“Quiero cerrar parafraseando al maravilloso autor estadunidense James Baldwin, quien nos recuerda que todos los adultos son responsables de todos los niños, y que no hay que votar por políticos que no teman decirlo en serio”. Con esas palabras cerró su discurso el director Joachim Trier al ganar su merecidísima estatuilla por Valor sentimental.
Miren, hubo grandes chistes por parte de Conan O’Brien en la ceremonia. La apertura del show fue un deleite con la sátira de la tía Gladys corriendo por todas las películas nominadas y, casi enseguida, la actriz Amy Madigan —quien interpreta a la tía— ganando gozosamente la estatuilla. Alegrías como la de Michael B. Jordan al ganar como Mejor actor por Sinners, y el merecido (desde hace mucho) Oscar por dirección a Paul Thomas Anderson, vivirán en mi memoria por años.
Pero después de tanta adrenalina cubriendo el evento, viendo todas las películas y hablando horas y horas de ello, ¿con qué me quedo?
La política en el Oscar es siempre un tema complejo y, francamente, no siempre bien llevado. Gritar consignas desde el estrado no es un acto multidimensional que nos acerque a la paz, aunque sea —y lo es— lo que más deseamos. Pero de pronto aparece alguien como Trier, quien encuentra la cita perfecta para simplificar cualquier confusión sobre conflictos y batallas.
¿Quién podría decir que no entendió lo que este hombre —quien, por cierto, hizo una bellísima cinta sobre la paternidad ausente— nos dijo con esa cita? Nadie. Sólo los monstruos quieren lo contrario.
Nuestro problema es entender cómo proteger a los inocentes ante tantos intereses siniestros y confrontaciones culturales y económicas. Una cita así no divide, no bloquea corazones que creen estar de un lado u otro. ¿Será posible que hasta abra el diálogo para algunos? En muchos sentidos de eso va el cine y, en los casos más venturosos, de lo que están hechos quienes se dedican al séptimo arte.