Política

Lamebotas

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Los lamebotas dominan al mundo.

Los más ineptos en aquello que ostentan son, casi siempre, los más hábiles en lo que más dominan, que es encaramarse. El mundo, de mayor a menor escala, está dirigido por especialistas del ascenso. A estas alturas, sigo sin entender cómo la humanidad llegó a esto.

Tengo teorías. La primera protagoniza mis delirios desde hace décadas. Estoy convencida de que cualquiera, con las características de otro, con su historia, con sus miedos, sería exactamente igual. Así que trato de dejar mis juicios morales a un lado, cosa rara en mí, e intento entender. ¿Eran así antes de sentarse en la silla, la sillita o la sillota? ¿Será que todos somos iguales? No creo. Nadie nace lamebotas, es algo que se aprende en el camino, más por condición que por convicción. Estoy segura que todos lo hemos hecho más de una vez.

Pero dedicarse de forma profesional a esto es otra cosa. Hay que oler antes que nadie hacia dónde sopla el humor del de arriba. Reír del chiste que no dio risa. Llevar el café como si fuera una ofrenda y no un café. Adivinar la opinión que arriba todavía no termina de formarse y devolverla ya redonda, para que crean que siempre fue suya. Es un arte. Requiere cierto talento, memoria, oído fino y una notable capacidad de desaparecerse a uno mismo.

Ahí está el costo. Desde el principio te pones en situación vulnerable, de cosa, al servicio de quien te tiene. Porque comprado estás. Ceder la libertad de ser y hacer lo que quieres es el precio que pagas. A cambio, obtienes aquello que jamás te creíste capaz de ganar por tus propios medios.

Lo viví. Alguna vez ocupé alguna sillita y un día desperté acostumbrada a que quienes estaban debajo tuvieran, al menos en apariencia, la intención de lamerme las botas. Sentí el placer. Ese de ver que los demás hacen lo que uno pide. Me horroricé. No porque fuera mejor persona, sino porque dejar que te laman las botas, y disfrutarlo, implica que tú también tendrás que lamer las de alguien más arriba. Así es el sistema. Eso, en definitiva, no va conmigo.

Mi familia, mi educación, mis amigos, la vida, me enseñaron que lo que vale no tiene nada que ver con que los demás hagan lo que tú quieres por la “jerarquía” que ocupas en la sociedad. Vale lo que te ganas con generosidad y respeto. El arte de la bota vive lejos de toda generosidad, con uno y con los demás. Pasas sobre todos, sobre todo encima de ti, para arañar un valor que crees que te falta.

Luego, los de arriba les venden a sus súbditos que lamer botas es lealtad, prudencia, saber jugar. Confunden obediencia con cariño y miedo con estrategia. Ni así descansan. Saben que la misma lengua que hoy los adula mañana buscará una bota más alta. Nadie confía en su lamebotas y, aun así, los coleccionan.

Por lo que sea, a nuestro mundo lo dirigen lamebotas que lamen las botas de alguien que, a su vez, lame las de alguien más que, a su vez, también lame otras. Las de abajo han de ser de plástico. Las de más arriba, de piel de caimán. Pero todas, al final, pisan el suelo. Quizá los lamebotas, de tanto agacharse, ya casi no recuerdan cómo se ve el mundo de pie. Y sí, ese desfile de rodillas y lenguas al que unos aplauden como si tuviera algún mérito, me hierve el buche.


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Teresa Vilis
  • Teresa Vilis
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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