral debe cumplir su expectativa, su esperanza personal. Los políticos, entonces, venden ideas para cobran realidades.

Para el político pragmático el campo ideal es la estabilidad. Aún sobre las tormentas que eventualmente provocan las elecciones coexisten sus criterios válidos para administrar esos cambios y volver a quedar igual. No es magia, es solo una forma de actuar.

Por ello, a los políticos pragmáticos no les afecta cambiar de partido. Los dogmas no los atan porque han sido ellos quienes los usaron cuando les fueron útiles. Cambian al partido hacia donde los aires mueven la veleta sin reparar en el rumbo. No lloran una separación porque no se mezclaron en la corriente, solo usaron su impulso.

Se dicen triunfados pero en realidad, bajo la precisión del adjetivo pragmatismo, solo han logrado sobrellevar un modo de vida.

En contraste, el político de ideas no renuncia a sus convicciones porque ansía convencer al elector para hacerlo cómplice de su causa. Y podrá quedar solo en medio de las tormentas pero cuando bajan las aguas emerge con la gloria de tener una razón política.

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