El gobierno federal repite con cierta frecuencia una frase de gran calado para narrar el alcance de sus acciones. Concurrimos –dicen— a un “cambio de paradigma”.
Esta frase originalmente se usó en el argot de la ciencia para describir que una teoría o modelo científico se habían agotado y por lo tanto era menester iniciar a partir de cero. Ocurría entonces un “cambio de paradigma” que significaba a su vez una revolución científica con nuevos horizontes.
Aplicarlo en el lenguaje político es una retórica ligera si antes no existe un campo preparado en donde el nuevo paradigma ofrezca perspectivas mejores. No solo es actitud, voluntad y deseo sino, antes, primordialmente, planeación y recursos de diversa índole. Un cambio de paradigma no sucede solo por decirlo.
En las ciencias políticas, cambiar de paradigma es girar el cuerpo completo en dirección contrapuesta para que la mirada enfoque en un punto totalmente distinto. Este movimiento arrastra ideologías, cultura, dogmas, resistencias y agita sentimientos. Lo hacen –como en el método científico—quienes conocen los riesgos; miden el tiempo, evalúan la consecuencia y vigilan a detalle el proceso. Requiere también mística y sacrificio.
Un cambio de paradigma lo fue, por ejemplo, la Perestroika que mudó a Rusia del comunismo hacia el libre mercado. O la mutación de Corea del Sur de un país rural hacia uno tecnológico por la vía de la educación, trayecto de 3 décadas.
Las acciones del nuevo gobierno de México contradicen su discurso. No se vislumbran cambios de fondo sino una estrategia para mantener el poder con la administración del presupuesto. Ante lo que se observa, anunciar un cambio de paradigma es simplemente una exageración o una alarma porque un gobierno establecido no tiene derecho a hurgar en la incertidumbre.