Sucede en cualquier aspecto de la vida, pero el fenómeno de tragar sapos en la política no es extravagante sino usual y hasta comprensible. Aceptada, consentida y hasta reconocida, claro, por el propio ambiente político.
¿Es posible -se han preguntado en la academia y en la calle- que un individuo pueda soportar una situación desagradable, vivir en una contradicción ideológica o una afrenta personal sin tener una reacción de elemental salvaguarda de su dignidad y convicciones?
Mucho más allá de la compensación económica y bienes mundanos, la línea que rebasan algunos políticos -con o sin bagaje profesional-, al engulliste los sapos, es el camino, el faro hacia detentar y el ejercer el poder público.
El poder es un satisfactor tan fuerte que sus evidencias hacen cierta la frase del escritor Carlos Fuentes que en su “Manual del perfecto Político” los describió así: “La política en México es el arte de tragar sapos sin hacer gestos” y más adelante alguien agregó: “…y además decir que son deliciosos”.
Es una infamia describir a todo político como un gran comensal de sapos porque además de que muchos alcanzan sus puestos con esfuerzo, trabajo honesto y méritos existen muchas otras rutas rumbo al poder; concurren además casos de genuina inspiración política por el servicio público.
No obstante, los sapos saben a poder. Otros lo llamarían gaje del oficio. Por ello, entrenar un paladar a un gusto amargo se acerca al sacrificio y hasta digno de conmiseración.
En esta época de cambio político en México con profundas contracciones algunos personajes de la alta esfera política están degustando abundantes raciones de sapos con una sazón diferente pero el mismo sabor inmundo. Los puede identificar observando su mirada, los ojos no mienten.